Aquí y no allí

Características propias de Massachusetts que yo no había observado antes en ningún otro lugar


AHORA LE TOCA AL VECINO
Uno de los deportes favoritos de los americanos son las compras. El shopping, como lo llaman aquí. En cualquier tienda grande o pequeña, pero sobretodo en las grandes superfícies, siempre hay descuentos apetecibles, ofertas irrechazables y objetos difíciles de eludir cuando de comprar se trata.
El consumismo absoluto conlleva, entre otras cosas, que las casas se llenen de cosas totalmente innecesarias. Y las pilas de estos materiales vayan creciendo y creciendo hasta el infinito y más allá. 
Para solucionar este problema, había dos soluciones:
- Primera solución:
dejar de comprar objetos y a medida que se iban gastando o rompiendo los existentes, tirarlos a la basura sin necesidad de reemplazo.
- Segunda solución:
Yard Sale (que podría traducirse como venta en el garaje).

Dudo que alguien pensara en la primera solución, puesto que las compras son demasiado magnéticas como para que alguien pueda dejarlas de lado. Así pues, la segunda opción fue la que adoptó la totalidad de americanos que ya no podían entrar en sus casas debido a la enorme cantidad de objetos acumulados.

¿En qué consiste la Yard Sale?
Deben seguirse unos sencillos pasos, que cuento aquí cronológicamente:
- llenar la casa de objetos.
- darse cuenta que la casa está llena de objetos que no tienen ninguna utilidad.
- coger papel y lápiz.
- con el papel y lápiz escribir en letras más o menos grandes YARD SALE, junto con la dirección de tu casa y el día y la hora en que el evento (la susodicha Yard Sale) tendrá lugar.
- poner el cartelito de marras en alguna situación estratégica cerca de tu casa y que sea visible para gran cantidad de transeúntes y conductores.
- el día de la Yard Sale, levantarse temprano y empezar a poner las cosas que ocupan tu espacio vital dentro de la casa, fuera de la casa, en el pequeño espacio que se nombra jardín.
- esperar a que los vecinos, transeúntes, conductores, ciclistas y demás se paren delante de tu jardín y se den una vuelta entre tus objetos por si alguno capta su atención.
- vender los objetos a un precio muy por debajo del precio en que se había comprado.
- quedarse libre de los objetos.
- entrar en la casa y comprobar que necesitas algunos objetos nuevos para llenarla de nuevo.
- empezar de nuevo el bucle.
- hasta el infinito y más allá.

Uno de mis conocidos me comentó que él organiza una Yard Sale cada tres o cuatro meses, puesto que su mujer recoge todo lo que encuentra y al cabo de este tiempo ya es difícil una convivencia sin tropezar con alguno de los objetos de marras. 

Aquí en Massachusetts, se está poniendo de moda otra modalidad de Yard Sale. En el área de Boston o contigua (Brookline, Cambridge...), hay mucha gente que viene para una estancia de un año más o menos. Doctores, investigadores, emprendedores,... gente que viene a recibir formación y a disfrutar de lo que puede ofrecerle estar cerca de unas de las universidades más potentes a nivel mundial como son Harvard y el MIT entre otras. Estas personas, que generalmente vienen con sus familias, compran los objetos estrictamente necesarios para pasar un año de sus vidas en Boston. Materiales baratos y de mucha utilidad pero que no pueden llevarse a sus países de origen. Con lo cual, los meses de mayo y junio están repletos de Yard Sales de productos seminuevos y útiles a unos precios muy pero que muy por debajo de su precio original. 
Aunque el fin es el mismo, sacarse de casa los objetos que ya no son útiles. 



AWESOME
La primera vez que escuché Awesome (pronunciado "Asom") fue en el supermercado:
El cajero: "¿Ha encontrado todo lo que necesita hoy?"
Yo: "Si"
El cajero: "Awesome!"

Busqué la palabra en el diccionario, para averiguar lo que me había contestado el cajero después de mi escueto Si.

Awesome: Inspirar un abrumador sentimiento de reverencia, admiración o miedo.
Sinónimos de awesome: Impresionante, imponente, abrumador, formidable.

¡Caramba! ¿O sea que asusté al cajero o mi abrumadora personalidad causó mella en una persona americana?

Después de ese día, escuché en múltiples conversaciones la susodicha palabra:

Un chico acaba de aprobar la teórica del carné de conducir: "He aprobado el examen."
La secretaria que recoge la nota: "Awesome."

Este día me descolocó, puesto que la secretaria no expresó la más mínima emoción al pronunciar una palabra que inspira reverencia, admiración o miedo.

La peluquera: "¿Quiere teñirse el cabello?"
Yo: "Si"
la peluquera: "Awesome"

La peluquera: "¿Quiere algunas mechas?"
Yo: "No"
la peluquera: "Awesome"

La peluquera: "¿Quiere que le sequé el cabello?"
Yo: "Si"
la peluquera: "Awesome"

Aquí la peluquera tampoco parecía fascinada por mi increíble personalidad, aunque después de mis repuestas positivas o negativas siempre le salía de su boca la palabra "Awesome".

Así fue como descubrí que los americanos usan palabras que en español significan lo más de lo más, sencillamente como sinónimo de guay u OK.
Esta es sólo una más de sus facetas optimistas. Sus palabras de ánimo, de decirte que lo haces todo muy bien, de positivizar cualquier situación, te descoloca al principio, pero acabas acostumbrándote al cabo de un tiempo. 
Aunque eso si, a mi no se me han contagiado esas ganas de decir "Awesome" por todas partes, yo sigo con mis "Good" y "Fine" la mayoría de las veces, y tan contenta.

El "Awesome" lo guardo para situaciones especiales. La cosa más "Awesome" que ahora estoy recordando es que el rosal que mi suegra plantó en nuestro jardín hace más de ocho años continue floreciendo cada primavera con rosas de color rosa pequeñitas y lindas. Cuando me envían fotos de esta pequeña maravilla tan "Awesome", mi día se convierte en "Awesome".





FRÍO Y CALOR
El Servicio meteorológico anuncia para mañana un tiempo nublado y con viento. Pero estamos a finales de primavera, así que será un nublado ventoso templado. Vamos a la playa, con lo cual, aunque se prevé mal tiempo, pongo en una bolsa playera el biquini y unas toallas. En Boston ciudad está lloviendo, pero seguro que mejora en la playa. Recorriendo el corto trayecto que nos separa de Newbury Port, compruebo que el tiempo, lejos de mejorar, empeora por momentos. Y en qué medida. Llegando a nuestra meta, lo difícil es salir del coche, porque el frío (y tu salud mental) te aconsejan que te metas en el coche y vuelvas ipso facto por donde has venido. Los churumbeles no quieren ni poner una patita fuera del coche y mi trabajo me cuesta convencerles de que disfrutarán a montones en la playa.
¿Playa?¿Qué playa? Una niebla espesa cubre casi todo el horizonte. Pero el problema es que intentar divisar eso, el horizonte, es tarea ardua puesto que el viento te obliga a cerrar los ojos y la cara se semicongela. Los niños, una vez más, demuestran su valentía haciendo caso omiso del tiempo. Uno se pone a recoger tesoros escondidos en la arena y otro se dedica a jugar en unos columpios adyacentes a la orilla que ni la niebla ha conseguido borrar.
Al cabo de un rato de estar contemplando... perdón, de intentar contemplar alguna cosa parecida al agua que está pero que no se ve, decidimos aceptar lo obvio: hoy no era el mejor día para una excursión por la playa. Exhaustos y fracasados, decidimos hacer un alto en Rockport, un pequeño pueblecito marítimo con un par de calles comerciales que desembocan en unas rocas grandes tocando el mar y en las que los peques disfrutan cruzándolas. Y allí observamos atónitos una visión que aún hoy me cuesta digerir:

la gente de Massachusetts se pasea por las calles de este pueblo con pantalón corto, camisetas de tirantes y chancletas en los pies. Yo, que estoy usando todas las capas de ropa que he encontrado en la parte trasera del coche, no puedo salir de mi asombro al contemplar estupefacta que a los habitantes de Massachusetts les importa tres pepinos el tiempo que indica el servicio meteorológico. La lógica que usan es la siguiente:
- Ayer fue un dia muy muy caluroso;
- Hoy es el día después de un día caluroso;
- Hoy es fin de semana;
- Hoy es un día cercano al verano, a finales de primavera.
Por lo tanto:
- Vamos a la playa,
- Vamos a la playa,
- Vamos a la playa.
- Hace calor,
- Hace calor,
- Hace calor.
- Me visto con mi ropa de verano,
- puesto que es tiempo de calor y
- no me importa lo más mínimo que haga o no calor: hoy toca calor, sol y playa.
¿Qué falta calor y sol? Pues bueno, se van a la playa sin importar el tiempo.
Y así, mi familia se pasea con tejanos y chaqueta por Rockport, mientras nos rodea una multitud de gente vestida de playa que no parece pasar ni la mitad del frío que nosotros estamos pasando. 
¡A ver si será verdad la teoría de un amigo mío que me decía que el frío y el calor están en la mente!


Si es así, otra vez la gente de Massachusetts se nos ha adelantado en lo que a teorías se refiere.





LAS ABUELAS Y LAS REDES SOCIALES: FACEBOOK
"Cristina me ha dicho que te sigue por feisbuc o por tu blog."
"Esto del feisbuc ¿qué es?"
"Rosa me dice que está conectada al feisbuc y le gusta."
"Otra amiga mía te ha encontrado por el feisbuc."
"..."
Y así me llena mi madre los mensajes de Whatsapp, para contarme que fulanita y menganita disponen de un Facebook y que me siguen a través de esta red social o a través de mi blog.
Pero así como Whatsapp es un mundo ya conocido por mi madre y que le sirve para comunicarse conmigo, para mandarme fotos, para chivarme los cumpleaños de mis familiares de los cuales me olvidaría sin este recordatorio, el Facebook es una red social a la que aún le tiene miedo, porqué... la puede ver todo el mundo, ¿verdad?.

El verano pasado, me puse delante de su ordenador y le monté una cuenta de Facebook. Usé una de las fotos de ella muy pizpireta, con un conjuntito primaveral que se había comprado pocos días atrás. Usé otra de sus fotos con una sonrisa de oreja a oreja. Y pedí amistad a sus amigas del alma que ya deambulaban por dicha red social desde hacía bastante tiempo. Al contarle a mi madre que tenía una cuenta de Facebook, su primera reacción fue de asombro, la segunda de estupefacción y la tercera de miedo. Miedo a lo desconocido, miedo a quién puede verme sin que yo lo quiera. Le conté por enésima vez que Facebook era una red social que usaba muchísima gente, que servía para saber (bueno, seamos sinceros, para cotillear) de la vida de otros y para enseñar al mundo lo que a ti te apetecía, nada menos ni nada más. Y así, medio convencida se me quedó la mujer. Las dos fisgoneamos un ratito por el Facebook de sus amigas y a ella le temblaban las manos de emoción y de curiosidad al descubrir fotos de conocidos y familiares que mostraban el lado alegre, generalmente, de la vida.

Al cabo de un par de horas, pero, recibo una llamada de teléfono de mi progenitora. ¡Que raro! Desde que se ha acostumbrado al Whatsapp, casi nunca recibo sus llamadas, siempre recibo mensajitos (a veces en código, dicho sea de paso), contándome eso o aquello o preguntándome si puedo llamarla. Pero no. Esta vez era una llamada. Con lo cual descolgué enseguida para escuchar ipso facto su sentencia:

"Tienes que borrarme del feisbuc inmediatamente!"

¿Pero por qué? Pensé que te lo habías pasado bomba, curioseando en la vida de tus amigos y conocidos, y que te gustaban las fotos que había puesto en tu perfil.

"Me están pidiendo amistad un montón de gente, me llegan mensajes por el correo electrónico, e incluso me llegan mensajes de ¡"hombres" desconocidos!"

Bueno, mamá, pues les dices que no y punto, no pasa nada, todos recibimos peticiones que no nos interesa contestar, pero...

"Que no, que no, que tu padre ya me ha dicho que nada de nada, que qué es esto que un "hombre" te pida amistad sin conocerte, que eso es una vergüenza y que no puede ser, y además tiene razón tu padre, que hay unos "hombres" que me piden amistad y yo no los conozco y..."

Y aquí acabó el paso de mi madre por Facebook. La borré por no provocar una crisis marital y porqué su nerviosismo iba en aumento.

Pues si, de las redes sociales que mi madre ha probado, decididamente se queda con Skype para ver a sus nietos del alma con la mayor frecuencia posible, y con el Whatsapp, para enviarme mensajes comunicativos, para recordar los cumpleaños familiares y para reenviar esas cadenas interminables que yo intento evitar.
Creo que mi madre debe tener en Facebook el récord de página que menos ha durado. Aunque nunca la han felicitado por eso;)







SOY UNA ENANA REGORDETA
5'4
131
Estas son mis medidas. El primer número es la altura y el segundo el peso.
Para mi, que estoy acostumbrada al sistema métrico decimal, descubrir mis medidas en Estados Unidos fue una fuente de malestar.
Vamos a ver, 5'4 cm de altura significa que soy enana, pero de las más bajitas además. Si a eso le sumo 131 kg de peso, soy una enana regordeta, o mejor dicho ¡gorda como una bola!
Cuando comprobé mi altura y mi peso, la primera conclusión que me vino a la cabeza era que la fuerza de la gravedad en Massachusetts era mucho más potente que en cualquier otro sitio donde yo hubiera estado previamente. Y no me atrevía a mirarme en el espejo del baño, por miedo a que la visión de mi cuerpo me causara una profunda depresión.
Al cabo de poco, la realidad se apoderó de mis neuronas. En Estados Unidos no usan las unidades del Sistema Métrico Decimal, de modo que mis 5,4 de estatura no se miden en centímetros, se miden en feet (pies). Bueno, mido un poco más de cinco pies, algo es algo, ya no soy bajita como una cucaracha, soy de la medida de cinco pies (falta averiguar si son pies de gigante o de geisha, eso si). Y mis 131 de peso no se miden en kilos, se miden en pounds (libras), con lo cual mi peso al convertirlo en kilos se reduce a algo más de la mitad. Perfecto. 
Y llegó la prueba de fuego: ir de compras para averiguar qué talla era la que yo usaba. Y ¡oh! sorpresa divina, mis plegarías, ahora si, ¡se habían materializado! Mi talla, con mis 5,4 feet y mis 131 pounds ¡era una de las tallas pequeñas en las tiendas americanas!
Ahora puedo pasearme por las tiendas y escoger las camisas y pantalones que quiero con una sonrisa en los labios, puesto que en sus etiquetas se lee la letra S (small, pequeña). Unos de los placeres americanos que he podido disfrutar hasta la fecha.





6 HORAS
Ejemplo 1
Mira, acabo el trabajo, recojo a los niños y llegamos a casa. Mientras preparo la cena y voy gritando a los niños para que hagan los deberes, se duchen, se pongan el pijama y no se atiborren con lo primero que encuentren en la nevera, pienso que es una buena hora para llamar a mi madre. Y la llamo por Skype. Me contesta. Y me recibe bostezando y hablando en voz baja. ¡Caramba! ¡Pero si no son ni las seis de la tarde! ¡AAAAYYYYYYYYY! ¡Son las seis de la tarde en Massachusetts, pero no en casa de mis padres! ¡Me he olvidado otra vez de la diferencia de horas entre un lado y el otro del océano! Mi madre, con el corazón contento por mi llamada pero con el alma dormida, me responde con monosílabos y le digo que ya la llamaré otro día.

Ejemplo 2
Nos levantamos por la mañana y desayunamos. Buena hora para llamar a los abuelos. Skype. ¿Por qué no contestarán? Ah, ya me acuerdo, es su hora de la comida, tienen la tele demasiado alta para escuchar el berrido del ordenador avisándoles de nuestra llamada repentina y no programada. Desayunamos y nos vamos corriendo al cole. Al cabo de un rato, veo una llamada perdida de mi madre: ¿Pasa algo?¿Estáis bien? Mi madre es de la vieja escuela, siempre se teme lo peor. 

Ejemplo 3
Intento Skype con mi madre. No está conectada. Le envío un Whatsapp por si quiere conectarse. No recibo nada hasta pasadas unas horas. ¿Pasa algo?¿Estáis bien? Al no contestarla yo inmediatamente, recibo una llamada telefónica transoceánica. Escucho la voz de mi madre ¿Pasa algo?¿Estáis bien? La contesto que si, que estamos bien, que no pasa nada, que sólo quería hablar en ese momento con ella un poquitín. Y la cuelgo puesto que evidentemente, en ese momento yo no puedo hablar.

Ejemplo 4
Intento Skype con mi tía-abuela. No está conectada. Le envío un Whatsapp preguntando si quiere hacer un Skype. Me contesta al cabo de una hora, cuando ella está lista para el Skype y yo ya no puedo hacerlo. Al llegar a casa, veo que mi tía-abuela ha intentado 45 veces hacer un Skype conmigo, aparte de todos los Whatsapps que han seguido a todas y cada una de las llamadas frustradas de Skype donde me anuncia que ella está lista para el Skype.

Y suma y sigue. Estas seis horas de diferencia con nuestra familia y amigos hacen que las conversaciones sean:
infrecuentes
- en horas intempestivas para unos u otros
- con muchos malentendidos por los dos lados, 

pero también
deseadas
- cargadas de emociones y sentimientos positivos y
- con ganas de abrazarlos

Lejos en quilómetros (y en millas), cerca en el corazón, en ambos lados del océano hay muchas intentonas para hacer una llamada que nos alegre el día o nos desahogue la mente. Y cuando finalmente se consigue la meta (es decir, cuando podemos hablar más de veinte minutos seguidos), la sensación de bienestar es indescriptible.





CAZANDO HUEVOS
"Mamá, en Easter ¿podremos hacer un egg hunt?"

Pues si, en casa las frases son como mínimo bilingües. ¿La traducción?
"Mamá, el dia de Pascua ¿podremos cazar huevos?"
Si, aquí en Massachusetts y en toda la América del Norte que yo conozco, los niños por Pascua se dedican a cazar huevos. Bueno, huevos de chocolate, dicho sea de paso.
Para cazarlos, se necesita seguir unos simples pasos:

Paso 1:
Como siempre, la aventura empieza en el supermercado. Hace ya alguna que otra semana, lo primero que te encuentras justo al entrar en cualquier supermercado son huevos de chocolate. De todas las medidas y colores. Grandes, pequeños y medianos, de color rosa, azul y verde. Envueltos de forma individual o en paquetitos económicos. Con lo cual, lo que tu haces es comprar un poco de todos, sin despilfarrar demasiado (que traducido al idioma masculino significa "compra totalmente innecesaria"). Y compras huevos pequeños y huevos en forma de conejo, huevos de chocolate y huevos con golosinas, pensando que tus peques se lo pasarán pipa tratando de encontrarlos. Ya en la cola para pagar te das cuenta que has comprado demasiados, pero no sabes cuales dejar; ¿los pequeños pero baratos? no, puesto que son eso, baratos. ¿Los caros pero preciosos? no, puesto que son eso, preciosos. O sea, que los pones todos en la cinta para que la cajera los ponga rápido en la bolsa y tus remordimientos de conciencia acaben pronto.

Paso 2:
Al llegar a casa, los escondes en un lugar donde sabes sobradamente que tus hijos nunca mirarán: ¡uno de los cajones de la cocina! Después de analizar con detalle los cajones, pongo todos los huevos en el cajón que no han abierto hasta la fecha.
¿Exceso de confianza? Pues si. Al día siguiente, si, justo después de un día de esconder los huevos en mi mejor escondite, mi mayor decide que quiere ayudarme en la cocina. ¡Nunca antes había propuesto tal ayuda!¡Nunca! Y, mientras me ofrece su ayuda con cara de ángel, ¡abre el cajón de mi escondite!¡Como si allí hubiera todos los utensilios que necesita para ayudarme!¡Arggghhhhh! Total, que para su sorpresa y mi decepción (decepción doble al ver la cara de mi marido mirándome en tono burlón y diciéndome "ya te lo dije"), mis hijos encuentran los huevos antes de lo previsto. Esto no es la caza del huevo tal como debía ser. Borro la sonrisa de la cara de mi hijo al decirle que cierre acto seguido el cajón y que encontrará los utensilios de la comida en otros armarios. No consigo borrar la sonrisa burlona de la cara de mi marido.

