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La calma antes de la tormenta

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La gente de Massachusetts está siempre informada sobre las inclemencias del tiempo de su zona. La gente de Massachusetts está acostumbrada a estados meteorológicos muy cambiantes, con lo cual, les guste o no, quieran o no quieran, escuchan a las autoridades y a los meteorólogos en todos los medios de comunicación, que informan a destajo sobre la próxima tormenta que se avecina. Esta situación es mucho más evidente durante los meses de invierno que los de verano, por razones obvias. Parece como si en la costa norte-este de los Estados Unidos, las estaciones tardasen en llegar. El invierno de verdad llega en Navidades, normalmente, y la primavera de verdad llega a veces en junio y no antes, por lo menos en lo que a temperaturas se refiere. Y los habitantes de Massachusetts escuchamos impávidos cómo los hombres y mujeres del tiempo anuncian una u otra tormenta, porqué en función de lo grave de ésta, afectará a nuestros quehaceres cotidianos.  Este año, sin ir más lejos, los niños se han q…

Pronunciando lo mismo

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A simple vista, puedo identificar perfectamente un pato de un perro, un perro de un embarcadero y un embarcadero de un doctor. Incluso en fotos, creo que acertaré a primera vista la diferencia entre un médico y un pato, aunque los dos lleven vestido blanco. Pero si me hablan de uno o de otro, sin ninguna pista, me cuesta diferenciarlos. Y cuando se trata de pronunciar el nombre, esta tarea para mi es harto imposible. Duck (pato) Dog (perro) Dock (embarcadero) Doc (doctor) Parece fácil, ¿verdad? Pues para mi es imposible pronunciar estos cuatro nombres con las diferencias sutiles y prácticamente imperceptibles a como los pronuncian mis hijos, que están creciendo en un ambiente eminentemente americano. Primero hago que ellos me pronuncien los nombres. Cuando ellos comprueban que su madre intenta imitar los sonidos y no lo consigue, me intentan enseñar la pronunciación hablando a cámara lenta. Pero ni así. Y creo que es porqué yo no tengo interiorizado estas diferencias en mi vocabulario bási…

Sin vergüenza

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Lo he visto en múltiples ocasiones. Y no deja de impresionarme cada vez que lo veo. Pero cada vez me gusta más y me siento mejor observándolo. El fenómeno de la sin vergüenza que impera, como mínimo, en Massachusetts.  Gente mayor, adulta, vestida por la calle de cualquier manera. Jóvenes en pijama y cubiertos con plumones para ir a la compra. Y no pasa nada. Nadie se gira por la calle viendo a gente muy bien arreglada o muy mal arreglada. Nadie cuchichea lo bien o mal vestidos que van funganito o manganito. Y me encanta esta sensación de libertad que me permite expresarme vistiendo ropa deportiva siempre que no estoy trabajando. Me encanta ir a caminar con ropa deportiva, quedar con una amiga vistiendo ropa deportiva, ir de compras con ropa deportiva. Sin maquillaje. Sin tacones. El zénit del fenómeno sin vergüenza lo pude vivir en una competición de un trabajo de la escuela donde asistimos porque mi hijo mayor participaba. En esa competición, que duró un día entero, los mayores que a…

Lo siento

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Lo siento, abuelita. Siento que todo lo que me habías enseñado sobre la manera de comportarse una dama, no me sirva para nada. A mi no me funcionan ni tus fajas, ni tu pelo crepado, ni los tacones desorbitantes que tu me enseñaste a lucir con tus andares aristocráticos. Lo siento, mamá. Siento que tu maquillaje no me funcione, ni tus pasos reposados, ni tus estilismos de faldas conjuntadas con chaquetas a la perfección. Si, incluso una amiga mía que vivió un tiempo en New York me aconsejó que siempre me vistiera a la europea, pero tampoco le hice caso. Lo siento. O no.  Porque me encanta vestirme con mis leggings, mi camiseta de los Patriots y mi sudadera con el nombre de la escuela de mis hijos. Me encanta calzarme mis deportivas y enfundarme el cabello en una cola no muy peinada. Me encanta salir de esta guisa de casa, los días no laborables, e ir al supermercado, o a pasear por los alrededores, o a llevar a mis hijos a una playdate. Me encanta que no me apriete nada. Me encanta no pinta…

Celebraciones indiscretas

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Ayer vino a casa uno de los amigos de mi hijo mayor, para una playdate. Es decir, básicamente la mamá del amigo te lo entrega un par de horas, y transcurrido ese tiempo, la mamá del amigo viene a recogerlo. Con lo cual, intercambio con esa mujer un hola y un gracias cuando llega el niño, y un adiós y gracias cuando se va. Todo muy cordial y con grandes sonrisas. Durante el tiempo que el niño-amigo está en casa, los niños (propios y extraños), juegan y comen. Ayer se interesaron por el fusball, lo que yo de pequeña llamaba popularmente futbolín. Como les faltaba un jugador, me apunté.  En el equipo blanco, jugaban mi hijo pequeño y el amigo. En el equipo negro, jugábamos mi hijo mayor y yo.  Empieza el juego y la pelota va rodando entre los jugadores de plástico, mientras nuestras manos intentan dirigir a nuestras piezas. El equipo blanco marca un gol. Pelota en juego otra vez, y nos marcan otro gol. Y a la tercera, marco yo un gol. Me alegro como si hubiera ganado la lotería. ¡Goooooool! …

Alma de gato peludo

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¡A la ducha! Grito a mis pequeños a pleno pulmón. Hora de ducha y acto seguido, cenar en familia.  Pero a mi frase imperativa no le sigue un movimiento de pasos que se dirigen al baño, tampoco escucho el sonido del agua de la ducha. Se escucha un silencio total. ¡A la ducha! Repito, por eso de que a veces aún creo que mis pequeños no han escuchado mis órdenes la primera vez. Paro la oreja. Durante un minuto. Y dos y también tres. Nada de nada, ninguna reacción a mi demanda. Subo a su cuarto y les encuentro sentados mirando un video, o jugando los dos (caso raro) sin peleas, o leyendo cada uno por separado.  ¿Pero que no me habéis escuchado? Venga, duchaos, que estoy acabando la cena. Y de su interior, escucho un Fffffxxxxttttt que me estremece, seguido de un ¡No, mamá, hoy no! Nos peleamos, y al cabo de diez minutos, cuando mi comida ya está quemada y el humo la delata, consigo ganar la batalla "in extremis", y mis dos hijos preadolescentes van con cara de enfado supremo de mama-n…

De vejez, pelos y arrugas

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La vejez, ese estadio de la vida donde mis hijos me incluyen, pero donde yo, con mis cuarenta y seis años, aún no me siento identificada. ¡Qué narices voy a estar en la vejez, y menos en el año 2017, donde alguien (seguro que con más de cuarenta tacos), inventó la frase "los cuarenta son los nuevos treinta"! O sea, que me siento de treinta aunque mis pequeños solecitos me etiqueten mal. Vale, de acuerdo, puedo decir que, estéticamente, hay signos de la edad que mi cuerpo notan y que, precisamente, no son de cuerpo de treinta y pocos. Ni de treinta y muchos.
Para empezar, mi cabello tiene unas canas apabullantes. Francamente deliciosas y que intento disimular con los dos métodos conocidos hasta la fecha: Método conocido 1 Visita periódica a la peluquería, dónde una mujer de mi edad me pregunta por mi vida sin yo notar el mínimo interés, mientras me va pintando los pelos con poca precisión. El resultado es un pelo sin canas durante un par de días, pero con mucho menos dinero en mi…