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Mostrando entradas de abril, 2018

Doctor, ¿es grave?

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En mi pueblo natal, mi sistema de conducción era el normal, vamos. Que si acelerar, que si apretar el freno hasta el fondo, que si ser una conductora agresiva y que nadie te quite el puesto ni ose adelantarte, que si gritar improperios y dar bocinazos a troche y moche. Diez minutos de conducción y un azote de adrenalina que me permitía seguir con mi malhumor durante el resto del día.  Al llegar a Massachusetts, y saberme con la obligación de la conducción, me puse a actuar como conductora de mi pueblo natal. Craso error, no el primero de los muchos en mi haber, dicho sea de paso. Mi conducción apresurada, de movimientos bruscos y palabras vociferantes distaban mucho del tipo de conducción de Massachusetts, donde los conductores ceden el paso a los transeúntes siempre, si, SIEMPRE, aunque éstos no crucen la calle pisando un ceda el paso. Los conductores, mis compañeros matinales, de mediodía y de tarde, permiten que entren conductores a la fila que generamos pacientemente para trasladar…

La calma antes de la tormenta

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La gente de Massachusetts está siempre informada sobre las inclemencias del tiempo de su zona. La gente de Massachusetts está acostumbrada a estados meteorológicos muy cambiantes, con lo cual, les guste o no, quieran o no quieran, escuchan a las autoridades y a los meteorólogos en todos los medios de comunicación, que informan a destajo sobre la próxima tormenta que se avecina. Esta situación es mucho más evidente durante los meses de invierno que los de verano, por razones obvias. Parece como si en la costa norte-este de los Estados Unidos, las estaciones tardasen en llegar. El invierno de verdad llega en Navidades, normalmente, y la primavera de verdad llega a veces en junio y no antes, por lo menos en lo que a temperaturas se refiere. Y los habitantes de Massachusetts escuchamos impávidos cómo los hombres y mujeres del tiempo anuncian una u otra tormenta, porqué en función de lo grave de ésta, afectará a nuestros quehaceres cotidianos.  Este año, sin ir más lejos, los niños se han q…

Pronunciando lo mismo

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A simple vista, puedo identificar perfectamente un pato de un perro, un perro de un embarcadero y un embarcadero de un doctor. Incluso en fotos, creo que acertaré a primera vista la diferencia entre un médico y un pato, aunque los dos lleven vestido blanco. Pero si me hablan de uno o de otro, sin ninguna pista, me cuesta diferenciarlos. Y cuando se trata de pronunciar el nombre, esta tarea para mi es harto imposible. Duck (pato) Dog (perro) Dock (embarcadero) Doc (doctor) Parece fácil, ¿verdad? Pues para mi es imposible pronunciar estos cuatro nombres con las diferencias sutiles y prácticamente imperceptibles a como los pronuncian mis hijos, que están creciendo en un ambiente eminentemente americano. Primero hago que ellos me pronuncien los nombres. Cuando ellos comprueban que su madre intenta imitar los sonidos y no lo consigue, me intentan enseñar la pronunciación hablando a cámara lenta. Pero ni así. Y creo que es porqué yo no tengo interiorizado estas diferencias en mi vocabulario bási…

Sin vergüenza

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Lo he visto en múltiples ocasiones. Y no deja de impresionarme cada vez que lo veo. Pero cada vez me gusta más y me siento mejor observándolo. El fenómeno de la sin vergüenza que impera, como mínimo, en Massachusetts.  Gente mayor, adulta, vestida por la calle de cualquier manera. Jóvenes en pijama y cubiertos con plumones para ir a la compra. Y no pasa nada. Nadie se gira por la calle viendo a gente muy bien arreglada o muy mal arreglada. Nadie cuchichea lo bien o mal vestidos que van funganito o manganito. Y me encanta esta sensación de libertad que me permite expresarme vistiendo ropa deportiva siempre que no estoy trabajando. Me encanta ir a caminar con ropa deportiva, quedar con una amiga vistiendo ropa deportiva, ir de compras con ropa deportiva. Sin maquillaje. Sin tacones. El zénit del fenómeno sin vergüenza lo pude vivir en una competición de un trabajo de la escuela donde asistimos porque mi hijo mayor participaba. En esa competición, que duró un día entero, los mayores que a…

Lo siento

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Lo siento, abuelita. Siento que todo lo que me habías enseñado sobre la manera de comportarse una dama, no me sirva para nada. A mi no me funcionan ni tus fajas, ni tu pelo crepado, ni los tacones desorbitantes que tu me enseñaste a lucir con tus andares aristocráticos. Lo siento, mamá. Siento que tu maquillaje no me funcione, ni tus pasos reposados, ni tus estilismos de faldas conjuntadas con chaquetas a la perfección. Si, incluso una amiga mía que vivió un tiempo en New York me aconsejó que siempre me vistiera a la europea, pero tampoco le hice caso. Lo siento. O no.  Porque me encanta vestirme con mis leggings, mi camiseta de los Patriots y mi sudadera con el nombre de la escuela de mis hijos. Me encanta calzarme mis deportivas y enfundarme el cabello en una cola no muy peinada. Me encanta salir de esta guisa de casa, los días no laborables, e ir al supermercado, o a pasear por los alrededores, o a llevar a mis hijos a una playdate. Me encanta que no me apriete nada. Me encanta no pinta…