Paso 3:
Me levanto el viernes por la mañana antes que mis churumbeles. Intentando hacer muy poco ruido, escondo todos los huevos de chocolate por toda la casa:
- detrás de las cortinas,
- detrás de marcos de fotos,
- dentro de zapatos,
- encima de su silla,
- dentro de su taza del desayuno,
- ...
Y los llamo: "¿Quién quiere hacer el egg hunting?"
Y bajan. Dormidos, soñolientos, pero con ganas de actuar.

Paso 4:
Mis peques empiezan a buscar. Claro está, encuentran los huevos de chocolate escondidos por doquier. 
Mi mayor, cada vez que encuentra uno, me dice: "¡Lo encontré! Uau, mamá, eres muy buena escondedora de huevos!" (ay ese positivismo americano que no hay en sus genes y que me lo está americanizando a marchas forzadas).
Mi peque, al descubrir que los huevos son de chocolate, decide que no le gustan (a él, el loco por las galletas de chocolate) y deja de buscar en cuestión de segundos.
La bolsa de mi mayor se va llenando con los muchos que él encuentra y con los pocos que le encuentra su hermano.

Y así, hurgando entre los rincones más recónditos de la casa, mis peques se convierten en cazadores de huevos. 




MI PRIMERA VEZ
Definición de sitios públicos: 

lugares donde todo el mundo puede circular y donde encuentras lavabos para satisfacer tus necesidades fisiológicas. 
Los restaurantes entran dentro de la definición de sitios públicos, así como los hospitales, los aeropuertos y los museos.

Y dentro de estos sitios públicos, recuerdo mi primera vez.
Habíamos acabado con una comilona a la americana, una carne de ternera deliciosamente tierna combinada con unas patatas fritas sube calorías al infinito y más allá. Los tragos de cerveza nos ayudaban a zamparnos un manjar delicioso aunque hipercalórico. 
Y me dirigí al baño. Mis necesidades fisiológicas quedaron libres y yo, satisfecha, empecé a subirme los pantalones. Y aquí. Aquí fue mi primera vez.
Al principio escuché un murmuro. Parecía el tintinear metálico de una tubería. Luego el ruido fue a más, hasta parecer que un tsunami se había colado dentro de mi cubículo. Flushhh...flushhhhhh FLUSHHHHHHH! ¡Una tormenta de agua que en milisegundos había aparecido de la nada y había impactado dentro del baño!
¡Juro que yo no había tocado ningún botón, ni activado ninguna manecilla, ni tirado de ninguna cuerda! ¡Simplemente, me había levantado y había empezado a subirme los pantalones! Y así, sin más, estaba llegando un agua que se metió en todos los resquicios del aparato sanitario y lo limpió en un abrir y cerrar de ojos.
¡El susto que me dió fue sobrecogedor! Nunca antes había vivido una situación similar. Los conocimientos prácticos que disponía hasta la fecha eran de acción-reacción:
1. Aprieto un botón y
2. Sale agua del baño para limpiarlo

Aquí en América, la acción-reacción era totalmente nueva para mi:
1. Me levanto de la taza y
2. Llega una cantidad de agua considerable sin previo aviso con un ruido estremecedor que hace que te apartes de su territorio mientras discurre a gran velocidad dentro de la taza para irse rápidamente.



Mi primera vez me asusté. Las siguientes veces aún paso angustia (¿No he dejado nada importante cerca de la taza para que las olas de agua se lo lleven sin avisar?).


TIPOS DE INVIERNO
He descubierto que existen muchos tipos de inviernos.

Cuando era muy pequeñita, allá por el siglo pasado, yo pensaba que sólo existía una clase de invierno. Lo describo así:

Invierno de pequeñita
En mi tierra patria, en el rincón de mundo donde yo vivía con mi família, los inviernos eran duros. Frío, mucho frío. Las chaquetas no eran las que ahora se usan, sino que para protegernos del frío usábamos unas chaquetas peludas de piel de borrego que pesaban cantidad. Pantalones de franela, guantes y bufanda nos protegían de un frío al que ya estábamos acostumbrados. Además, había un aliciente adicional a nuestro frío: nuestra querida niebla. Una niebla que se metía por todos los rincones de nuestro pueblo y que lo distinguía del resto de pueblos de la zona. Una niebla que convertía tu paisaje en gris y que se metía poco a poco dentro del alma. Una niebla que se convertía en tu confidente, en tu compañera y en tu amiga. Porque con la niebla en tu camino, nadie podía ver más allá de tres pasos. Y eso, señores, ¡era extraordinariamente excitante! ¿Que querías hurgarte la nariz? Perfecto, nadie podía verlo. ¿Querías esconderte de tu madre y darle el susto de su vida? Pues mi pobre mamá recibió varios sustos, puesto que mi hermana y yo avanzábamos unos pasos más, nos alejábamos un poco del camino y nos quedábamos calladas, mientras nuestra pobre madre gritaba a plena voz nuestro nombre puesto que no podía vernos.
A mi me encantaba esa niebla que sentía tan mía, tan poderosa y tan volátil, tan etérea y tan mágica. Al mediodía, si a ella le apetecía, desaparecía y volvía a aparecer la mañana siguiente, dispuesta a envolvernos otra vez con su manto protector, a escondernos de nuestros vecinos y de cualquier fisgón que quisiera entrometerse en nuestro camino.
También me encantaba caminar entre la niebla y descubrir la escarcha en las hierbas que resistían al frío invierno.
Mi invierno de pequeñita era sinónimo de frío y niebla. Y así pasé mi infancia y mi juventud, pensando que los inviernos eran este tipo de inviernos.



Massachusetts, año zero; primer invierno
Al llegar a Massachusetts en invierno del 2014, tuvimos la inmensa suerte de disfrutar del peor invierno que se recuerda en esta región. Suerte que tiene una. Ni los más ancianos recordaban un invierno peor. 
Pudimos comprobar en nuestras propias carnes que los mocos se hielan a temperaturas por debajo de -15ºC, aunque sólo saques la nariz a pasear el rato de salir del coche hasta llegar a la puerta de entrada del cole de los peques. También puedo asegurar que los guantes de piel de poco sirven a temperaturas extremas, lo que aumenta mi admiración por el mundo animal. 
Había tanta nieve que sólo se quitaba la estrictamente necesaria, es decir, la que estorbaba para circular y nada más. Con lo cual, a lado y lado de la carretera había recogida un montón de nieve que impedía totalmente estacionar en los huecos habituales. En las aceras, dejaban un espacio para circular los peatones de uno en uno, de modo que había montañas de nieve a ambos lados. Se contrató a camiones para sacar la nieve, puesto que con el frío extremo durante meses, no hubo día en que el sol brillara y ayudara a fundir la nieve.
Nos convertimos en gente hogareña, puesto que salir de casa con esas temperaturas y con tempestades ahora sí ahora también, era tarea harto difícil. Los peques aprendieron a jugar al ajedrez y los días de "Snow Day" (traducido es: no hay cole y apañaros) se acumularon en el calendario.

Massachusetts, año uno; segundo invierno

Este año presente, el frío y la nieve han brillado por su ausencia. Hemos podido disfrutar de dos días a -25ºC, donde una caminata de cien metros casi te hiela la sangre de las extremidades y necesitas paños calientes para recuperar la circulación. Pero aparte de eso, de alguna tempestad de nieve, de algún temporal de viento y de días más grises que azules, este invierno del 2016 está siendo de lo más templado. Puedo contemplar una hierba verde y marrón que el año anterior estuvo enterrada debajo de la nieve durante casi seis meses. Los árboles no tienen las ramas torcidas debido al peso de la nieve que soportaron durante el 2015. Mis hijos, tal como les cuentan en la escuela, están convencidos de que los humanos estamos destruyendo el planeta con todos los gases nocivos que enviamos a la atmosfera. No seré yo la que les diga lo contrario. 

Si, eso de la expatriación tiene la ventaja adicional de poder descubrir diferentes tipos de invierno a lado y lado del planeta. Veremos lo que nos depara Massachusetts, año dos; tercer invierno.




HOLA ¿CÓMO ESTÁS?
En la casa patria, se saluda del siguiente modo en la calle:

1. PERSONA CONOCIDA DE TODA LA VIDA CON LA QUE HAS TENIDO POCO TRATO
Yo: "Adiós".
Ella: "Adiós".
Y punto. Un atisbo de sonrisa asoma en tu boca, por eso de quedar bien. Nadie se ha parado a conversar, las dos hemos continuado nuestro camino en direcciones opuestas. Al cabo de un segundo, tu mente ya no recuerda a quién has saludado o piensa en que quizá esa persona era la prima del hermano de la tía que se casó con José y que la dejó por una mucho más joven.

2. PERSONA DESCONOCIDA
Las dos nos cruzamos por la calle. Nadie mira a nadie. Continuamos impasibles nuestros caminos, sin prestar atención la una a la otra.

3. PERSONA CONOCIDA, AMIGA O PARIENTE
Yo: "¡Hola!¿Cómo estás?"
Ella: "¡Cuanto tiempo, qué alegría!"
Las dos nos acercamos y nos damos un beso de mentirijilla en cada mejilla (Básicamente damos besos al aire).
Depende de si el individuo en cuestión nos cae bien o mal, estaremos entre cinco minutos y cinco segundos conversando de todo y de nada, mientras el resto de la gente que se cruza en nuestro camino debe bordear el espacio que estamos ocupando en plena calle, al ser nosotras inconscientes (totalmente adrede) de que estamos molestando.
Un adiós con una sonrisa de oreja a oreja, un ¡Dale recuerdos a Maribel! y un abrazo de despedida conforman nuestro ritual de los tres últimos segundos.

Aquí en Massachusetts, nada más lejos de la realidad.

1. PERSONA CONOCIDA DE TODA LA VIDA CON LA QUE HAS TENIDO POCO TRATO
Ella: "Hoooooola, buenos días, ¿cómo estás?"
Yo: "Bien, gracias, ¿cómo estás tu?"
Ella: "Bien, gracias."

2. PERSONA DESCONOCIDA
Ella: "Hoooooola, buenos días, ¿cómo estás?"
Yo: "Bien, gracias, ¿cómo estás tu?"
Ella: "Bien, gracias."

3. PERSONA CONOCIDA, AMIGA O PARIENTE
Ella: "Hoooooola, buenos días, ¿cómo estás?"
Yo: "Bien, gracias, ¿cómo estás tu?"
Ella: "Bien, gracias."

Besos, zero. 
Abrazos, cuando nos invitan o invitamos en alguna celebración, el abrazo que más se estila es rodear a la persona con el brazo derecho, mientras ella hace lo mismo para conmigo. Y punto.

Con lo cual, aquí los saludos son mucho más simples. Todo el mundo se saluda del mismo modo. ¿Que parece que lo conoces? Lo saludas. ¿Que no lo has visto nunca en tu vida? Lo saludas. ¿Que es un pariente lejano? Lo saludas. Sin complicaciones. ¿Ganas de indagar en tu vida? Pues no, aquí cada cual a lo suyo. 
Y reconozco que una sonrisa de un desconocido por los pasillos es agradable.

Al principio, con sus saludos, pensaba que todo el mundo en Massachusetts quería ser amigo mío, pero me frustraba al comprobar que la conversación acababa en el "Bien, gracias." Cuando yo intentaba añadir frases, la mirada de la persona se desviaba hacia otro lado al igual que su pensamiento, lejos, muy lejos de donde yo estaba.




CONDUCIENDO DENTRO DE LA TORMENTA DE NIEVE
De acuerdo. Respiro fuerte. Vuelvo a respirar fuerte. Llave en el contacto. Enciendo el motor y abro la puerta del garage. Marcha atrás, lentamente, poco a poco. La nieve empieza a impregnar las ruedas traseras del coche. Ruido. La nieve impregna también las ruedas delanteras. El ruido continua y el coche parece que sube y baja pequeños montículos que se habían depositado plácidamente delante de la salida antes de que yo los molestara. Respiro fuerte. Respiro otro vez. Soplo. ¡Vamos allá!
Conduzco a una velocidad propia de los caracoles para salir a la calle. Freno cada metro, para comprobar los frenos en el suelo nevado y para comprobar si mi mente está preparada para la prueba. 
Los frenos funcionan. Mis nervios también. 
Intermitente a la derecha aunque no me atrevo a salir hasta que no veo ningún otro coche a dos millas de distancia. Salgo a la calle. ¡Primer paso conseguido!
Pongo música para intentar relajarme. Los primeros metros han sido relativamente fáciles de avanzar. Intermitente a la derecha y ya estoy dentro de una calle mucho más amplia y concurrida. Los coches van demasiado rápido para mi gusto, aunque debo reconocer que no van a la velocidad normal de los días sin nieve. 
Mis manos sudan. Me concentro en la carretera. Los coches me adelantan por los dos lados y escucho un bocinazo ¿Será para mi? Seguramente. 
Primer semáforo. Freno lentamente y consigo parar el coche mucho antes de lo previsto, con lo cual la distancia entre mi coche y el coche de delante es extremadamente amplia. Consigo reducirla poco a poco, mientras contemplo los aspavientos del conductor del coche de detrás.
Segundo semáforo. Las manos me sudan. Giro a la derecha. Tercer semáforo, giro a la izquierda. 
La prueba definitiva: después de una curva de casi trescientos sesenta grados, estoy dentro de la MassPike, la autopista general de Massachusetts. Paso por el control y ¡venga! ¡A correr! ¿A correr? 
La nieve no para de caer, constantemente, incesantemente. Sin prisa pero sin pausa. Los coches llenan la carretera y me adelantan sin pudor. El primer camión que me adelanta me tira una cantidad considerable de nieve y agua-nieve que me deja sin visión durante un par de segundos. Pánico. Pánico. Mi amigo parabrisas me saca de la zona de pánico total. Recupero la visión delantera de mi coche. Respiro profundamente. ¡Venga, vamos, primer tramo superado! Intento dibujar una sonrisa de autoconfianza en mi cara, pero solo consigo una mueca deforme que no me anima para nada. Una furgoneta ahora es la encargada de devolverme a la oscuridad al pasarme casi volando por la izquierda al tiempo que la nieve vuela derechita de sus ruedas a mi parabrisas. Gracias otra vez al limpia infalible, recupero la visión. La misma operación se repite tres veces más, hasta que vislumbro el cartel indicando mi salida. Señalo con el intermitente mi llegada y reduzco poco a poco (si reduciera un poco más, me quedaría totalmente parada).
Peaje superado, voy por una carretera también transitada, pero sin las velocidades de la autopista ni los oscurecimientos parciales de visión. 
La nieve continua su viaje del cielo a la tierra mientras los coches continúan su viaje de casa al trabajo o viceversa. Aquí todo el mundo viaja en una dirección u otra. 
Semáforos, frenadas, intermitentes y música. Continuo mi camino mientras la nieve lo cubre todo. Todo. 
Llego al parking descubierto que es mi meta. Aparco. Paro el coche. Estoy satisfecha, asustada, contenta, pletórica y ahora si, sonrío y me sonrío. Mi primer viaje en una tormenta de nieve. Salgo del coche y la nieve me envuelve. El paisaje es realmente extraordinario. La nieve pinta el entorno, cubre las brancas y nos deleita la vista con su blanco nuclear. Alzo los limpiaparabrisas para que no me queden llenos de nieve y se me rompan.
Al cabo de unas horas, me toca el viaje en dirección contraria. Al llegar cerca del coche, observo patidifusa que una mujer me está limpiando el coche con una pala quitanieves especial automóviles.
¡Hey!¡Ese es mi coche!
¡Caramba!¡Pues estaba convencida que era el de mi amiga Judy!
¡Gracias por quitarme la nieve, siento que te hayas equivocado!
Ningún problema. Hola, me llamo Lisa.
Y así conozco a Lisa, que con una amabilidad extraordinaria, acaba de ayudarme a sacar la nieve de mi coche para que pueda yo marcharme tranquilamente hacia casa, después de un largo día de tormenta de nieve. Esa amabilidad de Massachusetts a la que no acabo de acostumbrarme me deja pasmada en cada ocasión.





VOLUNTARIADO
Somos muchas las que nos liamos la manta a la cabeza y seguimos a nuestros maridos cruzando mares y montañas.
Somos muchas las que, una vez el marido está ya en el trabajo, los niños en el cole y las habitaciones de la nueva casa con todos los detallitos posibles, nos preguntamos: ¿Y ahora qué hago yo con mi vida?

En Massachusetts hay un sinfín de posibilidades. Al principio parece que el abanico es infinito, pero vas encontrando limitaciones tales como:
limitación económica: estudiar un curso en una universidad o un college es carísimo;
limitación geográfica: el punto A (donde vives) dista mucho del punto B (donde quieres desenvolupar tu nueva andadura americana);
limitación temporal: tus niños tienen unos horarios bastante difíciles de compaginar con una jornada completa;
limitación americana: sin experiencia americana, es difícil que tu experiencia conseguida en otra parte del mundo (o sea, la que no se llama norteamericana), te sirva de algo;
limitación personal: después de todas las limitaciones anteriores, es probable que tengas dudas variopintas sobre dónde debes dirigir tus esfuerzos para contestar a la pregunta formulada anteriormente, que no es otra que la de ¿Y ahora qué hago yo con mi vida?

Así pues, después de muchas dudas que rondan por la cabeza, un día pasé delante de una escuela para niños ciegos. Y supe que ahí es donde quería estar. ¿Y cómo yo podía entrar allí? Pues siendo nueva en el sistema, no me quedaba más opción que el voluntariado. Así pues, fuí una de las voluntarias que ayudaban a las profesoras de niños ciegos. Y fue una experiencia personal extraordinaria. ¿Por qué? porqué no tenía limitaciones:

sin limitación económica: no tenía que pagar nada para ser voluntaria (ni, claro está, tampoco recibía ni un céntimo);
sin limitación geográfica: por supuesto escogí un voluntariado que me quedara cerca de casa;
sin limitación temporal: lo adapté totalmente al horario de mis niños. Después de dejar a mis hijos en su escuela, determinados días me dirigía a mi voluntariado;
sin limitación americana: un voluntariado sirve para ayudar a los demás de forma totalmente altruista, con lo cual no te preguntan ni te cuestionan tu experiencia laboral, ni tu nacionalidad, ni tu educación;
sin limitación personal: ayudar siempre es bueno, y considero que me aportó mucho más a mi que lo que yo pude aportar a unos niños con los que disfruté enormemente y de los que aprendí de su fuerza, su coraje y sus ganas de vivir, con lo cual la pesada pregunta de ¿Y ahora qué hago yo con mi vida? quedó respondida con creces.

Los voluntariados son una parte muy importante del programa (debo decir laboral) de los Estados Unidos de América. Aquí la gente se presta a trabajar gratuitamente en multitud de actividades sociales para ayudar a los más desfavorecidos. Y considero que los voluntarios se pagan con creces a través de la satisfacción de poder ayudar a muchas personas que lo necesitan.

La abuela de una amiga mía tiene noventa y tres años y es voluntaria en la biblioteca de un colegio de educación primaria. Una amiga mía de ochenta y ocho años era también voluntaria de la escuela de niños ciegos en la que yo colaboraba. He conocido a mamás expatriadas que dan clases a niños de entornos desfavorables. Sé que hay gente que trabaja en locales para emigrantes pobres. Hay chicos de instituto que pasan sus tardes en locales para niños pequeños.
Trabajar de voluntario, si puedes permitírtelo, claro está, ayuda a otras personas que no tienen la misma suerte que tienes tu por un lado, mientras que por el otro, tu te sientes útil y valorada. Todo el mundo sale ganando. Y las tareas que se dan a los voluntarios permiten una flexibilidad extraordinaria puesto que, sin cobrar, puedes permitirte el lujazo de no ir cuando tu peque tiene décimas de fiebre, o cuando la nieve cubre todo y tu prefieres no circular por la calle blanca.



