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Mostrando entradas de octubre, 2016

Apoltronados

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¿Cual es el mejor espacio para ver una película? Hay quien puede pensar que es un cine de los de barrio, con sus sillas viejas pero entrañables, con los ruidos de las abuelitas detrás que no quieren entender el argumento, y con ese olor a humedad y polvo que enturbia la pantalla y que gusta por lo vintage que puede quedar. Otros pueden pensar que es el sillón o el sofá de su casa, medio tumbados medio sentados, al lado de sus seres queridos disfrutando de la pantalla plana de nueva generación. Pero yo sé la verdad. De la buena. La absoluta. El mejor lugar para ver una película son los cines (Theaters) en los que puedes cenar mirando embelesado la pantalla. Atención, no debe perderse ni un detalle: - al entrar enseñas tu móbil al chico de la puerta que te escaneará el código de barras indicando que has comprado la entrada por internet; - luego te diriges al mostrador para pedir un poquitín de comida: 1. Bebida refrescante talla enorme 2. Pizza, hot dog o variedad de comida hipercalórica 3. Palo…

Sin perder un segundo

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Nos gusta, a toda la familia, probar la comida internacional. La japonesa, la china, la americana, la libanesa... cada una tiene sus peculiaridades y sus platos exquisitos, sus ingredientes principales que se combinan con otros que generación tras generación han aportado a cada receta una singularidad extrema y un sabor extraordinario. Hace poco probamos un restaurante mejicano. A los niños les encantan las quesadillas y a nosotros unas fajitas o similar regado con un poquito de tequila nos sabe a gloria (remordimientos aparte). Al entrar en el restaurante parecía que hubieras abandonado Massachusetts y hubieras entrado en una especie de pirámide fabricada hace miles y miles de años por una cultura milenaria. Aunque la chica que nos atendió era totalmente americana, su inglés era perfecto y la mesa, los cubiertos y los platos eran mucho más modernos de lo que imaginaba.  Ya escogido el menú, me dirigí al baño. En la puerta, un dibujo de una mujer voluptuosa y femenina nos invitaba a las…

Descendientes de Tarzan

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Otra cosa que no me gusta es el excursionismo. Pero sé que es bueno para la salud física y mental de mis churumbeles, con lo cual cedo a las demandas de mi marido y vamos a caminar a alguna montaña cerca de casa (entiéndase a unas dos horas de casa). Este fin de semana pusimos rumbo a Monadnock, una montaña básicamente de rocas y piedras que debías escalar hasta la cima, que era más pelada que el culo de un elefante. Lo pasé fatal. Sinceramente. Nos pusimos a caminar sorteando piedras hasta que cerca de la cima sólo quedaban piedras, con lo cual era difícil eludirlas a no ser que volaras. Y no es el caso. Además, había cantidad de gente que tuvo la misma idea que nosotros, a lo que mi torpeza en no caer también se complicaba un poco más al dejar pasar a todos los caminantes que circulaban a una velocidad superior a la mía, cosa no muy difícil de conseguir. Los últimos metros (a mi me parecieron quilómetros), fueron una agonía constante por llegar a la cima escalando rocas y tratando de q…

¿Puedes quedarte?

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Voy corriendo literalmente a buscar el coche después de la jornada laboral. Escucho música de la de casa mientras maldigo a los semáforos que se ponen en rojo cuando me acerco a ellos. Intento no pensar demasiado mientras me encallo en la Washington street repleta de coches como el mío que cada día sufren de unos atascos provocados por nosotros mismos, los conductores a los que nos gusta tener casita con jardín. El precio que debemos pagar por la susodicha es el atasco de las horas punta. Mis churumbeles ya me esperan y yo me pongo a dar las órdenes de mamá-sargento: "Lavaos las manos." "Comed la merienda." "¡Venga, comeos ya la merienda!" "¿Y los deberes?" "¡Vamos, ya, ahora, los deberes!" "Corred, dentro de cinco minutos empiezan las clases de karate!" "¡No os olvideis el cinturón!" "¿Dónde está el cinturón?" "¡Trae el cinturón!" "Coged la botella de agua." "¿Y el cinturón?" "Venga,…

Cambios

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El tiempo pasa.
El tiempo vuela.
Lo saben.
Saben que después del verano llega el otoño.
Su aspecto ha cambiado.
Desaparece el vigor de la juventud,
aquella inquietud a todas horas.
Se aprecia la languidez y el reposo.
El sol es bienvenido como caricia.
Por sus nervios ya no corren
aquellas ganas extremas de crecer
de descubrir
de movimiento infinito.
La piel se vuelve áspera,
el color se transforma.
Lo saben.
Y se conforman.
Dejan sitio para las nuevas generaciones.
Su sitio que ya no lo es.
Un débil empujón
y las deja tímidamente en reposo
mientras caen con elegancia
y timidamente llegan al suelo.
Reposan 
mientras pueden.
Atrás queda la energía
y las ganas de vibrar.
Los niños no se conforman
y las levantan hacia el infinito
pero ellas siempre vuelven
lentamente
a su estado de reposo.
Son pisadas, 
vapuleadas, 
agitadas,
ignoradas.
Pero ellas ya han descubierto
que su tiempo es pasado
aunque no añoran
aquel tiempo de sol y color.
Ahora descansan
mientras se apagan
y sonríen al calor del sol
que las va transformando
y secando
y…