HAVE A NICE DAY DE AUTOPISTA
Acostumbro a conducir por autopista. Hacia Boston en hora punta prefiero la autopista a los semáforos de las carreteras colindantes. Hacia las afueras el camino también es mejor para evitar parar continuamente en los abundantes semáforos. Así pues, cada día tomo la autopista, la MassPike, para dirigirme al trabajo.
A la entrada de la autopista, recojo un tíquet y a la salida, una persona me lo recoge y me dice lo que debo pagar. Y claro, pago.
Las personas que están dentro de un reducido habitáculo muchas horas, entregando tíquets o recogiéndolos y cobrando a los conductores son muy diversas:
- hay la señora ya mayor, con gafas y pequeñita,
- el hombretón de panza enorme,
- la chiquilla con trenzas por toda la cabeza,
- el chico tímido que casi ni te mira,
- el chico extrovertido que te contagia su amplia sonrisa,
- la mujer madura con cara cansada,
- el hombre de mediana edad con los ojos muy muy abiertos,
-...
y eso si, con fisionomías provenientes de todos los rincones del planeta: orientales, de piel negra, de piel blanca, latinos...
Todos viviendo en Massachusetts. ¿Primera generación?¿Segunda? A saber. Americanos.
Y en el 99% de los casos, me devuelven la sonrisa y me dicen "Have a nice day (Que tenga un buen día)".
Si, esas personas que casi no pueden moverse de sus asientos, que se pasan horas dando o recogiendo tíquets, o devolviendo cambio. Esas personas que soportan el frío de Massachusetts vehementemente, porque ya están acostumbrados, porque forma parte de su normalidad, me saludan y me desean los buenos días.
El primer día que tomé la autopista estaba muy nerviosa (no me gusta conducir, y entrar en una autopista me pone frenética, puesto que no salir por la salida correcta implica muchos quilómetros más y mucho tiempo de demora) y la persona que me cobró me sonrió y me deseó buenos días. Recuerdo que pensé que debía ser un caso aislado, puesto que ¿quién quiere ser simpático en un trabajo como este? No hay necesidad de ser simpático, el contacto con "sus clientes" dura dos o tres segundos y nadie les da propina por estar allí. 
Pues no. No era un caso aislado. Saludan. Te sonríen, te devuelven la sonrisa e incluso muchas veces son ellos los primeros en tener una sonrisa que te alegrará el día durante unos minutos.
Gracias. Gracias por una simpatía que nadie les ha impuesto pero a la que se han acostumbrado y a la que me tienen acostumbrada. Gracias por sacar la mano y el brazo de su cubículo, con el tiempo inclemente, para recoger el cambio y devolverme unas monedas envueltas con una sonrisa y un "Have a nice day".


CASI ME ATRAGANTO CON EL PEEK WEEK
Lunes mediodía. Después de una mañana ajetreada, me preparo un almuerzo demasiado calórico y me siento en el comedor para empezar a degustarlo delante de la tablet (algo que mis hijos tienen prohibido). Al cabo de un rato, me acuerdo que esta semana es el Peek Week, con lo cual abro el email del director de la escuela de mis peques para apuntarme los horarios en los que acudiré a ver a mis hijos haciendo volteretas.
Vamos a ver... el peque tiene una sesión el jueves por la mañana y el viernes, con lo cual acudiré el jueves.... el mayor tiene una sesión...¡HACE QUINCE MINUTOS QUE HA EMPEZADOOOOOOOO!¡Y a la siguiente no puedo ir tampoco pues trabajo!!!!!! Y aquí si, consigo batir mi propio récord de velocidad:

- Abro la boca al descubrir que estoy llegando tarde.
- Cierro la boca y me levanto de la silla.
- Me pongo las botas y me ato (más o menos) los cordones.
- Cojo el bolso y me pongo la chaqueta (al mismo tiempo, con lo cual me hago un embrollo).
- Abro la puerta del coche.
- Entro en el coche, cojo la llave del coche y lo pongo en marcha.
- Me voy volando hacia el cole de mis niños.
- Tengo unos deseos incontrolables de tocar la bocina a la mujer que conduce delante mío pero me reprimo, puesto que los americanos son bastante más educados, con lo cual intento sacar algún taco de mi boquita de alelí, para descubrir acto seguido que la tengo llena de la comida hipercalórica que me estaba zampando un minuto antes tranquilamente en mi casa.
- Llego cerca del cole.
- Aparco el coche y me pongo a correr como una posesa.
- Hago caso omiso de las señales de tráfico al cruzar la calle, rezando para que no haya ningún agente de le ley remotamente cerca.
- Entro en el cole como una exhalación.
- Me dirijo al gimnasio.
- y allí, mientras recupero el aliento que parece que me falta y continuo masticando...¿qué diantre estaba yo masticando??, veo una hilera de padres sentados teléfonos en mano, grabando orgullosos las proezas de sus hijos.
Una mamá, al verme resoplar nada más llegar, me dice: "Tranquila, lo has conseguido, has llegado a tiempo."
Pues si, ya estoy dentro del gimnasio observando la sesión de Peek Week de mi mayor. 

¿Y en qué consiste el Peek Week?
Todos los alumnos de la escuela tienen dos horas de gimnasio semanales, separadas en sesiones de una hora cada una, dos días diferentes. Durante estas clases, el profesor de gimnasia les enseña disciplina, agilidad, esfuerzo y compañerismo. ¿Cómo? consiguiendo que los alumnos le hagan caso y sigan sus instrucciones; haciendo que se esfuercen para estirarse y doblarse, para saltar y hacer piruetas en el aire; ayudando a sus compañeros para alcanzar las anillas donde se colgarán para parecer monos ágiles.
El Peek Week es una demostración de lo que los niños han aprendido en estas sesiones de gimnasia.
Durante los veinte minutos que estoy sumergida en el mundo gimnástico de mis hijos (sin contar los diez supuestamente perdidos anteriormente), veo a unos niños que se lo pasan en grande corriendo de un lado a otro del gimnasio, cambiando de ejercicio continuamente o quedándose en el mismo ejercicio una y otra vez. Los niños se sienten seguros en este ambiente, sin miedo al que dirán, se ven distendidos y satisfechos.
Saltos, brincos, esfuerzos... los más atléticos y los más patosos mezclados entre un sinfín de colchonetas que amortiguan sus caídas mientras las canciones de moda van sonando sin parar. 
Fotos, videos y sonrisas de orgullo es lo que los padres hacemos contemplando boquiabiertos a nuestros hijos, aquellos bebés que aún no creemos que hayan crecido tan deprisa y que ya son capaces de encaramarse a una cuerda colgada del techo sin demasiado esfuerzo.
Los niños nos miran, nos saludan, nos observan mientras nosotros los observamos a ellos.
La música acaba. El profesor de gimnasia da unas órdenes y los niños las siguen al momento sin rechistar. Observo un compañerismo extraordinario, una voluntad de superación, un formar parte de un equipo, de un grupo. Veo a mi hijo feliz entre sus compañeros, haciendo piruetas que no sabía que podía practicar. 
A su señal, el profesor permite que los niños vayan hacia dónde están los papás, o abuelos o hermanitos que han ido a verlos, para darnos un abrazo fugaz. Yo abrazo a mi mayor con amor de madre, con orgullo y complacencia y él se deshace de mi abrazo demasiado largo para irse acto seguido con sus compañeros a continuar su trabajo en el cole, ya fuera de las instalaciones gimnásticas. Cansado y satisfecho. Cansada (¿qué tenía yo en la boca?) y satisfecha.

Al cabo de dos días, voy a ver el mismo ritual del pequeño. Su Peek Week. Su gimnasia, cumpliendo los mismos parámetros que su hermano mayor. Vuelvo a sentir el orgullo y pasión de madre que sentí dos días antes.

En las escuelas, es muy normal que se asignen días y horas para que los papás podamos contemplar el desarrollo de nuestros hijos en diferentes materias. Exposición de trabajos, semana de la ciencia, estudio de insectos, escritura de un libro... muchas de las actividades de nuestros peques se convierten en exposiciones a los que los padres acudimos solícitos, mientras ellos nos cuentan sus proezas. Los niños aprenden a hablar en público, a exponer sus ideas y lo que han encontrado en casa del señor Google, y los padres aprendemos a amarlos aún más si cabe, a descubrir lo que ellos son capaces de hacer y a admirar a esos profesores que con paciencia infinita sacan lo mejor de nuestros hijos en cada clase, en cada materia.



EL CLUB DE LAS NARICES ROJAS
Ya está aquí. Ha tardado demasiado, contra todo pronóstico, pero finalmente el frío está calando en todos los parajes de Massachusetts.
Por supuesto, como buena madre, lo que hago es convertir a mis hijos en muñecos Michelin antes de salir a la calle y enfrentarse con esas temperaturas que te hielan la sangre si pueden.
Camiseta, pantalones de deporte y ropa interior. Bueno, vale, como siempre. Y ahora todo lo demás:
- pantalones de esquí
- guantes
- gorro
- bufanda
- anorac
- botas
todo marcado, etiquetado, porque las posibilidades de perder uno de estos gadgets en la escuela son bastante elevadas.
En la maleta del cole, las zapatillas normales para correr mejor dentro del recinto escolar.
Y venga, así estamos. Mis hijos vestidos así no pueden estar mucho rato dentro de casa, puesto que les entra un sofocón, con lo cual corremos hacia el coche y, como si de muñecos inflables se tratara, les empujo para que ellos y toda la ropa entren por la puerta.

Llegamos a la escuela y aparco al lado del arcén. No muy cerca, puesto que la nieve helada ya no deja que me acerque totalmente.
Y, como yo, la mayoría de papás hemos vestido a nuestros hijos con demasiadas capas. Digo la mayoría porque algunos aún se resisten a la entrada del invierno y llegan con pantalones cortos rollo "yo hago como si del verano se tratara y por eso no siento el frío".

Las 8:20 de la mañana. Las puertas de la escuela se abren de par en par para dejar entrar a la marabunta de pequeñajos que circulan como si de un corriente sanguíneo se tratara, sabiendo con total veracidad la vía a seguir y que los llevará a su guarida, su profesor, sus libros y sus amigos. Niños y niñas ataviados de todos los estilos y de todos los colores: negro, blanco, rosa, verde, azul... con cabellos castaños, negros, rubios o pelirrojos. Con coletas, diademas, cabellos sueltos o cortados al uno. De pasos firmes, cansados, lánguidos o apresurados. Con maletas grandes o pequeñas, abultadas o vacías, con el nombre grabado o no. Hablando animadamente con los compañeros que acaban de encontrar justo ahora al cruzar la puerta o ensimismados en si mismos y sus pensamientos. Intentando no pisar a otra gente o que los otros no te pisen. Altos y bajos, delgados y gorditos, sonrientes o tristes.
Niños de todas las razas y con comportamientos variados en base a lo vivido hasta la fecha.
Todos son diferentes. En todo. En el vestir, en el hablar, en el pensar y en el sentir. Algunos comparten aficiones, otros comparten fobias.
Pero lo que todos, todos comparten un cinco de enero de 2016 a las ocho y veinte de la mañana es su nariz respingona (esa parte que las mamás no han podido cubrir con ropa de abrigo por miedo al ahogo) de color rojo.
Un color rojo que delata claramente el frío existente. Un color rojo que descubre como el cuerpo está mandando defensas en forma de sangre a la nariz para que ésta no se congele. 
Si los niños fuesen Wanpanoag (la tribu que habitaba éstas tierras antes de que los Pilgrims llegaran desde Inglaterra), y hubieran nacido este día, se llamarían con seguridad "Narices rojas". Pues claro. El club de las narices rojas. Todos, todos, miembros de este club, sin que ellos lo sepan.


PAPÁS, STAR WARS Y NIÑOS
Cuarenta años. Casi. Los que éramos niños hace la friolera de cuatro décadas ya, disfrutamos en aquel momento con la primera entrega de la saga Star Wars, o de la Guerra de las Galaxias, tal y como yo la conocía antes de llegar a Massachusetts.
Los entonces niños en aquel tiempo muy, muy lejano, alucinamos con las espadas de luces, la voz maléfica de Darth Vader, las frases del maestro Yoda, lo guapo que era Luke Skywalker, las trenzas en forma de ensaimada de la princesa Leia, el pasotismo de Han Solo, la gracia de R2D2 y la tecnología del Halcón Milenario y la Estrella de la Muerte. Todos los niños de aquel entonces coleccionamos cromos con imágenes de las películas, los niños simulaban ser Luke Skywalker y las niñas nos imaginábamos un mundo de color de rosa siendo la princesa Leia.

Pasó el tiempo, y unos veinte años después, cuando los pequeñajos de aquel entonces ya no teníamos ni acné, nuestro primer trabajo nos trajo el segundo y el tercero, y la casa de nuestros padres ya no era nuestra casa, llegó la segunda entrega de tres películas más de la Guerra de las Galaxias que pasó sin pena ni gloria por los cines de mi patria. Las esperanzas depositadas en aquella segunda entrega fueron mucho mayores de lo que realmente las películas dieron de sí. El consejo de Jedis fué incapaz de dar con una conversación inteligente y Darth Vader se pasó al lado oscuro porque se cabreó con el mundo sin saber muy bien sus razones.

Otros veinte años después, es decir, en el momento actual, se huele en el ambiente, se palpa el nerviosismo, los medios de comunicación (redes sociales, periódicos, telediarios, radios...), no paran de hablar del evento de la temporada:
¿La Navidad?
¿Hannukah?
¡Noooooooo!
¡Ya llegó otra película de la saga de Star Wars!
Y en Massachusetts, la locura ha sido total. Los niños, aprovechando un buen tiempo totalmente inusual en esta época, juegan en el parque a ser uno los personajes de Star Wars. ¿Imitan al personaje que mejor habla, el que viste a la moda, la que se rebela contra las injusticias? Pues no, evidentemente. Los niños son alguien que podría salir en la película. No tiene nombre, ni se sabe si es bueno o malo, lo que seguro que si tiene es una espada imaginaria que lo corta todo, todo. 
Observo a mis peques correteando por el parque, persiguiendo y siendo perseguidos por sus amigotes. Todos con un brazo en alto, como si acarrearan una espada con la que pretenden dar caza a su enemigo. Al llegar cerca de otro de los niños, todos repiten el mismo ritual: moviendo la espada imaginaria de un lado para otro, susurran: "Zzzzzzzzzzzzz" (ruido de la espada de Star Wars por excelencia). Traducido, los niños cortan una parte del pobre amigote que en el juego es su enemigo gracias a la espada milagrosa. 
Yo, horrorizada, no consigo articular palabra. Debo admitir que mis peques parece que se lo pasan en grande simulando ser héroes de la Guerra de las Galaxias
¿Y qué es lo que saben los niños de hoy de estas películas? Antes de su estreno actual, unos papás emocionados ya habían conseguido mostrar a sus hijos la primera entrega de la Guerra de las Galaxias porque tenían en su poder la edición remasterizada de esta serie que tanto significó para su infancia. Admitámoslo. A los niños les gustaron las películas, pero no tanto como a sus padres que, emocionados y con lágrimas en los ojos, recordaban como Darth Vader le decía a Luke que él era su padre. Admitamos también que es al padre de hoy y niño de ayer a quien le interesa arrastrar a sus hijos al cine a ver el estreno en primicia. Y ya para acabar, reconozcamos que los hijos, por eso de llevar la contraria a sus padres, no tienen ninguna prisa en ver una película que ellos ya han representado montones de veces en el patio de la escuela con sus amigos. ¿Quien es el bueno y quien el malo? Importa poco. Lo necesario es tener la imaginación para blandir una espada imaginaria que descargas con tu adversario. ¿Salvar la Galaxia?¿Salir o entrar en el lado oscuro?¿Que la fuerza te acompañe? Eso es cosa de los papás, que se enrollan contando un argumento sin demasiado interés, mientras los peques se interesan única y exclusivamente por una espada de lucecitas de color.
¿Qué sucederá dentro de cuarenta años? A saber. De momento, a disfrutar con esta tercera entrega, con o sin niños, y que la fuerza nos acompañe.



LA TRITURADORA
Mi secreto mejor guardado hasta la fecha: la trituradora es ese objeto escondido dentro del fregadero que me da pavor.
Si, PAVOR, MIEDO TERRIBLE con mayúsculas.

Pongámonos en situación:
- Acabamos la comida.
- Pido a mis dos churumbeles que quiten sus platos de la mesa.
- Pido otra vez a mis niños queridos que quiten por favor los platos de la mesa.
- Grito a mis hijos amados que saquen ya de una vez sus platos de la mesa.
- Una vez conseguida la tarea más ardua, llega el momento esperado por cualquier mujer: ponerse delante del fregadero a lavar los platos.
- Intento poner dentro del lavavajillas todo lo que encuentro en el fregadero. Todo. Apilado.
- Llega mi amantísimo marido y racionaliza lo que he puesto dentro del lavavajillas para un óptimo lavado.
- Oséase, que devuelve al fregadero la mitad de los cachivaches que debo fregar si o sí, sin excusas.
- Friego la maldita cazuela, vasos y algún plato que debía haberse quedado dentro de la máquina de lavar.
- Los pongo en el escurreplatos.
- Y doy al botón de encender la trituradora.
- La trituradora empieza a funcionar, segura de su potencia y de su dominio.
- Yo hago como que no la oigo y paso el paño por las superficies de la cocina, para que queden limpias del todo.
- La trituradora hace como un sonido más alto de lo normal: CCCHHHHHRRRRRRSSSSSTTTTTT!
- Paro enseguida la trituradora.
- Al cabo de cinco minutos (cinco), pongo la mano en la cueva oscura que es la casa de la trituradora, con miedo irracional a que me corte la mano de un tajo en cualquier momento.
- Entre sus cuchillas (paradas), saco aquel estropajo que me iba francamente bien para quitar suciedades de las superficies metálicas. 
- El estropajo ya nunca volverá a ser el mismo.
- Saco el trozo más grande.
- Seguidamente los millares de trocitos pequeñitos que han quedado entre las puntas de las cuchillas de la trituradora.
- Los tiro a la basura, mezclados con trozos de judías que habían ido a parar al mismo sitio: ¡dentro de la trituradora asesina!
- Imagino lo que piensa esa máquina sin corazón: "¡Venga, a ver quién es el guapo que se atreve conmigo!"

Si, aquí en Massachusetts, las trituradoras dentro de los fregaderos son objetos normales en cualquier cocina. Nadie siente el miedo que siento yo cuando funcionan. Todo el mundo piensa que es muy cómodo que esas máquinas trituren parte de la comida que ha quedado entre los utensilios de cocina, para que los humanos no tengamos que recogerlos y tirarlos a la basura.
Pero yo sé que esa máquina escondida, repleta de cuchillas que dan vueltas y vueltas para triturar todo lo que encuentran a su paso, es peligrosa, muy peligrosa. Y ella sabe que yo lo sé. Y yo sé que ella sabe que yo lo sé. 
Como en toda buena película de ciencia ficción, es otra vez la misma historia del hombre contra la máquina. ¿quién ganará la partida?




BLACK FRIDAY ES LOCOS POR LAS COMPRAS
Y después del Thanksgiving, nos levantamos con la barriga aún llena y nos disponemos a irnos de compras para aprovechar las suculentas ofertas que nos ofrece el Black Friday (viernes negro).

En Estados Unidos es muy fácil comprar. Recibes multitud de ofertas via correo electrónico, correo ordinario, via anuncios en la televisión o en pancartas situadas estratégicamente al lado de las carreteras. 
Te bombardean con ofertas del 20, 30 e incluso 50% de descuento, si compras ese producto imprescindible (aunque tu no sepas ni qué es ni para qué sirve) mañana o pasado mañana. Es AHORA cuando está en oferta, aprovecha, porqué el mes próximo ya estará al precio normal.
Y claro, tu no quieres ser el tonto del universo que se queda sin ese aparato extraordinario (aunque continues sin saber ni qué es ni para qué sirve) a mitad de precio, casi regalado.
¿Que lo recibes en casa y no te convence? No pasa nada, lo devuelves y la tienda te devuelve el dinero, ya sea en metálico o ingresándotelo en tu tarjeta de crédito. Pues venga, así cualquiera, a comprar se ha dicho.
En Massachusetts siempre hay ofertas en las tiendas. Siempre. Con lo cual sales del establecimiento habiendo comprado artículos que no necesitabas pero aún así contento porque has ahorrado un montón de dinero al aprovechar la oferta.

El apogeo de estas compras es lo que se llama Black Friday. Aquí es cuando todos nos volvemos locos por las compras. Las ofertas de ese día no son mucho mejores que otros días, pero los anuncios de todo tipo hacen que pensemos que somos más listos si compramos ese viernes, puesto que aprovechamos unos precios extraordinarios. 
Y venga, nos encontramos todos en las tiendas y cuando vemos un producto en oferta, corremos a por él aunque antes no nos hayamos planteado realmente su necesidad en nuestra casa.
Y así, con la casa llena de cachivaches y la cuenta corriente vacía, los americanos y los americanizados vamos pasando los días, contentos pero con un algo en la cabeza o en el corazón que te indica que quizás, sólo quizás, no deberías comprar tanto.



THANKGIVING ES FAMILIA
Podría parecer que Thanksgiving es una fiesta en la que todo el mundo come turkey (pavo), y muchas cosas que acompañan al pobre pavo, como patatas hervidas, crema de espinacas, revuelto de pan con legumbres y mermelada de frutos rojos. Y que se acaba con unos postres también suculentos, como tarta de nueces, tarta de frutos secos, brownies y pastel de manzana, regado con helado de distintos sabores. 
Y así es. Thanksgiving es eso.

Podría parecer que Thanksgiving es una conmemoración de la historia de los primeros Pilgrims que poblaron Massachusetts. Aquellos 102 Pilgrims que surcaron el Atlántico a bordo del Mayflower y que después de un viaje horrendo desembarcaron en Plymouth y no en New York tal como habían acordado con el gobierno de Londres. Aquellos pobres Pilgrims que llegaron en septiembre a Massachusetts y que pasaron el peor invierno de sus vidas debido a las duras condiciones climatológicas. Los 47 Pilgrims que quedaron fueron los primeros pobladores europeos de la zona y, con la ayuda de los Wannapog, la tribu local, aprendieron a cultivar, cazar y pescar para su supervivencia. Cuenta la leyenda (o la historia) que estos Pilgrims, agradecidos, después de su primera cosecha invitaron a las tribus de la zona y compartieron mesa y comida.
Si, Thanksgiving también es eso.

Pero lo más importante de Thanksgiving es la familia. La hija que viaja miles de millas para celebrar el Thanksgiving en casa de sus padres. La abuela que ayuda a su hija a preparar la cena. El tío, la tía y la sobrina que preparan unas verduras para acompañar el pavo. El padre que revolotea alrededor de su mujer para ser lo más útil posible. La madre que lo organiza todo para que la cena sea un festín familiar, en el que todo el mundo expresa su opinión, donde la candidez está servida y donde las bandejas cargadas de manjares pasan de una mano a otra para que, una vez llenos los platos, el pavo y sus acompañantes acaben en unas panzas llenas de júbilo. Júbilo por degustar un pavo que ha pasado unas cuantas horas en el horno. Pero júbilo sobretodo porqué se había reunido la familia alrededor de la mesa para celebrar... que son familia.
Si, Thanksgiving, sobretodo, es esto. Thanksgiving es familia.



GIRO A LA DERECHA
No me gusta conducir. No tengo ni idea de orientación (cada año pido un poco de orientación a los Reyes Magos, pero éstos siempre se olvidan de traerme ni el más mínimo vestigio) y acostumbro a perderme muy fácilmente, incluso con el GPS al lado que, con paciencia infinita, me va diciendo "por favor, gire a la izquierda ahora... gire a la izquierda ahora... cuando pueda, realize un cambio de sentido....".

Además del GPS, tengo otros amigos cuando voy conduciendo por las calles de Boston. Muchos de los otros conductores me saludan pitando la bocina y, cuando me giro para ver sus caras, éstos me miran con cara de pocos amigos y parece que me gritan, haciendo aspavientos con las manos.

Si, esto de conducir no es lo mío, pero vivir en Massachusetts sin coche es tarea harto imposible. Vivir en el centro de Boston o en poblaciones cercanas como Cambridge sin coche tiene sentido. Hay transporte público y muchos establecimientos al lado de las casas. Pero si ya nos situamos sólo cinco o diez minutos más allá de la urbe, el paisaje cambia completamente. Hileras e hileras de calles, con árboles en las aceras y casas una al lado de otra, todas con su pequeño jardín. Los supermercados quedan demasiado lejos caminando como para que pueda hacerse la compra sin cargarte la espalda. Las distancias son largas a pie y cortísimas en coche, con lo cual, me veo obligada a usar el coche. ¡Qué le vamos a hacer!

Hay una cosa que me sorprendió infinito al poco de llegar aquí:
el giro a la derecha estando el semáforo en rojo.
Aquí las normas se siguen estrictamente. Los americanos no entienden que algunas reglas no son para ser cumplidas. Las normas se siguen sin dudarlo, claro está.
De ahí mi asombro el primer día que observé el siguiente hecho inquietante:

- estaba parada yo en el semáforo.
- El semáforo estaba en rojo rojísimo.
- Tenía delante mío un coche también parado y...
- El coche realiza un giro a la derecha ¡¡¡¡estando aún el semáforo en rojo!!!!!!
¡Madre del amor hermoso!¡No daba crédito a lo que mis ojos podían ver!¡Un americano saltándose una de las normas básicas de la conducción internacional que, además, brilla por su simplicidad: ¡NUNCA DEBE SALTARSE UN SEMÁFORO EN ROJO!!

Miré derecha e izquierda, esperando encontrar un coche de la policía que persiguiera al infractor, tipo películas hollywoodenses, con sirena y manillas incluidas durante el proceso de la persecución. Pero nada. No había policías y nadie pareció darse cuenta de la gravedad de la infracción.
Para mis adentros pensé que los americanos también eran un poco pillos y que también gustaban saltarse las normas de vez en cuando, aunque ello supusiera un peligro para él y  para los demás coches.
Y así sin más, al ponerse el semáforo en verde, yo realizé adecuadamente el giro a la derecha.

Al cabo de pocos días, observé la misma situación en otro semáforo: ¡el coche de delante mío acababa de girar a la derecha en rojo al igual que el coche que él tenía delante!
¡Pero que bestias que son!¡Podrían saltarse otras normas y no las de circulación!

Al tercer día, estaba con una amiga mía dentro de su coche. Charlábamos animadamente mientras ella conducía. Y de repente, sin más, va y realiza un giro a la derecha con el ¡¡¡¡semáforo en rojo!!!!
Intenté quitarle hierro al asunto y hacer una bromita al respecto:
"Caramba, veo que ésta es la única norma que no siguien los americanos a rajatabla!"
Ella, sin perder de vista la carretera, me pregunta que de qué norma estoy hablando.
A lo que yo le digo:
"A pasarse el semáforo en rojo al girar a la derecha, claro está!"
Y ella, sonriendo y en tono condescendiente, me dice que no ha hecho caso omiso de ninguna norma. Que aquí, en Norteamérica, está superaceptado que los coches giren a la derecha estando el semáforo en rojo, siempre que cedan el paso o que no haya un cartel que lo prohiba explícitamente.

¡Valeeeeeeeeee!¡Entendidoooooo!

Y es que ser nuevo en un país provoca algún que otro malentendido, y este a mi me daba muy mala espina, que diría mi abuela.
Pues si, cada lugar tiene unas normas que otros lugares no tienen porqué seguir, y lo que está aceptado en un sitio no tiene porqué ser aceptado en otro.
¡Gages de la expatriación!¡Siempre aprendiendo!

(debo reconocer que me cuesta acostumbrarme a esta norma, y que siempre que realizo un giro a la derecha con semáforo en rojo me da un poco de miedo que no hayan cambiado la norma de la noche a la mañana y no venga un policía a detenerme).



PISANDO FUERTE
Al regresar a Massachusetts después de nuestras vacaciones estivales, los árboles que rodean nuestro vecindario irradiaban un verde intenso. Las hojas, frondosas, aleteaban al ritmo del viento y dejaban pasar los rayos del sol que iluminaban nuestras caras y nuestros corazones.

A mediados de septiembre, la madre naturaleza nos regaló un destello de calidez en forma de hojas de todos los colores, desde el verde al morado, pasando por el amarillo, el naranja y el rojo intenso. Estos días, pude contemplar asombrada los cambios en los árboles, y las tonalidades eran realmente magníficas y dignas de ver. Parecía como si la naturaleza quisiera competir, arrogante, con la exposición de cuadros más importante del mundo. Y conseguía que todos nos fijáramos en ella.

Después de unos días contemplando esta obra, empezaron a caer las hojas de los árboles. Sin prisa, lentamente, como si estuvieran danzando un vals. Derecha, izquierda, arriba, abajo... El príncipe, encarnado por el viento, mecía a las princesas hojas, que, coquetas, se dejaban llevar hasta llegar al suelo, donde reposaban unas en compañía de las otras. Y así, sin prisa pero sin pausa, pronto se formó una manta de hojas de colores a cada cual más impresionante en el suelo que estamos acostumbrados cada día a pisar.
Cada día, yendo o viniendo de la escuela, mis hijos pisaban las hojas, jugando con ellas, recogiendo algunas, sumergiéndose en su frondosidad o cogiendo tantas como puedan abarcar para tirarlas por encima de sus cabezas (o de mi espalda) al cabo de un segundo.

Y con el paso de los días, las hojas que yacen en el suelo van cambiando su forma y su textura. Y con estos cambios, escuchamos unos ruidos muy distintos cuando caminamos y pisamos las hojas que encontramos por el camino.

FLUSHHH FLUSHHH FLUSHHH
Este es el primer ruidito que escuché cuando mis hijos, encantados, se metían en los montones de hojas esparcidas por la calle y las chutaban para que las pobrecitas se levantaran e hicieran graciosas piruetas para acabar otra vez por el suelo. Mis niños encantados de poder jugar con las hojas. Algunas veces (muchas menos veces que con el chute), los niños querían observarlas de cerca. Cogían delicadamente alguna hoja del suelo y contemplaban su forma y sus colores, que en la época de este ruido eran magníficos tonos de rojo y sus variaciones. Incluso nos atrevimos a coger unas cuantas para que nos sirvieran de puntos de libro. Reconozco que desde hace semanas están sepultadas bajo libros pesados, envueltas en papel de periódico, para secarse y tener unos puntos chulos. Secas, lo que se dice secas, están.

CROC CROC CROC
Al cabo de unos días, el hecho de estar en el suelo cambió a las hojas totalmente, en textura y en color. Y como no, en ruido. Las hojas, secas, crujían bajo nuestros pies y se rompían. Y de esta forma las hojas rotas compusieron un mosaico entre marrón y anaranjado que cubrió el suelo por donde pisamos. Si, las pobres hojas perdieron pronto su esplendor, dejaron de brillar y su coloración se fue apagando. Además, nuestras pisadas junto con las de nuestros vecinos hicieron estragos y era difícil vislumbrar una hoja que mantuviera toda su forma original.

XOP XOP XOP
Y llovió. Noche y día. Y lo que había sido bonitas hojas en una vida anterior, se mezcló con el agua de la lluvia. Y los niños, entretenidos, pisaban con sus botas de agua a unas ya maltrechas hojas que si pudieran hablar nos dirían "¡por favor, dejadnos descansar tranquilas!". La lluvia devolvió parte del brillo en las hojas, las gotas que reposaban en ellas les devolvieron un poco del ánimo perdido en días anteriores. Pero yo como mamá sufría al comprobar lo fácil que era caer de bruces por el suelo, con estas hojas mojadas esparcidas por doquier.

BRRRRMMMMM BRRRRRMMMMM
Y llegaron los vecinos y los jardineros con máquinas quitahojas. Máquinas que desprenden aire y retiran las hojas hacia un lado donde el vecino, o el jardinero, las recoge y llena camiones que rebosan hojas hasta la cima. 
Así pues, nos despedimos de montones de hojas. Adiós, adiós, se van las hojas que han decorado los árboles del vecindario durante los meses de primavera y verano. Otras muchas que arrogantes aguantaron en los árboles más tiempo que sus hermanas pronto seguirán la misma ruta incierta.
Y con el despido de las hojas, damos la bienvenida al frío y, supongo, que a la nieve.

Si, Massachusetts se cubre con un sinfín de mantos, a cada cual más especial.




NUESTRO PRIMER HALLOWEEN
Sábado por la mañana. Roncando plácidamente hasta que llega a nuestra cama un grito estremecedor: "¡Hoy es Halloween!¡Hoy es Halloween!".
Pues si, ha llegado el día más esperado por nuestros peques (evidentemente, los que nos han despertado del país de los sueños antes de que suene el despertador): ¡Nuestro primer Halloween en tierras americanas!

No, no ha sido ninguna sorpresa. Hace muchas semanas, los estantes de cualquier tienda que se precie un poco ya estaban repletos de color naranja, de calabazas, verdaderas o falsas, de muñecos horrendos, de telarañas, arañas peludas, esqueletos, guadañas y todo lo que os podáis imaginar para que la fiesta no decaiga. Supermercados, tiendas de craft, librerías, tiendas de ropa... todas tenían en común ese deseo nada oculto de Halloween a la vuelta de la esquina.
En la escuela, los niños decoraban calabazas en forma de cabeza de personaje famoso. Dando una vuelta por la clase de mi hijo mayor, descubrí calabazas representado la cabeza de Steve Jobs, Abraham Lincoln, Stephen Hawking, Roald Dahl o Sally Ride (todos ellos con su biografía al lado, puesto que sin ella me habría costado bastante identificar a algunos). En la clase de mi hijo menor, los deberes semanales consistían en fabricar un monstruo y describirlo (debo aclarar que algunos padres dedicaron bastantes horas a la fabricación de un monstruo monísimo).
Muchísimas casas del vecindario han decorado su entrada principal con telarañas, zombies, esqueletos colgantes, féretros y lápidas.
Preparación, preparación y preparación, para llegar con ánimos a la fecha señalada.

Para calentar motores, la semana pasada acudimos a una casa encantada (Haunted house), de la que salimos al cabo de diez segundos cuando contemplé la cara de horror de mi pequeño al observar a niños no mucho más mayores, actuando, corriendo y gritando a pleno pulmón "Help!", con maquillaje simulando sangre por toda la cara.

Si, llegó el día. Después de un trozo de pizza en buena compañía, empezamos a caminar con más papás y muchos niños. Los peques, todos disfrazados (de esqueleto, de guerrero de la guerra de las galaxias, de ninja, de vaquero, de princesa o de mariposa), empiezan a correr, agarrando su bolsa vacía, hacia la primera casa que ven. Llaman a la puerta. Sale una viejecita simpática con una caja en forma de calabaza llena de caramelos, y deja pacientemente que cada niño coja uno. Y ellos empiezan a llenar su bolsa, ya no está vacía. Siguiente casa. Un hombre mayor vuelve a ofrecerles caramelos. Y en la siguiente, una adolescente les entrega chocolatinas. La casa de al lado parece una discoteca, con luces de colores parpadeando alrededor. Su dueña está envuelta en un traje plateado y ofrece algodón de azúcar a los pequeños, que lo cogen asombrados. Elvis tampoco está muerto esta noche y, micrófono en mano, les dice a los niños que pueden coger caramelos. Una mujer mayor entrega caramelos a los niños y llama a la puerta de su vecina, para que también les entregue alguna cosa. Y así, siguiendo a nuestros peques, vamos caminando por el barrio. Las casas que están decoradas con motivos de Halloween desde hace ya varios días, parecen mucho más fantasmagóricas esta noche. Cantidad de telarañas gigantes envuelven los arbustos y los pequeños árboles de las entradas; los esqueletos cuelgan de las puertas, hay arañas gigantes moviéndose por el jardín, calabazas iluminadas por doquier y la noche les impregna de un aire lúdico-terrorífico.

Al cabo de hora y media, la bolsa de los churumbeles pesa demasiado e incluso ellos están cansados de tanto "Trick or treat". Los papás, que corremos detrás de ellos pidiendo que den las gracias a todos los vecinos entrega-caramelos, estamos más que contentos (aunque intentamos ocultarlo a ojos de nuestros hijos) cuando escuchamos a un pequeñajo que dice: "estoy cansado, quiero irme a casa!". ¡Bien! Los niños, cansados y dóciles por este motivo, dejan que los papás los llevemos a casa. Abrimos la puerta y allí mismo, mis pequeños vacían todo el contenido de la bolsa. Montones de chucherías, caramelos, chocolatinas, pequeños juguetitos, llenan nuestra entrada. Es hora de que nuestros hijos coman un poco de todos los tesoros que han acumulado sin mucho esfuerzo en hora y media de salir por el barrio. 
Si, habiendo comido demasiado poco para el gusto de los niños y de los dentistas (definición de dentista: dícese de las personas que se frotan las manos el día de Halloween pensando en las caries que van a curar) y demasiado para el gusto de los papás, nos vamos a la cama.


¡Nuestro primer Halloween superado!¡Otra experiencia típicamente americana, que yo sólo conocía a través de la película "ET el extraterrestre" y de la serie "Modern Family"!¡Expectativas cumplidas!



MI SONRISA DE MONA LISA
Uno de los cuadros mundialmente conocidos es la Mona Lisa, que actualmente ocupa una sala del museo del Louvre, en Paris. Se dice que entre muchos otros factores, esta pequeña pintura es tan famosa por la enigmática sonrisa de la mujer que pintó Leonardo da Vinci hace ya más de quinientos años.

Al llegar a Massachusetts, observé aturdida que la gente me sonreía por la calle. Sin conocerles absolutamente de nada, la gente que se cruzaba en mi camino me miraba y esgrimía una medio sonrisa para saludarme. Incluso algunos me decían "Hola." (Bueno, en realidad "Hi").
Yo, acostumbrada a que por las calles la gente ni se mira, que no se saluda si no eres un conocido de toda la vida, que va a su aire sin importarle quien anda alrededor, me quedé patidifusa mientras caminaba por distintos rincones de Massachusetts. Cuando la gente pasa por mi lado, ¡me sonríe! Si, si, la mujer que pasea el perro a -20ºC de temperatura, el hombre que limpia de nieve o de hojas la entrada de su casa, la viejecita que da tranquilamente un paseo, el papá que sale de la escuela cuando acaba de dejar a sus hijos... la mayoría de la gente que encuentro por el camino, me saluda (aunque excluyo de este hecho a niños y adolescentes). Considero el hecho de saludar a desconocidos al menos con una sonrisa un hecho extraordinario, dado mi bagaje cultural. 

Al cabo de poco tiempo descubrí efectivamente que las sonrisas de la gente no iban más allá, sencillamente eran un mecanismo cultural muy interiorizado asociado a la buena educación. Al encontrarme a mamás a la salida de la escuela de mis niños, algunas incluso me saludaban tan efusivamente con un "HOOOOOLAAAAAAA!!!!!!!!¿CÓMO ESTÁSSSSSSSSS?" en un tono tan alto de alegría, que pensaba que yo sería amiga íntima de gran parte de las mamás de cole. Descubrí (no sin alivio) que ese saludo era en realidad un "Hola que tal, te saludo porque es de buena educación pero no para que me contestes puesto que tengo prisa y voy a recoger a mis niños para llevarlos a actividades extraescolares y en realidad no me importa como estás". Así pues, puedo decir que conozco a un montón de vecinos, que la mayoría son simpatiquísimos cuando se cruzan contigo en la calle, aunque nuestras conversaciones nunca van más allá del "HOOOLAAAA ¿QUÉ TAL????" y "BIÉEEEENNNNNNN, GRACIASSS".

Debo reconocer que he adoptado esta costumbre ¿Americana?¿de Massachusetts? y voy por la calle siempre con mi medio sonrisa de Mona Lisa, puesto que nunca sé si me encontraré a un vecino al que debo saludar. Y camino sonriendo, y la gente me sonríe. Si, vale, nunca seré amiga íntima del 99,9999999% de la gente que me sonríe, pero aún así me da gustirrinín observar en sus caras un poco de alegría, aunque sea totalmente fingida.




BARBIE MAMÁ
A la salida de la escuela, cinco minutos antes de acabar las clases, las mamás se reúnen para comentar que su peque está resfriado o que han encontrado una ganga en Marshals, mientras esperan pacientemente a que abran las puertas del colegio y salga la marabunta.

Yo soy de las mamás que llega tarde, corriendo con la lengua fuera, saluda al crossing guard a toda prisa, se da cuenta de que hoy tampoco se ha maquillado y de que debe ejercitar un poco más esos músculos para controlar los michelines incipientes que se van reuniendo cada vez con más precisión alrededor de la cintura.
Soy de las mamás que saluda (o no) a las otras mamás que tropiezan con ella, pendientes todas de que nuestros pequeñines nos vean y sin demasiado entusiasmo, nos den un beso casi imperceptible y nos pidan un helado o que nos quedemos en al parque a jugar.

El otro día, contemplando esta situación que se repite cada día de lunes a viernes, tuve la certeza de que:

No soy una Barbie mamá.

Dicho lo cual, paso a la definición de la Barbie mamá:

la Barbie mamá luce un pelo largo y liso, es rubia (natural o teñida, da igual) y siempre, siempre, lleva el pelo como si hubiera salido en ese instante de la peluquería.
La Barbie mamá lleva una sonrisa perenne incorporada a su boca. Nunca deja de sonreír.
La Barbie mamá tiene una cintura de avispa aún después de los cinco embarazos que le han dado cuatro varones y la benjamina de la familia.
Va bien vestida y sin manchas. Camina grácilmente mientras carga una o dos maletas de sus pequeños sin demasiado interés.
Tiene alrededor una corte de otras Barbie mamás aunque algunas no son ni tan rubias, ni tienen el pelo tan largo ni bien acicalado. 
Su mundo a la salida del cole son las otras Barbie mamás; con ellas define estrategias para comprar el mejor regalo para las profesoras de sus churumbeles; y con ellas critica a las otras mamás ojerosas, no tan risueñas, con el pelo corto y con canas, con esos michelines de más y que no llevan la ropa tan conjuntada como lo suya. 
La Barbie mamá no se fija excesivamente en sus hijos durante el rato de columpios que todos compartimos con ilusión (la ilusión en los columpios es la ironía más grande que hasta ahora he escrito). 
La Barbie mamá continúa compartiendo confidencias con las otras Barbie mamás, mientras sus hijos se tiran de los pelos, discuten, se pegan y dan brincos delante de ellas, sin que sus mamás consigan verlos por muy cerca que estén.
Al acabar el rato políticamente correcto de desahogo de sus hijos, la Barbie mamá pegará un gritito para reunir a los cinco vástagos que, sucios y desaliñados, correrán detrás suyo con mayor o menor apremio.
Y así, como una mamá pato pero eso si, con ropa de marca, la Barbie mamá desfilará cual modelo en pasarela, saludando con la mano a sus compañeras de desvelos y con una sonrisa perenne a los demás mortales que seguimos sus pasos con envidia y tesón, segundos antes de gritar a pleno pulmón a nuestros hijos, puesto que están encaramados en la rama en la que les habíamos prohibido subir hace apenas unos instantes.

La Barbie mamá de Massachusetts se diferencia del resto de Barbie mamás del mundo por su atuendo: no viste con ropa de ejecutiva agresiva, ni de ama de casa con falda plisada. La de Massachusetts viste ropa de deporte de la última temporada, con colores vivos y ceñida al cuerpo, para demostrarse a ella y al mundo que en esta vida, merece la pena cuidar un cuerpo diez que no cambia ni con embarazos seguidos, ni con comida hipocalórica.

¡¡¡¡Quiero ser una Barbie mamá!!!!!!
¿¿¿¿Quiero ser una Barbie mamá????



EMERGENCIAS EN MASSACHUSETTS
Mi peque se encontraba mal. Le dolía la barriga. Una visita al baño y vuelta a la cama. Al cabo de un rato, volvía a dolerle la barriga. Vómitos y diarrea. Esperamos un rato y vuelta a vómitos y diarrea.
Sábado de madrugada. Teléfono del pediatra cerrado.
Pues venga, estrenaremos servicio de emergencias de Massachusetts.

Aparcamos el coche cerca de la puerta principal de emergencias, y me dirijo con mi peque en brazos a recepción. Después de tomarnos los datos típicos (fecha de nacimiento, nombre, seguro médico al cual estamos adscritos...) y de ponerle al niño un brazalete con sus datos, esperamos en la sala de espera.
Al cabo de poco, una enfermera nos atiende. Es la enfermera la que decidirá si nuestro caso es urgente o puede esperar. Toma temperatura y presión, nos pregunta porqué estamos allí y nos devuelve a la sala.
Al cabo de muy poco, nos llama otra enfermera y nos conduce hacia una amplia sala donde los médicos y enfermeras tienen en el centro su base de operaciones y la pared del fondo está compartimentada en varios cubículos. Entramos en un cubículo. Mi peque se echa en la camilla que hay al fondo de la pequeña habitación y yo me siento en la silla de al lado. Y esperamos.

Llega otra enfermera que nos pregunta el porqué de nuestra visita a urgencias. Toma nota de todos los datos que yo le voy dando (espero que no de todos, puesto que como madre, la sobreinformación es una de mis "virtudes" y debo reconocer que no todo lo que cuento es vital para saber el estado actual de mi churumbel). Con una sonrisa y la libreta llena de los datos que ella ha considerado imprescindibles, dice que ahora vendrá una médico en prácticas para la revisión.
Y llega la médico en prácticas. Es joven, voluntariosa y sus preguntas son educadas y con fundamento. Con una sonrisa parecida a la de la enfermera anterior y unos apuntes en su libreta, nos deja para decirnos que ahora vendrá el doctor.
Llega un doctor (de muy buen ver, porqué ocultarlo) y que enseguida se mete a mi hijo en el bolsillo por las bromas que suelta y su empatía con los Patriots. Mi hijo responde con si o no a sus preguntas, aunque cada vez está más risueño. Abre la boca, dice "Aaaaaaa", deja que el simpático doctor eche un vistazo a sus orejas y que le palpe la barriga. No hay dolor.

El doctor nos receta unas pastillas por si mi hijo siente náuseas o hay diarrea otra vez. Esperamos otro rato en el cubículo. Mientras, llega una de las primeras enfermeras (ya no recuerdo si es la número uno, la dos o la tres), le da una de las pastillas que le ha recetado el doctor simpatía y le pregunta a mi hijo de qué color quiere un Popsicle. ¿Saben lo que es un Popsicle? un polo, un helado, vaya, un trozo de hielo con azúcar y que puede ser de colores diversos. Mi hijo escoge el color verde y al cabo de medio minuto aparece de nuevo la enfermera con el Popsicle de color verde que el niño empieza a lamer sin dilación mientras yo intento encajarme de nuevo la mandíbula.
Durante el encaje mandibular, comprendo que el Popsicle es una mezcla de agua con azúcar, dos ingredientes que el niño ha perdido en las últimas horas, con lo cual entiendo (un poco) que este sea el remedio americano contra el dolor de barriga.

Firmo papeles y papeles conforme estoy de acuerdo con el procedimiento aplicado, y una pastilla, un Popsicle y una hora después de nuestra llegada, salimos a la calle con la receta en la mano, con menos dolor de barriga con el que hemos entrado y con un grado de estupor en mi cara al comprobar que ciertamente, un helado es la curación de muchos males.

Lo peor de esta visita a urgencias fue al cabo de unos días, al recibir la factura. Aquí si, tardé bastante más en ponerme bien la mandíbula.



MUSEO DE LA CIENCIA Y PAPÁS TIPO
El Museo de Ciencia (Science Museum) de Boston es perfecto para los niños.
Espacios grandes y pequeños repletos de experimentos, dispuestos a ser tocados, analizados o golpeados por niños y mayores, que van cambiando de actividad a cada cual más interesante. Conferencias o demostraciones en todo el recinto; exposiciones temporales que profundizan sobre temas actuales e interesantes; asistentes que te ayudan o que avivan tu imaginación.
Además, el tiempo frío de New England te invita a que puedas pasar mucho tiempo en recintos cerrados. Y si son recintos en que los niños aprenden disfrutando, es lo más que se puede desear.

Aunque siempre me sorprende la temprana edad en que muchos de los churumbeles empiezan a desenvolverse por las salas del Museo. Niños muy pequeñitos, incluso algunos aprendiendo a caminar, dan sus primeros pasos, literalmente, en el Museo. Parejas jóvenes, multiculturales, seguramente del entorno del MIT o de Harvard, que quieren que sus niños sientan pasión por la ciencia ya desde pequeños pequeñitos.

Uno de los apartados donde los niños pueden poner en práctica su imaginación es en una esquina de la sala principal. Cada día, en este espacio, se plantea un nuevo reto que los peques deben afrontar:
usando pequeño material como palos de madera, tapones de plástico, gomas elasticas y demás objetos cotidianos, se propone construir algo (una construcción lo más alta posible, unas pinzas para coger muñequitos...). Al final del reto, unos ayudantes del Museo valoran mediante pruebas cuantitativas la veracidad de lo que se ha construido. Normalmente, participan en este reto niños entre 6 y 12 años... y alguien mayor, mucho mayor. Porque aquí es un escenario perfecto para descubrir los tipos de papás existentes.

Mientras que las mamás corren por la sala persiguiendo a sus bebitos, o leyendo mensajes de móbil, o sentadas mirando al infinito, los papás toman diferentes posiciones en relación con el experimento que debe afrontar su hijo. Distinguimos diversas clases de papás:

Papás experimentalmente inactivos
Mientras su hijo intenta o no, con mayor o menor atención, fabricar alguna cosa con el material, el papá inactivo aprovecha para ir al baño, para dar una vuelta por el recinto o para consultar el estado de la bolsa a través del móbil. Buscará a su hijo al cabo de un rato y contemplará su obra sin demasiada atención.

Papás experimentalmente ayudantes
Serán la sombra de sus hijos o, más aún, la sombra habladora que les susurrará o gritará (según el caso) a sus hijos lo que deben o no deben hacer y el material que pueden o no utilizar. Les darán ánimos y, cuando el hijo ya esté harto de la intromisión paterna, intentará ser menos explícito aunque no podrá.

Papás experimentalmente hacedores
En este caso, ya directamente, son los papás los que toman las riendas del experimento en cuestión. Cogen ellos el material e intentan darle la mejor forma posible para que su construcción sea de las mejores de toda la sala. Mientras está realizando el trabajo (destinado previamente a su hijo), el papá-experimentalmente-hacedor intentará que su hijo le preste atención: "Mira, hijo, debe ponerse así y así esta pieza, para que no caiga y...". Mientras, el hijo, que no es tonto y está hasta las narices de la intromisión de su padre, pondrá cara de boniato pero no intentará participar, puesto que sabe que su padre le corregiría contínuamente.
La madre del niño y el niño intercambiaran miradas. La madre, condescendiente, diciéndole al hijo con la mirada: "Hijo, ten paciencia, papá quiere ayudarte y no sabe que te está estorbando. No se lo tengas en cuenta." El hijo, cansado, diciéndole a la madre con la mirada: "¡Me aburro!"

Y así, circulando de sala en sala, parándose en unas si y otras no, las familias pasan un día entretenido y desestresante (para algunos más que para otros).




LA ROPA DE LOS NIÑOS
Soy clasicona. Me encanta el siguiente tipo de ropa para mis niños: camisas blancas y azul celeste, cuellos mao con los dos últimos botones desabrochados. Tejanos y pantalones de cuadritos pequeñitos. Zapatillas Converse. Chaquetas azul marino.

Y así los vestía yo, hasta que llegamos a Massachusetts. Los primeros días después de nuestro desembarco, opté por mi ropa preferida. Aunque el resto de niños vestían diferente de los míos, yo me hacía la loca y continuaba con mis gustos particulares por encima de los gustos que mis peques ya estaban empezando a experimentar, básicamente porque el resto de los niños de su alrededor llevaba un tipo de ropa diametralmente opuesta a la suya.
Yo continué con mis trece hasta que me rendí a la evidencia: 

nadar contracorriente en un paraje desconocido es contraproducente.

Y si, renunciando a mis principios, empecé a comprarles la ropa que ellos querían, puesto que todos sus amigos la usaban:

las camisas blancas y azul celeste con cuello mao dejaron paso a las camisetas de múltiples colores o de algún equipo deportivo de Boston.

Los tejanos o pantalones de cuadritos pequeños dejaron paso a pantalones de chándal de color negro o muy oscuro con rayas blancas a lado y lado.

Las zapatillas Converse dejaron paso a las zapatillas estrictamente deportivas, de colores fuertes y nada discretos y que por suerte, las de su talla ya no se iluminan con lucecitas al pisar el suelo.

Las chaquetas azul marino han sido sustituidas por anoracs de la marca North Face (en este caso, el cambio era totalmente obligatorio, por razones meteorológicas evidentes en Massachusetts gran parte del año (vamos, que estamos cubiertos de nieve unos largos meses de invierno)).

¿Y las tallas?¿Qué decir de las tallas? Pues que son como mínimo dos veces más grandes de lo que es su talla correcta.
Cuando paso fotos de los peques a mi família, algunos opinan que es una lástima que vayan vestidos con este nuevo estilo, mientras que otros opinan que es mejor ser del montón y mimetizarse con el medio.
Tampoco tengo muchas maneras de mantener la ropa que a mi me gusta. Mis peques crecen muy rápido, con lo cual, la ropa del año anterior ya les va demasiado pequeña; y la ropa expuesta en las tiendas sigue los dictados americanos: comodidad ante todo.

Yo, que había hecho mía la frase "Antes muerta que sencilla"; yo, que tengo una abuela que con ochenta y ocho años no sale a la calle sin ir peinada de peluquería y sin tacones; yo, la amante de los colores pastel, me he comido mis gustos y he adaptado la ropa de mis hijos a las tendencias americanas.
Pues si, otra adaptación al medio necesaria. 
¿Cuantas faltan?



ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO
El peluquero. Si, si, habéis leído bien: el peluquero de toda la vida es ese oscuro objeto del deseo. Nada más llegar a la patria querida para pasar las vacaciones, el primer lugar donde paramos es en la peluquería, para que hagan con nuestros pelos lo que nos han hecho toda la vida. El corte que a nosotros nos gusta, porque es al que estamos acostumbrados. Siempre, siempre, el color y los dictados que el peluquero nos recomienda son absolutamente geniales. Ese peluquero que te coge tu cabello, lo tira para adelante y para atrás, te lo corta mientras tu te fijas en los michelines de tu famosa de turno, hojeando la revista de toda la vida con las celebridades actuales. Ese peluquero que te pregunta por tu vida y te hace sentir que estás en casa. Ese peluquero al que confiamos nuestra pelambrera para que la adecente después de meses sin que nadie la tocara.

No, no nos acostumbramos a que otro peluquero use sus tijeras para cortar nuestro pelo. Aunque lo haga bien, no quiere decir que por eso se lo agradezcamos.

Llevé a mis niños a la peluquería de aquí en Massachusetts hace unas semanitas, cuando su cabello ocupaba gran parte de la cara de mis hijos y les era difícil usar los dos ojos para ver cualquier cosa sin mover el flequillo a un lado u otro de su cara. Sólo porque la situación era extremadamente desesperada, me atreví a llevarlos a un peluquero de los de aquí. Y el peluquero les cortó el pelo. Cortito, cortito, con máquina a cada lado y por detrás, y con tijeras en la parte de arriba. Mis dos churumbeles quedaron guapísimos. El peluquero, al acabar de cortar el pelo a mi pequeño, le preguntó, estando éste aún sentado en la silla de la peluquería, si le gustaba el nuevo peinado. Mi pequeño, sin dejar de mirar su imagen reflejada en el espejo y con cara de muy pocos amigos, le contestó que no, que no le gustaba nada. Y cuando yo le pregunté el porqué, se puso a llorar, diciendo que ¡no quería salir a la calle de esta guisa! El enfado le duró bastante. No quiso coger una piruleta que el peluquero le regalaba, puesto que mi peque consideraba que, como el peluquero había hecho un mal trabajo, éste no merecía que él se quedara con una golosina (siempre me admira el razonamiento de mis hijos). Mi hijo no quería salir a la calle con el nuevo corte de pelo, con lo cual opté por una solución de emergencia: salió a la calle con la cabeza tapada con la capucha de su chaqueta. Así y sólo así, mi hijo accedió a caminar por la calle. ¡Y no veáis con que cara de pocos amigos caminaba! Yo intentando que entrara en razón, haciéndole creer que estaba guapísimo (en realidad estaba guapísimo de verdad de la buena), nombrando todas las virtudes de su nuevo peinado: no tendría tanto calor, puesto que llegaba el verano y el cabello corto es perfecto para esta época; podría ver todo su entorno sin necesidad de quitarse parte del cabello que le cubría la cara. Incluso jugaría mejor al fútbol, puesto que vería la pelota mucho antes. Pero ni así. Pasó toda la tarde sin quitarse la chaqueta, ya que no quería quitarse la capucha y que otra gente, conocida o no, viera su nuevo corte de pelo.
Al día siguiente la situación empeoró. Era la hora del entrenamiento de fútbol. Y mi peque no quería ir al entreno puesto que todo el mundo lo vería con el pelo corto. Su padre y yo le convencimos (mediante amenazas, claro está, puesto que las buenas palabras las agotamos los primeros diez minutos) para que llegara al entreno, aunque de mala gana. Al principio todo iba bien, todos entrenaban con chaqueta y él con la capucha cubriéndole su cabeza. ¡Pero llegó la hora temida de quitarse la chaqueta con capucha! Él, con resignación, se la quitó, dejando al descubierto su corte de pelo. Y, ¡Oh maravilla de las maravillas! El entrenador, al verlo, le dijo delante de los otros niños, que su nuevo peinado era fabuloso. Y aquí, aquí el día gris volviose azul, el sol iluminó la tierra y los pájaros empezaron a cantar. En ese momento, la cara de mi peque pasó de la desesperación absoluta al orgullo infinito. Y nunca más se quejó de su corte de pelo.

En mi caso, mi visita a la peluquería tampoco fue placentera. En primer lugar, todas las chicas que aparecen en las revistas de cotilleo (lectura necesaria para cualquier mujer que se precie) eran bastante desconocidas para mi, con lo cual la celulitis de sus pantorrillas no me importaban tanto como la celulitis de mis celebrities nacionales. En segundo lugar, opté por la opción de contestar "Yes" a todas las propuestas de la peluquera, puesto que no entendía ni la mitad de lo que me decía. O sea, que acabé pagando un pastón por unas mechas que no taparon toda mi sabiduría (las canas, entiéndase).

Si, ese oscuro objeto del deseo no tiene competencia (de momento) en nuestra nueva ciudad. Por ese motivo es precisamente ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.






SOCORRISTAS
Socorristas:
Aquellos postadolescentes que, vestidos con bañador rojo, pasean por el borde de la piscina vigilando que nadie se lastime.

Dicho lo cual, vamos al siguiente paso, los
Socorristas de las piscinas de Massachusetts:
Aquellos postadolescentes que, vestidos con bañador rojo, pasean por el borde la de piscina vigilando que nadie se lastime, con las siguientes características particulares: 

- las piscinas abren al público en general a la una del mediodía. Si, si, a la una del mediodía, cuando el calor es intenso y los niños metidos en casa ya no se pueden controlar.
- al llegar, los niños escriben su nombre, el número de teléfono de la madre o del padre y su hora de llegada en un papel (papel azul para niños, papel rosa para niñas).
- al entrar al área de la piscina, vemos una piscina rodeada de cemento, sin césped alrededor, ni bar, ni sombrillas, y una gernación de los susodichos postadolescentes pululando alrededor. 
- hay 4 socorristas, uno para cada lado de una piscina no muy grande, sentados en aquellas sillas altas con las que controlan su entorno acuático más próximo.
- hay más socorristas de refuerzo, sentados en el interior de la caseta de entrada, por si las moscas.
- los sentados van cambiando periódicamente su puesto de trabajo, para que el aburrimiento no haga mella en ellos.
- más o menos cada dos horas, hay lo que se dice "Safety break", o descanso de seguridad. No, no es para que la gente metida en la piscina descanse tranquila después de mucho chapoteo, ¡¡¡¡es para que los socorristas puedan descansar!!!! O sea, todo el mundo sale de la piscina, para permitir un descanso a tan abnegados postadolescentes. Los quince minutos consisten en intervalos de un minuto cada uno, en que los niños preguntan a las mamás cuanto tiempo falta para que se acabe el "Safety break", a lo que las mamás responden "un poco" cada vez que son preguntadas. 
- de vuelta al trabajo, los socorristas procuran que, al igual que antes:

nadie entre a la piscina de cabeza;
- nadie suba a la espalda de un compañero;
- nadie nade en la zona en que los niños chipotean;
- nadie nade en la zona que hay tobogán y trampolines;
- nadie suba a la escalera del tobogán hasta que el anterior se haya tirado y salido del agua;
- nadie suba a la escalera del trampolín hasta que el anterior haya saltado y salido del agua;
- ...

aún no conozco todas las normas, pero me da miedo preguntar y encontrar un listado demasiado largo que se debe cumplir.

Debo reconocer que mis niños actúan bastante como las bestias negras de los socorristas de Massachusetts. En casa estamos acostumbrados a saltar, brincar, entrar en la piscina con los pies, con la barriga o con la cabeza, subirnos a espaldas unos de otros, reír, saltar, tragar agua, bucear, pellizcarte las pantorrillas, bucear, tirar agua con la boca como si de una fuente se tratara... los socorristas de Massachusetts tienen un silbido que usan con demasiada frecuencia apuntando a mis hijos. Al principio yo pensaba que nos echarían de la piscina. Al cabo de un tiempo, he comprobado con estupefacción que mis hijos siguen las normas impuestas de forma natural, sin quejarse demasiado (¡Espectacular!). Esto se llama adaptación al medio.


COCHES JAPONESES
Al saber que veníamos a vivir a Boston, un amigo nuestro nos dijo que nos envidiaba porque podríamos conducir un coche americano. Todos tenemos en mente las películas "Grease", o incluso "Karate Kid", donde los coches que se muestran son graaaaaandes, inmensos, y son ocupados por una multitud de adolescentes mascando chicle y chuleando del descapotable en cuestión.
La mentalidad de mucha gente fuera de los Estados Unidos es que todos los coches de los Estados Unidos son graaaaaandes, inmensos y conducidos por adolescentes mascando chicle.

Y con esa mentalidad llegamos a Massachusetts. Y empezamos a mirar los coches de nuestro alrededor. Buscaba con ansiedad coches graaaaandes, inmensos, conducidos o no por adolescentes. Divisé, claro está, un montón de coches. Grandes y pequeños, de todos los colores, con matrículas peculiares aunque la mayoría contenían números y letras e información relativa a que eran del estado de Massachusetts. La mayoría de los coches eran conducidos por adultos serios y responsables que iban o venían de sus lugares de trabajo, o de la compra, o de su casa.

Pero de aquellos coches graaaaaaandes, aquellos que esperábamos encontrar en cada esquina, aquellos por los que nuestro amigo nos envidiaba, no conseguí divisar ni uno. Cero. Cero totalmente cero. Pasada la primera decepción por no encontrar exactamente lo que nos cuentan las películas americanas, empezamos a buscar un coche que nos transportara cómodamente y que estuviera dentro de nuestras posibilidades. Nuestros nuevos amigos nos aconsejaron un coche....¡¡¡¡Japonés!!!! Si, si, en Estados Unidos, los coches japoneses son de los que tienen mayor demanda. Increíble o no, tanteamos unos cuantos concesionarios de coches. Un concesionario de coches americanos, otro japonés y otro mixto. El concesionario que más seguridad nos dió para el servicio después de la compra, el concesionario con el que la relación calidad-precio era mejor y el concesionario con el chico rubio más americano y simpático que había era el....¡Tachán!: ¡Japonés! ¡Premio!
Con lo cual, sin lugar a dudas, compramos el coche japonés para poder desplazarnos cómoda y tranquilamente por Massachusetts.

Cada día, al circular por la calle con mi flamante coche japonés y matrícula de Massachusetts, observo con detenimiento las marcas de los otros coches que también circulan por la misma carretera. Si, hay coches americanos, coches coreanos, coches japoneses, coches alemanes... aunque, si los contara, estoy segura que los coches japoneses superan con creces el número de coches americanos. ¿En segundo lugar? Los coches coreanos, no muy lejos de los japoneses en número. 



4 DE JULIO CON LOS CINCO SENTIDOS
El 4 de Julio es un dia muy especial para todos los americanos. Es el día de la patria, el día en que el sentimiento americano sale a relucir aún más, si cabe.

Para hablar de la celebración de la fiesta nacional americana me remito a los cinco sentidos:

OLFATO
Tu nariz ya nota que el 4 de julio no es un día como los otros. 
Ya por la mañana, de la barbacoa de tu vecino salen unos efluvios que te abren el apetito. Olores de madera y carne asada envuelven todo tu patio y se meten dentro de la casa, si has dejado abierta alguna ventana. El olor a lo típico americano, a las hamburguesas demasiado cocidas, o a una pieza de ternera que se deja cocer a fuego lento mientras su amo bebe una cerveza tranquilamente.
Por doquier llegan los olores que salen de todas las barbacoas del vecindario. 
Y tu nariz empieza a indicar al cerebro que tú también debes actuar, encender tu barbacoa y unirte al desmadre de olores que reina hoy en todo el barrio.

GUSTO
Sabor a comida con amigos. 
Tu boca se abre y se cierra multitud de veces para comer el objeto de los olores antes comentados.
Sabor a jolgorio, a compartir una comilona y unas experiencias repletas de anécdotas. Sabor a alegría envuelta de las hamburguesas previamente cocidas. Un poco de vino y unas risas que se contagian de todos los otros jardines y patios del vecindario. 
Y después de una comida copiosa de carne regada con copas de vino, llega el dulce momento del muffin con los colores de la bandera americana. Debo apartar las manos de los niños de las bandejas de muffins de color rojo, azul y blanco, puesto que siempre quieren más, quieren más de unos dulces ricos y sabrosos típicamente americanos.

OÍDO
A tus oídos llega un sinfín de cantos típicamente americanos.
Los himnos americanos. El himno nacional, el himno de los marines,... todos los himnos patrióticos se oyen desde varios puntos del vecindario. Todos ellos pueden ser escuchados cuando llegamos al descampado preparado para poder ver los fuegos artificiales. Y observas a los americanos orgullosos de su patria, vestidos con los colores de la bandera, que pasean tranquilamente mientras algunos tararean o cantan trocitos de sus himnos.

VISTA
Tus ojos no se cansan de observar los fuegos artificiales diseñados para la ocasión.
Los fuegos artificiales, sin lugar a dudas, son una delicia para la vista. Al llegar la noche, cuando la multitud ya tiene su espacio sobre la hierba, sentados todos tranquilamente sobre una manta o descansando en una silla escogida para la ocasión, empieza el espectáculo de luces y colores. Todos miramos hacia arriba, para contemplar unos fuegos artificiales que nos deleitan y nos asombran, por sus colores, por su rapidez y por su magia. Centenares de fuegos iluminan un cielo oscuro y provocan  un aluvión de "Ohhhhhhh" y "Ahhhhh" entre todo el gentío que no deja de admirar las luces que en segundos se encienden y se apagan, para recibir más luces que se encienden y se apagan.

TACTO
El tacto suave, dulce y cálido de la piel de mis hijos.
El de las manos de mis niños que, cansados de todo el día, me aprietan mi mano para que no los pierda entre la multitud, al regresar a casa, junto al resto de vecinos, amigos y conocidos que conforman la marabunta que, lentamente, se va dispersando. Y les cojo de la mano y ellos me siguen, impertérritos, agotados de tanto jugar con amigos, de haber disfrutado de un mundo de sensaciones para celebrar el 4 de julio en América. 


BABYSITTERS
Me he atrevido a contratar a dos babysitters (niñeras). No me gusta contactar con ellas a través de redes sociales. Como mamá que soy, necesito referencias, aunque mínimas, de personas que estén a mi lado o que al menos conozca vagamente. 
Un papá del cole me dió el teléfono de una chica de catorce años vecina de mi casa, con la que contacté la primera vez que me atreví a ir a cenar con mi marido sin los niños. 
Con la otra, contacté a la salida de la escuela, al comprobar que era la babysitter del amor secreto de mi hijo menor.
Y con estas dos experiencias, puedo decir que he experimentado dos tipos de babysitter:

las divertidas y las aburridas.

Las divertidas son aquellas que hacen lo que los niños prefieren. Juegan a los juegos preferidos de mis pequeños, saltan, corren, ríen con ellos sin parar. Pueden jugar a guerras de agua, quedándose todos empapados a los cinco segundos de llegar la babysitter en cuestión. Pueden hacer dibujos un poco demasiado gores para mi gusto e incluso pueden jugar en la calle (¿para qué diantre tenemos jardín, si ellos prefieren jugar donde hay asfalto?), con el riesgo de que la pelota llegue cerca de donde circulan los coches.
Las divertidas no procuran que se terminen toda la cena que mamá ha dejado lista y preparada, medio caliente y que sólo necesita un poco de microondas. Tampoco friegan los platos después de la cena, aunque con un poco de suerte puede que los dejen en el fregadero.
Las divertidas juegan con los peques a juegos con la consola e incluso pueden ganarlos. Y la hora que mamá ha indicado para ir a la cama dista bastante de la hora en que  ellos se van a la cama, extenuados de tanto jugar, de poco comer y contentísimos de tener a la babysitter en casa, sin haber pensado ni un minuto en esos papás que están cenando fuera y muy probablemente hablando de ellos, de lo maravillosos que son y de como los quieren.

Las aburridas llegan a casa y los niños ya saben, con tan solo un vistazo, que ella no estará dispuesta a todo, que no pueden mojarla con agua y que ella seleccionará los juegos a los que está dispuesta a jugar y los que no. 
Las aburridas procuraran que los niños se terminen toda la comida preparada por mamá con amor, y usarán la paciencia, lo dirán cincuenta veces, pero los niños terminarán la sopa y el pollo finalmente.
Las aburridas no jugarán con ellos en la consola y los llevarán a la cama demasiado pronto para el gusto de mis peques pero a la hora exacta que mamá habrá indicado. Quizás en este momento los churumbeles se acordarán de que papá y mamá les leen un cuento antes de ir a la cama, puesto que la babysitter no lo hace.

Al llegar los papás a casa, las babysitters cobrarán por los servicios prestados y marcharán con una sonrisa y una promesa de que estarán disponibles para la siguiente fecha.

Al marchar la babysitter divertida, los papás llevarán a la cama a los pequeños que aún se resisten porque quieren seguir viendo la película de televisión que estaban viendo con aquella chica tan divertida que no quieren que se vaya.

Al marchar la babysitter aburrida, los papás entrarán en la habitación de los hijos y les darán el beso de buenas noches. Ellos, ya dormidos, ni se darán cuenta. Los papás se irán a la cama con una sonrisa no sin antes observar a los peques dormidos y relajados.

¿Con cual me quedo yo? Fácil: con las dos. Si siempre viene la aburrida, mis hijos llegará un punto que no la querrán, puesto que recordarán que una chica antes jugaba con ellos y hacía lo que ellos querían. Si viene siempre la divertida, ellos estarán felices pero no seguirán ninguna de las normas impuestas por mamá. Como en casi todo en esta vida, encontrar el equilibrio es lo más importante.



FRÍO VIENE, FRÍO VA
El frío en invierno es intenso en Massachusetts. Mi amiga chaqueta gruesa que me cubre casi hasta los pensamientos es una compañera imprescindible de diciembre a abril. Y salir de casa sin el gorro es una sinrazón. Pero la primavera acecha, el sol luce cada día más y parece que la nieve que ha cubierto de blanco todo nuestra paisaje se va derritiendo poco a poco para dejar brotar la hierba, alguna florecita y cubrir los árboles de unas hojas de colores surtidos que acaban en un verde profundo. 

Vale, pues, ya llegados a este punto, amanece un día y compruebo que caminando por la calle con la chaqueta tengo calor. Pues me la saco. Y compruebo que el sol empieza a calentarme las mejillas, escucho algunos pájaros en el vecindario y observo una mosca que se ha colado en la cocina. Las hormigas también hacen su aparición, para deleite de mis hijos y para mi desesperación, puesto que no puedo asesinarlas cuando me las encuentro merodeando por la casa si mis churumbeles están cerca.
Los peques llegan de la escuela cansados y sudados, porque yo aún no me atrevo a quitarles el anorac para desplazarse hacia el cole. Hasta que llega un día que la evidencia es clara: el resto de niños va vestido con pantalones cortos y camiseta de manga corta. Vale, entendido, dejo que los míos (no sin recelo) empiecen la escuela menos abrigados.

Pues si, primavera va. Ha costado, pero finalmente ya la tenemos aquí.
Asi pues, empiezo a colocar en los estantes de arriba del armario todo la ropa de más abrigo, toda la que nos ha acompañado estos largos meses de invierno y que nos ha evitado morir congelados. Abrigos, chaquetas, bufandas, jerseys gruesos, ropa de esquí... todo lo ordeno para el año que viene. Y saco toda la ropa de verano: faldas de colores, vestidos sin mangas, vestidos cortos de estilo ibicenco de color blanco impoluto... todo lo plancho y lo dejo colgado listo para su uso diario. Mis niños ya visten sólo camisetas y pantalones cortos, las botas de invierno están guardadas y las zapatillas están destrozadas de tanto usarse, ya sea dentro o fuera de las instalaciones escolares. Incluso sin chaqueta fina nos atrevemos a salir a la calle, para escuchar la sinfonía del mundo animal que nos envuelve y el calor que nos arropa.

Vamos, que ha llegado la primavera en todo su esplendor.
¿Si?
¡Pues no!

Después de unos días de sol, calor y resurgir de insectos, llegan casi sin avisar otros días más oscuros, sin sol, con brisa o viento fuerte y temperaturas casi gélidas. Y vuelta a apropiarme de la ropa gruesa, de aquella que nos salva de las hipotermias. Y el día menos pensado, el sol luce otra vez, como indicando que aquí no ha pasado nada, para que nos relajemos y volvamos a nuestra ropa de colores y texturas finas. 
Y otro día de lluvia y bajada de temperaturas.
Y al siguiente, otro de calor y de aire condicionado dentro del coche.
Y otro de frío con bufanda (aunque ya no es bufanda, es un foulard puesto que estamos a mayo y parece imposible que haga este tiempo).
Y así vamos pasando los días, los meses y las semanas. 
Creo que los habitantes de Massachusetts estamos curados de todos los males que puedan acarrearnos los bichitos, porque les damos una de cal y otra de arena cada dos días a más tardar. ¿Que los bichitos vislumbran el sol? pues salen a la superficie pero ¡zas!, vuelve el mal tiempo y los mata de sopetón. ¿Algunos bichitos son resistentes al frío? pues ¡zas!, una ola de calor los derrite. 
Y un día es cálido y el siguiente frío.
Y asi, como quien no quiere la cosa, la primavera ha acabado, pero no para los habitantes de estas tierras, quienes resisten estoicamente los envistes de una meteorología cambiante.

Estoy acostumbrada a ver mamás con chanclas llevando a sus hijos al cole, y al día siguiente van con botas de agua que les llegan a las rodillas.
Aburrido, lo que se dice aburrido no es, el tiempo en Massachusetts. ¿Predecible? Pues lo dicho. Tampoco. 



LLEGÓ EL DÍA DEL "FITNESS FOR LIFE"
Mis hijos estaban super "excited" (contentos, contentos, la traducción es contentos) porque se acercaba el día del gran evento, el día del "Fitness for life". Cuando yo les preguntaba de qué se trataba, me contestaban que sería un día muy divertido, pero no sabían contarme lo que sucedería. O sea que la incógnita se mantuvo hasta el mismísimo día.
Y llegó el Día "D". Mis peques se levantaron más temprano que de costumbre (no tuve que despertarlos yo), y quisieron llegar al cole temprano tempranito, para que no perdieran el autobús que los llevara allí donde la diversión estaba asegurada.
Yo también fui una de las muchas mamás y varios papás que contemplaron embelesados a sus hijos. Y debo reconocer que se lo pasaron pipa.

¿En qué consistió el "Fitness for life"?
El super profesor de gimnástica estuvo preparando muchísimas actividades deportivas en un campo cercano a la escuela. Lo organizó requetebién. 
Todo el cole participó del evento, desde los niños del Kindergarden, que tienen entre 5 y 6 años, hasta los mayores, de 5th Grade, de unos once añitos. El super profe preparó actividades adecuadas para cada edad, y los niños y niñas cambiaban de actividad cada media hora.

Los pequeñuelos disfrutaron con:
- Origamis y pintado de cara o brazo, cortesía del profe de arte (mi hijo estaba super satisfecho con el dragón que el profe le había pintado en TODO el antebrazo)
- Subir a las cuerdas
- Jugar en el patio
- Carrera de una milla siguiendo a la profesora (debo decir que una milla, lo que se dice una milla, pues como que no era. Quizá un cuarto de milla como mucho, pero como aquí son tan optimistas, pues bueno, le ponen de título una milla y todo el mundo queda tan contento)
- Jugar con distintos objetos (bolos, raquetas, pelotas varias...)
- ...

Los mayores se lo pasaron pipa con:
- Basquet
- Pista de obstáculos
- la susodicha carrera de milla o cuarto de milla según a quién preguntes
- Capturar la bandera
- Volley
- Golf con frisbees
- Entreno con material de Fitness
- ...

Y entre los mayores y los pequeños, los demás escolares también disfrutaron con juegos adaptados a sus edades (carreras de obstáculos, hula hoops, pillo pillo, ...). Todos corrían, saltaban, brincaban, reían y gritaban. Los profesores guiaban a una tropa que seguía sus instrucciones, puesto que obedecer era signo de diversión asegurada (al menos estas horas).

El día acompañaba a realizar este tipo de actividades al aire libre, la zona, totalmente cubierta de hierba verde y bonita estaba cerca del Charles River y unos patos nos saludaban mientras iban en busca de una zambullida. Los árboles finalmente tomaban posesión de las hojas verdes, el viento soplaba dulcemente y el sol nos miraba desde su sitio en el cielo, complacido y complaciendo a todo aquél que caminaba o corría por ese campo.

Con tanta actividad para los niños, éstos debían reponer fuerzas, con lo cual pudieron saborear una comida que, aunque rica, no era todo lo sana que debía ser para un día tan tan deportivo. Unas galletitas dulces o saladas y un zumo de frutas a media mañana, y un bocadillo de hamburguesa o un hot dog, agua, fruta y un helado al acabar el evento.

Todo el mundo parecía feliz, satisfecho de un día especial al aire libre. Los papás ayudamos en lo que pudimos (debo confesar que yo me pasé el rato observando a mi pequeño un rato y luego buscando la actividad donde participaba el mayor para observarlo otro rato, con lo cual esto ya me ocupó gran parte de las horas).

Al llegar a casa, mis hijos quedaron como aplatanados contemplando la televisión, señal inequívoca del día estupendo que habían podido disfrutar.















MAMÁS SUPERMAMÁS
Aquí en América hay mucho voluntariado, gente que se ofrece para ayudar en determinados trabajos, sin cobrar nada. Yo nada más llegar, me apunté como voluntaria en una escuela de niños discapacitados. Y estoy en la clase de niños de cero a tres años. Está siendo una experiencia fantástica, enriquecedora, abrumadora y llena de momentos felices.

Los niños que acuden a esta escuela son extraordinarios, llenos de vitalidad y buen humor, pero hoy quisiera hablar de sus madres. Esas mamás que llegan a la escuela, con sus hijos en brazos y además cargadas con todos los enseres que creen que sus niños pueden necesitar. Nos indican a las voluntarias dónde está eso o aquello, por si acaso lo necesitáramos. Los dejan un par de horas a nuestro cuidado y se van con el corazón encogido los primeros días, y ya un poco más tranquilas los siguientes, al comprobar que los niños se lo pasan en grande. Generalmente son madres muy jóvenes, entre veinticinco y treinta y cinco años. Y viven para y por sus hijos.
Estas mamás son como el resto de las mamás, pero con superpoderes. Saben todo de sus niños. Todo. Son madres, ante todo, pero mamás supermamás. Son cocineras, limpiadoras, enfermeras, médicos, cantantes, compañeras de juegos. Pacientes y cariñosas. Conocen los límites de los niños. Son todo para sus hijos y sus hijos son todo para ellas.

Algunas veces, las mamás hablan en grupo de sus retoños. La profesora les pregunta y ellas contestan. Y tienen la información suficiente sobre sus peques como para haber cursado un doctorado en la materia. Saben qué tipo de enfermedad tiene su hijo mejor que cualquier médico que lo esté tratando. Se han documentado hasta la saciedad sobre la enfermedad en cuestión, sobre los posibles tratamientos, sobre los efectos secundarios, sobre la calidad de vida y lo que el niño puede y podrá hacer y lo que no puede o no podrá hacer. También son mamás superobservadoras. Mamás que aprenden a mirar a sus hijos y con sólo esa mirada saben si los niños están bien o están empezando a experimentar algún síntoma. Madres que saben como tratar algunos de los síntomas o a quién acudir en busca de ayuda si éstos empeoran. 
Conocen a su hijo mejor que nadie y están dispuestas a todo con tal de mejorar la calidad de vida de su pequeño o pequeña. Son madres muy, muy valientes, supervalientes, aunque ellas no lo sepan. Son personas muy, muy agradecidas, puesto que siempre tienen palabras amables para con nosotros, los voluntarios que les cuidamos a sus hijos sólo un par de horas a la semana, mientras que ellas hacen todo el resto. 
Me impresiona su vocación total hacia sus hijos, y me encanta cuando sus hijos las ven, o las oyen al finalizar la clase. La cara de satisfacción de los niños al saberse cerca de su mamá es impresionante y sobrecogedora.
Estas mamás son como el resto de las mamás, pero más. Más atentas, más cuidadoras, más sufridoras y más valientes. La vida les ha dado una prueba difícil y ellas la están superando con creces, con la abnegación y amor que dan y que reciben de sus hijos. 
Son supermamás sin haberse entrenado, supermamás sin haber buscado el título, supermamás porqué sus hijos necesitan que tengan superpoderes. Y ellas usan los superpoderes para que el pequeño tenga cubiertas sus necesidades y además para que esté contento y satisfecho.
Estas mujeres nunca se quejan, ven a sus hijos como bendiciones y la mayoría siempre tiene una sonrisa en la cara. 
Yo sé alguna canción de las que cantan mis hijos. Éstas supermamás las saben todas. Saben cual es su preferida y cual no, y las cantan mientras la sonrisa de sus niños invade nuestro espacio. Y el espacio se convierte en un oasis de alegría, positivismo y buen humor.

Estoy emocionada y agradecida de poder conocer a esas mamás, esas supermamás que cada día se levantan para cuidar de unos niños con unas necesidades un poco (o mucho) diferentes del resto de niños.



YO TE PROTEJO, YO ME CUBRO
Resfriados. Más que comunes en esta zona. Como mínimo, para mis niños. Y mis niños estornudan. Y el estornudo puede enviar miles, qué digo yo, millones de microbios a los alrededores de mis churumbeles. ¿Y quién está alrededor de mis churumbeles? pues yo y mi marido, por supuesto, y los niños de su colegio, y los profesores, y los niños con quienes juegan, o con quienes van a actividades extraescolares, o la gente de la mesa de al lado cuando vamos a un restaurante, o las enfermeras y los doctores cuando van al médico, y... oséase, todo el mundo con el que pueden interaccionar.
Aquí puede verse una lista de remedios eficaces para prevenir que los millones de bichitos puedan llegar a huéspedes cercanos:

Remedio antiguo:
el pañuelo de ropa. 
El pañuelo de ropa que mamá pone en la mochila por si acaso pero que nunca llega a tiempo de evitar el esparcido de los bichitos en el espacio más cercano.

Remedio nuevo:
el pañuelo de papel. 
El paquete de pañuelos de papel que mamá también pone en la mochila después de que su hijo haya perdido ya un par de los anteriormente citados en el apartado "Remedio antiguo". Como es obvio, tampoco llega nunca a buen puerto y además aquí en Massachusetts es tachado de bastante antiecológico.

Remedio rápido:
la mano. 
Mamá aconseja que, cuando ya se sepa que el estornudo es imminente, antes de contagiar a toda la población, el niño ponga su mano delante de la boca, para evitar la salida masiva de bicharracos. Mi experiencia como mamá ha comprobado que este remedio tiene dos grandes inconvenientes; el primero es que la mano (si llega a tiempo) contiene los bichos que no han sido esparcidos por el espacio. Acto seguido, la mano se friega con los pantalones o con la camiseta, con lo cual tu hijo parece una sala de contagio en toda regla. El segundo inconveniente pude comprobarlo al descubrir que mis hijos ponían la mano delante de la boca, pero se la tapaban con fuerza, con lo cual no salían ni bichitos, ni casi respiración de lo mucho que apretaban.

Remedio de Massachusetts:
el codo.
Instrucciones de uso:
Brazo derecho (o izquierdo) del niño resfriado en cuestión; doblamos el codo; alzamos el codo a la altura de la boca; tapamos la boca con el codo susodicho en el momento de estornudar; se realiza el estornudo; el contenido perjudicial llega al codo del niño y se queda allí, en el codo. Los bichitos habitan en el codo hasta que mamá lava la ropa.

Ventajas: 
el codo no es un elemento del cuerpo que tenga mucha interacción con los demás seres vivos del entorno (cuando saludas a alguien le das la mano, no el codo), con lo cual se evita que se esparzan los bichitos por el entorno. Éstos  quedan en un sitio no muy usado y bastante alejado de los sitios del cuerpo que más contacto tienen con otros seres vivos de la zona.

Recuerdo la primera vez que observé a uno de mis hijos estornudar y taparse la boca con el codo. Llamó mi atención por no ser una cosa que yo antes hubiera visto. Pensé para mis adentros que era un gesto raro y no entendí el porqué lo hacía. Ahora veo que todos los niños lo hacen e incluso algunos mayores. Mis hijos ya lo tienen interiorizado y ya es en ellos un acto reflejo. Debo confesar que yo aún voy con el pañuelo en el bolso, soy de la antigua usanza.




CONCEPTO FRÍO-CALOR
Yo tengo frío casi siempre. Soy de las que siempre tienen las manos congeladas y los pies helados. Necesito a mi marido por infinidad de cosas (lo necesito porque lo quiero), pero cuando puedo calentarme mis pies en sus piernas, metidos los dos en la cama, ¡lo adoro!
Como madre que soy, al yo tener frío, abrigo a mis hijos de forma exagerada. ¿Que mamá tiene frío? Tranquilos, mis hijos sudarán la gota gorda por mi miedo a que se resfríen, puesto que les habré vestido con montones y montones de capas difíciles de sacar.
En Massachusetts paso frío. Y debo decir que el tiempo me da toda la razón, puesto que temperaturas de -20ºC no son raras en estos lugares. Y me abrigo. Y abrigo a mis hijos. Y acostumbro a salir a caminar con capas y capas de ropa.
Mis hijos, en cambio, han tenido una adaptación al medio mucho más... ¿Natural?
Durante los primeros días de vivir aquí yo quedaba horrorizada al ver a niños en pantalones cortos con temperaturas muy muy bajas (mientras los míos parecían muñecos Michelin que casi no podían caminar con toda la ropa que les había obligado a ponerse). Observaba pasmada a una mujer con chancletas caminar por una calle cubierta de nieve (mientras yo caminaba embutida en unas botas forradas de piel con calcetines gruesos debajo).
No daba crédito a estos devaneos con el clima, mi mandíbula se quedaba abierta mientras los admiraba sin saberlo. Pero al ser personas que no conocía, las tachaba de inconscientes dentro de mi cerebro y continuaba con mi camino, sabiéndome condescendiente. Pero las cosas han cambiado. Y mucho. Ahora, los niños que quieren ir en pantalón corto al cole mientras yo me abrigo con chaqueta gruesa son... los míos!!!!! ¡Pero madre del amor hermoso! En pocos meses de estar aquí, mis hijos hablan un inglés americano que ya quisieran para sus hijos la mayoría de madres no británicas; cuando se les pregunta quién es su jugador de fútbol preferido, mis churumbeles contestan que Tom Brady, el ídolo de los Patriots, el equipo de fútbol americano de Boston (aquí el fútbol americano se llama fútbol por motivos evidentes, y el fútbol se llama soccer); y quieren vestirse con ropa de verano cuando las temperaturas rayan los cero grados centígrados!!!!! ¡Eso es adaptación al medio y lo otro son tonterías!
Y yo, su madre, me debato entre abrigarlos para satisfacer mis propias ganas de que no se me resfríen, o de que vayan como les plazca (que tiene su puntazo, puesto que si se me resfrían yo podré decirles: "¡ya te lo dije!"). Como siempre, he optado por una opción intermedia: dejo que vayan con pantalones cortos, pero con armilla acolchada. Si, si, esas chaquetas de forro polar sin mangas que no sé si evitan el frío o todo lo contrario. Y así caminamos por la calle: yo, con mi chaqueta de plumón (y sin gorro pero no me faltan ganas); mis hijos, con su medio-chaqueta y sus pantaloncitos cortos. A veces los miro de reojo para ver si tiemblan y no, no tiemblan los muy animales! 
Aquí hay bastante miedo a la Lyme disease (enfermedad provocada por las bacterias de una garrapata). Durante uno de nuestras idas a la escuela, les comenté que debían ser precavidos y que cuanto más protegidos estuvieran por la ropa, menos probabilidades tendrían de que les picara la susodicha garrapata (para mis adentros pensé: Soy genial, mato dos pájaros de un tiro, se protegen de las garrapatas y van abrigados). Pues lo único que conseguí fué que al entrar al cole los dos se rascaran por todas partes, puesto que les había salido un picor de no sé donde. Y al día siguiente ya no se acordaban de la garrapata e iban con pantalones cortos. Otra vez.
Quizás el frío es un concepto mental. Tengo un amigo que combatía el frío bebiendo un refresco con mucho hielo, mientras los otros pedíamos un batido calentito calentito. Habrá que preguntárselo a los esquimales.


PAJAMA DAY
Pajama Day, o lo que es lo mismo, el Día del Pijama.
Si, si, yo convencidísima que Pijama en inglés también se escribe con "i", pues resulta que no, que en americano es con "a".
Una vez dicho esto de paso, voy a escribir lo que yo sé del Pajama day.
Nací a principios de los setenta (válgame Dios, de eso hace ya muchos muchos años), con lo cual creo recordar que mi primera incursión en el mundo americano fue a través de "Grease". Si, la peli de cuento de hadas, de Romeo y Julieta pero con happy end, que John Travolta como el chulo piscinas y Olivia Newton-John como la niña bien recrearon con un éxito fulminante. Así pues, la primera visión que tuve de los Pajama days fue contemplando embobada a través de la pantalla de televisión a un atajo de jovencitas dispuestas a probar de todo en su época rebelde (y pensar que años después, la más rebelde de todas, Stockard Channing, encarnaría a la Primera Dama de los Estados Unidos en "El Ala Oeste" a la perfección). Esas jovencitas vestidas en pijamas más o menos sexys, mientras se burlaban de la niñita que encarnaba Olivia Newton-John, representaban lo único que yo conocía de una fiesta de pijamas. Y parecía divertido.
Años más tarde, una amiga mía americana madre de tres chicas me comentaba que para las fiestas de cumpleaños de sus niñas, éstas le pedían fiestas de pijama. Y que se lo pasaban en grande.
Y desde que llegamos a Massachusetts, las fiestas de pijama son una constante en la vida... del cole de mis hijos!!!!!!! 
¿Qué han cumplido cien días de curso? PAJAMA DAY
¿Que es el aniversario de Dr. Seuss? PAJAMA DAY
¿Que han llenado una cajita con bolitas? PAJAMA DAY
Y venga, a buscar excusas para ir vestidos con pijama todo el santo día.
A mis hijos les encanta que sea el día del pijama. Quieren ponerse el más chungo que encuentran por casa. Yo intento que no escojan el de los pantalones demasiado cortos o el de la camiseta demasiado grande; y no les permito que se pongan el que han usado para dormir toda la noche. Y así van, con su pijama escogido para lucir, botas de nieve y chaqueta gruesa, listos para el día de cole. Un día de cole especial, no en la materia, sí en el vestir.
Cabe decir que la vestimenta americana es, ante todo, muy muy cómoda. Los niños van vestidos con pantalones de chandal y camiseta cada día, fines de semana incluidos, con lo cual el pijama es una prenda que no difiere extremadamente de su ropa habitual. 
Cabe decir que las profesoras de mis niños también van vestidas con pijama durante el día del pijama, por eso de la educación siguiendo el ejemplo, me imagino. La profesora de mi peque es una chica joven, delgadita y pizpireta, que siempre va arregladita (collar, foulard, normalmente falda y merceditas (si, a -20ºC con falda y merceditas)), con lo cual se nota cantidad cuando es el día del pijama en su clase. 
Mis hijos, orgullosos, lucen sus pijamas junto al resto de su clase. Clase de matemáticas, de arte o de gimnasia se imparten con ellos vestidos para ir a dormir. 
Mi conclusión: el pajama day es un día especial dentro de la cotidianidad. Los niños van contentos y felices a recibir sus lecciones, mientras usan una ropa que otros días no está permitida. Se consigue que un día de cada día, sin nada excepcional, se convierta en un día especial por el simple hecho de llevar una ropa cómoda y sin gastos extra. 
¿Positivo o negativo? yo doy mi aprobación.

Debo confesar que me he olvidado dos veces del pajama day de mis hijos. Usé soluciones diferentes para cada uno:

Problema 1: llegando al cole, vemos que los niños de la clase de mi hijo mayor llevan puesto pijama. Mi hijo me dice: "¡Mamá, hoy es pajama day y yo no lo llevo!"
Solución 1: Y yo que le digo: "Cariño, la ropa que llevas ya parece un pijama, seguro que no se dan cuenta." Y mi hijo me despide con un beso en la mejilla, no muy convencido de mi respuesta.

Problema 2: llegando al cole, vemos que los niños de la clase de mi hijo menor llevan puesto pijama. Mi hijo me dice: "¡Mamá, hoy es pajama day y yo no lo llevo!"
Solución 2: Y yo que le digo: "Cariño, entra en la clase que voy a buscártelo." Y ya me veis a mi corriendo como una posesa, haciendo caso omiso a Jack, el guardia que controla el tráfico de coches al lado del cole, quien me grita que no cruce antes de tiempo, abriendo la puerta de casa, cogiendo el primer pijama limpio que encuentro y volviendo casi volando al cole mientras Jack me persigue con su mirada y yo hago como si no lo viera. Llego sin aliento a la clase de mi hijo, nos vamos los dos al baño, y, como Superman, se cambia de niño normal a niño con pijama!!!!!

Y me preguntareis, si el Problema 1 y el Problema 2 son iguales, ¿por qué diantre la Solución 1 y la Solución 2 son diferentes? 
Simple, la vida no son matemáticas, y la vida de las mamás aún menos. Depende del humor, las ganas, el tiempo y la hora, las soluciones para un mismo problema tienden a diferenciarse infinitamente. Y ya está.



LOS ABRAZOS DE LA ABUELA
¡Que vienen los abuelos, que vienen los abuelos!
Todo preparado para el recibimiento de unos abuelos que no habíamos visto cara a cara desde hacía meses. En el aeropuerto, mis lágrimas pasan desapercibidas por las risas de los niños que inundan la puerta de salida de los destinos internacionales de Boston. Los abuelos, con cara de cansados y una sonrisa en los labios, extienden sus manos, se agachan un poquito y esperan el huracán de mis dos peques, quienes corren para acabar en sus brazos. Los cuatro se funden en un abrazo largo y esperado, los cuatro demuestran esa alegría inmensa del reencuentro.
Mi madre, la abuela yeye, acaricia el pelo a mis hijos, sus nietos queridos, esos que viven al otro lado del océano y que hablan una lengua diferente a la de casa de toda la vida. Esos que visten de forma extraña a la que ella está acostumbrada y que comen cosas radicalmente alejadas de sus platos caseros. Ya están juntos. Ni Skype, ni Whatsapp de por medio, no hay barrera física que los separe. Durante una semana, mi madre hará las delicias de mis hijos y ellos se dejarán mimar por la abuela querida.
Después de achuchones mil, comprobamos que traen cuatro maletas (¡4!) para pasar una semana en nuestra casa. Cuando eres expatriado, aprendes a llenar las maletas en un santiamén, y sabes que no merece la pena poner mucha cantidad de todo "por el si acaso". Los abuelos, que no están expatriados y que vienen a ver contentos y felices a sus nietos, llenan las maletas de "por si acasos".
Hace un frío que pela. Aunque mi madre ya estaba advertida por partida doble (previsión meteorológica consultada hasta la saciedad e hija que le comenta hasta más de mil veces que donde viven sus nietos el frío apremia), mi madre ha llenado las cuatro (¡4!) maletas de ropa nueva, bonita y totalmente inútil para las temperaturas actuales de Boston. Dicho esto, mi madre se convierte en un clon de mi misma, puesto que le dejo ropa de abrigo para que no coja un resfriado de aúpa. Mi padre no tiene mi misma talla ni la de mi marido, con lo que consigue ganar el primer premio al abuelo más resfriado de la zona.
Condiciones climatológicas aparte, los abuelos y los nietos disfrutan una semana entera los unos de los otros. Mi padre es abuelo abuelito. Los niños le entusiasman pero le cansan a partes iguales. O sea, que puede jugar con ellos pero se cansa enseguida. En cambio, mi madre es la abuela más chuli que nunca he conocido. Se desvive por sus nietos. Ríe, juega, los entretiene, les ayuda a fabricar un mural, les compra juguetes, les da caramelos pensando que yo no la veo, les da besos y achuchones mil. Mis hijos están encantados con la abuela, claro está. Se ríen con ella, juegan con ella, se entretienen con ella, fabrican un mural con su ayuda, reciben juguetes y comen caramelos procurando que yo no los vea. La besan y se dejan achuchar. 
Y así pasamos la semana. Haciendo turismo por Boston y alrededores y mimando a los niños.  Mi madre y yo nos contamos confidencias mientras los peques juegan unos minutitos sin su abuela querida. Durante este breve espacio de tiempo, mis hijos van a dormir con la abuela quien les cuenta un cuento mucho más largo que los cuentos de mamá. Durante esa semana, mi madre y yo paseamos cogidas del brazo hablando de nuestras cosas y de las cosas de otros, claro está. A veces me deja del brazo y se pone en modo fotógrafo (debe confeccionar un reportaje fotográfico muy lucido para mostrar a cualquier conocido que ose cruzarse en su camino, otra vez de vuelta a casa "Mira, mira mis nietos lo mayores que están, aunque necesitan un corte de pelo pero ya. Mira, mira qué ciudad más bonita, aunque hace un frío que válgame Dios cómo  deben haber pasado el invierno mis pobrecitos").

¿Qué es lo que echo de menos como expatriada? 
Pues precisamente esas confidencias cogidas de la mano, esa familiaridad, esa sonrisa conocida, ese vestido que mi madre puede arreglarme en un segundo mientras yo le cuento cualquier nimiedad. Gracias al Skype mantenemos el contacto, pero un abrazo aún no puede teletransportarse. Aunque todo llegará. Mi hijo mayor, con la inventiva que tiene, puede conseguirlo. Estamos en el país del todo es posible, ¿verdad?


RECORDANDO LA PRIMERA BATALLA
Aquí en América, los niños (y los mayores también) hablan de buenos (good guys) y malos (bad guys). Los buenos son buenos, y los malos son malos. Yo, que estoy acostumbrada a las tonalidades en gris, me cuesta acostumbrarme a éstas aseveraciones tan categóricas.

Hace poco poquísimo, estuvimos en Lexington para observar la representación de la primera batalla por la Independencia protagonizada por los colonos (aún no llamados americanos) contra los británicos. Todo el público tenía claro quién eran los buenos y los malos. Los colonos, cansados de pagar las tasas abusivas que se les exigía desde el otro lado del océano, eran los buenos. Los británicos, todos bien ataviados con su chaqueta roja y unas bandas blancas, eran los malos.
La representación transcurrió en el mismo escenario en que tuvo lugar la batalla real. Todos los personajes iban bien caracterizados y los espectadores los seguíamos con nuestros teléfonos móbiles y nuestras cámaras que intentaban captar unos momentos históricos acontecidos hace ya más de doscientos años.
Papás orgullosos de su historia contaban a sus peques los hechos: "Mira, los colonos, nuestros antepasados, son los que usan vestimenta de diferentes colores y no llevan uniforme, ésa era su ropa de cada día. En cambio, los británicos eran soldados entrenados, todos con su uniforme roja con bandas blancas y mejor armamento que los primeros. 
Los colonos, también llamados "Minute man", cansados del dominio británico, decidieron poner fin a las órdenes que se les exigían desde el viejo mundo, para empezar su andadura como hombres de un nuevo estado dentro del nuevo mundo. Así empezó nuestra independencia."
Según nos contaron los actores amateur que participaban en la representación, la batalla fue un ahora tu ahora yo, ahora los colonos preparan munición, apuntan y disparan a los británicos, quienes estaban a menos de cien metros de su posición; ahora les toca a los británicos disparar a los colonos. Y así sucesivamente.
Aunque los hechos marcaron el nacimiento de un estado, aunque la historia te cuenta que después de la guerra los colonos se organizaron y su calidad de vida mejoró, aunque surgieron héroes con nombre y apellido que con sus gestos cambiaron el transcurso de la historia, te das cuenta de lo absurdo y cruel de las guerras. La mayoría de los heridos moría por las infecciones causadas por las heridas. Demasiados hijos sin padre y muchos padres sin hijos.

¿Y quienes son los buenos y quienes son los malos? Tengo una amiga americana y una amiga británica. Orgullosas ambas del lugar donde han nacido, crecido y donde se han enamorado. Contentas de sus raíces y de los familiares con los que la vida les ha obsequiado. Les preguntaré a ambas quienes fueron los buenos (los good guys), y los malos (los bad guys). No creo que coincidan en sus afirmaciones.


LAS ABUELAS Y LAS REDES SOCIALES: SKYPE
No, no soy la primera ni la última hija en descubrir que su madre, la abuela de mis hijos, es una adicta a las redes sociales. 
Somos expatriados. Nuestra familia vive a miles de kilómetros de nosotros (o nosotros vivimos a miles de kilómetros de nuestra casa). La mera existencia de las redes sociales nos permite mantener un contacto que antaño estaba totalmente perdido. Palabras como Skype, Whatsapp, Facebook, Twitter, blog... no formaban parte ni del imaginario popular hace menos de diez años. Ahora se han convertido en la razón de la existencia para las abuelas y los abuelos que tienen a sus nietos lejos de sus hogares. 
Mi madre, la abuela perfecta, la adorada de mis hijos, la que cocina la mejor sopa del mundo, empezó su marcha a través de las Redes Sociales con Skype. En nuestras primeras conexiones, era divertido (y demasiado estresante), observar a mi madre a través de la pantalla del ordenador, mientras la pobre mujer se peleaba con los iconos para que ella también nos viera por la pantalla, para que la escuchásemos y ella nos escuchara, para... para todo. Ahora ya llevamos muchas conexiones por Skype, que han  conseguido que ambas aprendiéramos mejor cómo funciona esta red social, aunque siempre hay momentos de histeria o de desconexión (como mujer que soy, siempre daré la culpa de los fallos de nuestra comunicación a internet y a los programadores, mi madre y yo nunca tendremos la culpa de que en un momento determinado no hayamos podido comunicarnos). 
Os relato un fragmento de nuestra conversación de anteayer:

Yo: "Mamá, no te veo."
La abuela: "Yo a ti si."
Yo: "Selecciona el icono con la cámara."
La abuela: "¿Qué es un icono? ¿Por qué no te veo? Cuqui, no te veo (ningún comentario sobre el nombre por el que mi madre me llama)."
Yo: "Hay un botón con un dibujo de una cámara, selecciónalo."
La abuela: "(gritando) ¡CUQUIIIIIIIII, NO TE VEO!!!!!¿SE HA ROTO EL ORDENADOR? Ah, espera, ¿éste botón? (como si yo pudiera ver su pantalla) ay, mira, hola! ¡Ahora te veo, finalmente!"

Después de estos primeros momentos demasiado comunes en la mayoría de nuestras conversaciones, empezamos el relato de nuestras vidas. Primero, las necrológicas. 

La abuela: "Se ha muerto tal persona, ¿la conocías? 
Yo: "No"
La abuela: "Si, era la madre de fulanita que vivió en el barrio cuando tu eras pequeña y..."
Yo: "Mamá, que es igual, que no la conozco...

Y así continuamos cinco, diez minutos o una hora, peleándonos, dándonos información cruzada, como si estuviéramos una enfrente de la otra sin informática de por medio.
Otro gran handicap del Skype es la conversación que la abuela espera de los nietos y la conversación real que éstos le dan. La abuela espera que los niños estén quietos, mirándola y conversando con ella, contestando a sus preguntas y que le digan que la echan de menos. Mis hijos (y me parece que los hijos de todos los expatriados en general), hacen la vertical, empiezan a dar brincos, se pelean, pasan totalmente de su abuela... y la pobre mujer queda extenuada y decepcionada al colgar. Aún recuerdo la cara de frustación de mi madre en el primer Skype con sus queridísimos nietecitos. 
Normalmente, la madre (o sea yo), voy dictando a mis hijos lo que la abuela quiere oír:

Yo: "Decidle a la abuela que la quereis mucho)
Mis hijos: "..........."
Yo: "DECIDLE A LA ABUELA QUE LA QUEREIS MUCHO."
Mis hijos: "La quereis mucho."

Y así vamos pasando. Mis hijos contando por mi boquita de alelí lo que han aprendido en el cole, mientras ellos corren por la casa como si una araña gigante los persiguiera. La abuela preguntándoles cosas y yo contestando por mi boquita de alelí y gritando como una posesa para que estén quietos un minuto ¡un minutooooooooooo!
Aunque las conversaciones por Skype no son las conversaciones que uno espera con los niños, aunque yo me estreso al intentar que ellos hablen y mi madre escuche, agradezco infinitamente que exista esta herramienta que nos permite un contacto regular con nuestros familiares queridos. 
El otro día pusimos el Skype con mi suegro dentro de la pantalla en la mesa del comedor. Nosotros desayunábamos mientras él cocinaba su comida. Fue una delicia, realmente, parecía que estuviéramos todos juntos comiendo. Y es que quien no se conforma es porque no quiere.


ADIÓS, MERCEDITAS, ADIÓS
Me encantan las merceditas. Vamos, las bailarinas. Esos zapatitos tan femeninos, con punta redonda, totalmente planos y que parecen fabricados para pies frágiles y delicados, pies que no quieren tocar el suelo con su delicada piel, pies que flotan dentro de un envoltorio exclusivamente femenino y que hacen que parezcas más joven (dentro de tu cabeza, claro está).
No hay que decir que los tacones me vuelven loca. Mi abuela y mi madre han gastado lustros de su vida para convercerme que los zapatos con tacón te hacen más delgada, que estilizan tu figura, vamos. Con casi cuarenta añitos me convencieron, pobrecitas, exhaustas estaban ya después de tanto tiempo dándome la tabarra. Y ahora, con cuarenta años y pico, después de descubrir una de las verdades universales (preguntádselo a Sofia Vergara y os contestará que, evidentemente, los tacones estilizan la figura), va y nos mudamos a Massachusetts.
He aparcado mis merceditas y mis zapatos de tacón en un hueco del armario.
¿Por quéeeeee?¿Por quéeeeee?
Este invierno en Massachusetts ha sido de los más fríos que recuerda la gente de la zona (si, incluso mayores de setenta años no recuerdan un invierno más frío que este), con lo cual mis zapatos para salir a la calle han sido únicamente unas botas con pelo dentro (ni idea de si el pelo es de conejo, de cabra o de poliester) que me han protegido los dedos de los pies de quedar hipercongelados. Ahora que se acerca la primavera (pues parece que no, que aún no ha llegado, que está a la vuelta de la esquina desde hace demasiadas semanitas), mi calzado se ha transformado en calzado deportivo. Si, mi calzado primordial es deportivo, madre mía! Yo, que soy más patosa que un oso dando brincos, que cuando corro unos metros mi mejor amiga me confía por lo bajín que no tengo talento para correr, que no diviso la pelota de badmington aunque la tenga delante de la cara... yo, esa deportista nata, usa normalmente zapato deportivo. ¡Dios mío!¡No sé ni cómo contárselo a mi madre!¡Pobre mujer! Ahora que podía decir orgullosa a sus amigas que su hija, cumplidos los cuarenta, ya se maquilla (otro descubrimiento tardío) y va con tacones, no podrá enseñar las fotos que su hija le manda por whatsapp, puesto que se la ve siempre con zapatos deportivos.
¿Y por quéeee? vuelvo a preguntarme. Pues por comodidad, evidentmente.
Antes de llegar a Norteamérica, tenía calzado deportivo como fondo de armario, no fuera que por algún motivo tuviera que hacer alguna excursión imprevista que me cogiera desprevenida. Tenía unas deportivas blancas que no se me ensuciaban nunca (bueno, un poco de polvo del armario las ponía un poco sucias, pero con un drapito ya volvían a relucir) y daban luminosidad entre el resto de mis zapatos.
Ahora, aquí en Massachusetts, mis zapatillas de zumba de antaño son mis zapatos más usados. Debo reconocer que son comodísimas, que sobre el asfalto es lo más, y que estoy consiguiendo verlas femeninas en cuanto que son rosas y a mi este color ya me convierte en princesa. Y paseando voy, paseando vengo, caminando voy de aquí para allá.
Puedo decir y afirmo que mis hijos y yo llevamos el mismo tipo de calzado (Aún no sé cómo contárselo a mi madre para que la pobre mujer no se derrumbe). Y debo reconocer que con este calzado, la vida se pasa mejor.


HABLANDO CON DESCONOCIDOS
¿Me está diciendo algo a mi?
Muy típico de aquí.
Estaba yo en una tienda de menaje mirando platos y una señora (parecía muy fina, de mediana edad) me dice que nunca había visto platos de este color y que le encantan (lo reconozco, yo estaba mirando platos de color rosa que hoy forman parte de mi vajilla). Por supuesto que no conocía de nada a esta señora. Nunca la había visto. Por educación yo le contesté que a mi también me gustaban mucho (con dos niños, siempre que puedo comprar algo de color rosa, con flores y lacitos, lo compro!). Vi que la señora continuaba su camino entre platos y vasos, con una leve sonrisa en los labios y sin decirme una palabra más.
Estábamos paseando en la calle y una chica (parecía divertida y simpática) nos dice que le encantan las zapatillas de mis peques. Yo que se lo agradezco y continuamos nuestro camino.
Entré en la lavandería a recoger una chaqueta y la señora a la que atendían en ese momento (una mujer con un gorro horrible de todos los colores, bastante solitaria y con expresión de haberlo visto ya todo) se gira hacia mi y me dice que el lavandero está haciendo un gran trabajo, teniendo en cuenta que la mujer se le murió hace poco y él tiene que tirar solo del carro. Yo aquí sólo pude exclamar un "Si..." por lo bajín puesto que la sinceridad de esta total desconocida me dejó descolocadísima.
Justo acababa de coger una prenda de ropa en una tienda para observarla y pasa una mujer (de mediana edad, acabada de salir de la peluquería) junto a mi comentándome que la camisa en cuestión es preciosa. La contesto afirmativamente y cojo la pieza con fuerza sin que se me note, no sea que la señora que acaba de salir de la peluquería la quiera para ella.
Y sumo y sigo.
Aquí es normal que te encuentres a gente, totalmente desconocidos, dispuestos a regalarte una frase amable (o cotilla, como es el caso de la señora de la lavandería). Aquí es normal que cuando vayas con tu carrito de la compra por el super y te encuentres a una mamá con su carrito, el niño de tres años dentro de él, y el bebé en brazos impidiéndote pasar, la pobre mamá te pida disculpas e intente con las pocas extremidades que le quedan libres dejarte pasar a ti con tu carro y tu café del Starbucks. 
Cuando llevo a mis peques al cole, las profesoras o padres y madres que me cruzo por el camino siempre tienen una sonrisa para mi y un "Qué tal?". 
Cuando encuentro una mamá conocida de vista de un par de veces, la mamá en cuestión me saluda con un "¡Hooolaaaa!" y una sonrisa de oreja a oreja. 
Al principio pensé que el día no tendría suficientes horas para todas las amistades potenciales que estaban surgiendo. Ahora, pero, compruebo que éstas muestras de... Cómo decirlo? solidaridad, buena educación, alegría,... no necesariamente implican el comienzo de una buena amistad. Sencillamente, son muestras de educación, actitudes que los americanos están acostumbrados a dar y a recibir y que terminan normalmente aquí, en este comentario o en este saludo simpático.
No es típico en mi país de origen estas muestras de educación. Allí la gente se saluda efusivamente si son conocidos y se caen bien, se evitan si son conocidos y no se caen bien, o se ignoran si no son conocidos y punto. 
Otra diferencia a tener en cuenta en el país del "Todo es posible".


LA SECRETARIA
Antes de desplazarnos toda la família a Boston, mi marido y yo hicimos una avanzadilla en busca de casa y colegio. Previamente nos habíamos puesto en contacto via email con varios agentes de la propiedad (aquí se llaman "realtors") para encontrar una casa.  La mayoría de los agentes de la propiedad nos contestaron via email muy solícitos a nuestras demandas. También contactamos con varias escuelas pidiéndoles una cita.  La mayoría de las escuelas no contestaron. De la docena con las que contactamos, sólo dos nos devolvieron el mensaje diciéndonos que cuando hubiésemos encontrado casa contactásemos con ellos. Sólo una de las escuelas nos contestó amablemente prestándose a darnos toda la información que deseáramos sobre la documentación necesaria y otros trámites.
Al llegar a Boston y alrededores, los agentes de la propiedad empezaron a enseñarnos casas, a cual más fea, medio en ruinas y con unas moquetas que como mínimo escondían años de polvo y suciedad. Mi marido y yo cada vez estábamos más derrotados y más preocupados puesto que ninguna de las casas o pisos que nos mostraban cumplían ni de lejos nuestras expectativas. La casualidad, la providencia o lo que a ustedes les plazca llamarlo hizo que la única casa que vimos en condiciones fuera precisamente la que tenía como cole asignado el que nos contestó amablemente.
Así pues, nos acabamos de enamorar de la casa y al dia siguiente nos dispusimos a ir al cole. Y allí estaba ella. La secretaria que tan amablemente nos había tratado por email y que continuó haciéndolo cara a cara. Nos mostró todo el colegio, mientras a su paso se encontraba a toda una retahila de profesores y alumnos. A todos saludaba amablemente y ellos le devolvían el saludo. De todos, profesores y alumnos, conocía su nombre y les deseaba los buenos días. Nos pidió toda la documentación  (la cual yo llevaba dentro de una carpeta monísima y nada discreta de Ágata Ruiz de la Prada) que nos había indicado por email y al cabo de poco rato, nuestros hijos ya estaban inscritos en la escuela. Nos dijo que los esperaban con impaciencia.
La primera impresión de la secretaria del colegio fue buena aunque fuera via email. La segunda impresión fue buenísima. Y desde entonces no ha dejado de mejorar día a día. Es una mujer de unos cincuenta años, con media melena de color gris. Unos ojos escondidos tras unas gafas discretas te miran directamente a tus ojos cuando le preguntas. Sin maquillaje, con vestuario cómodo y de abrigar que envuelve su figura. Conoce las respuestas a todas tus preguntas, ya sean sobre temas médicos, o dónde encontrar la tienda adecuada para el producto que busco o como ponerme en contacto con una mamá pidiéndole antes a ella el consentimiento. 
Un buen día uno de mis hijos tocó un trozo de madera y le quedó una astilla pequeñita en el dedo. Mi hijo, que en estos temas no se parece a Spiderman para nada, empezó a llorar no porque le doliera, sino al pensar que tarde o temprano aquella astilla debía sacarse. Ni la enfermera del colegio ni yo logramos tranquilizarlo para que estuviera quieto y pudiésemos sacarle la astilla. Entonces llegó la secretaria, se arrodilló delante de mi hijo y mirándolo directamente a los ojos, le contó un remedio infalible: "Mira, a uno de mis hijos le sucedió lo mismo que a ti, hace ya mucho tiempo, y sabes cómo conseguimos sacarle la astilla sin que él ni siquiera se diera cuenta? Mi hijo puso la mano un momentito debajo de agua caliente y después le sacamos la astilla muy fácilmente." 
Mi hijo dejó de llorar y nos fuimos raudos a casa. Lo que él no entendió fue el concepto tiempo; el "momentito debajo del agua caliente" de la secretaria se convirtió en media hora con la mano dentro de un cazo de plástico lleno de agua caliente. Al dejar que le sacara la mano, la tenía más arrugada que el culo de un elefante, pero accedió a que intentara quitarle la astilla. Y lo conseguí a la primera (o eso creo, porque era tan pequeña que me costó divisarla).
No soy la única que piensa que la secretaria del colegio de mis hijos es una persona sensacional. Otros padres lo han comentado, e incluso el profesor de gimnástica, durante una demostración de su asignatura, nos dijo que la secretaria le había conseguido un aparato de audio para su clase, y que era una mujer excepcional. 
De hecho, creo que es la persona más genial que he conocido hasta ahora en este país.

ST PATRICK'S Y COMPAÑIA
¿Qué se celebra?
18 de marzo. Boston y alrededores. Previo a este día, los comercios a los que soy asidua ya me daban pistas de que se estaba acercando un día peculiar. Camisetas de color verde con tréboles dibujados, la palabra "Irish" impresa en las camisetas; adhesivos que dan a los niños en forma de trébol verde... aunque yo no le daba demasiada importancia al posible acontecimiento que se estaba preparando.
Al llegar el día en cuestión, yo, como cada día, acompañé a mis hijos al colegio. Muchos de los niños que llegaban iban vestidos con alguna prenda de color verde: una camiseta (la más normal), unos calcetines, una bufanda... o si acaso todo lo verde que habían podido encontrar. Una amiga mía americana que vive en North Carolina me envió un Whatsapp para preguntarme qué tal me iba San Patrick's day, junto con una foto de ella... ¡con camiseta verde! Al comprobar, pues, que no se trataba de ningún evento aislado, empecé a preguntar de qué se trataba la festividad en cuestión y aquí es cuando quedé pasmada, puesto que vi varias versiones. Os cuento las que descubrí:
Versión adultos americanos:
Nadie tiene muy claro a qué se debe la festividad de San Patrick. Mi viejo amigo Jack, el policía que dirige el tráfico en las horas punta escolares, me contó que San Patrick consiguió ahuyentar a todas las serpientes de Irlanda. Una de las mamás que estaba conmigo escuchando a Jack, enseguida añadió: "y de este modo todo el mundo pudo ir a los bares a beber." Porque de eso se trata. De beber. Los americanos saben que ese día se bebe. A destajo. Hay muchas raíces irlandesas en todos los Estados Unidos, y los americanos aprovechan este día para celebrarlo bebiendo. Y no vale vino, no. Se trata de beber cerveza o whisky. Lo curioso es que es una festividad irlandesa que, según me han contado, sólo se celebra en América. Curioso, curioso.
Versión niños dulcificada:
Durante ese día, hay un elfo travieso, vestido completamente de verde, con un gran sombrero de copa, que se dedica a hacer pequeñas trastadas en los colegios y en las casas. Básicamente, se dedica a desordenar lo que estaba ordenado y a robar alguna manzana para zampársela. Mi hijo pequeño me contó que esto exactamente es lo que había hecho en su clase, alborotar algunos papeles y coger una manzana. Cuando llegamos a casa, mi hijo buscó arriba y abajo la presencia del elfo y me aseguró que muchas cosas que estaban desordenadas las había desordenado el elfo travieso, que había conseguido entrar en casa (a veces creo que mis hijos me toman por tonta, puesto que el día anterior ya los había castigado por no tener su cuarto ordenado. Y cuando mi hijo me comentó que había sido el elfo, yo le recordé que el cuarto estaba exactamente igual a como lo dejaron ellos solitos sin ayuda de ningún travieso más). ¡Pero atención, si lo descubres rondando por tu casa, el elfo travieso te mostrará el arco iris!¡Y además, trae regalos!!!!! (Nota mental: preguntar por San Patrick días antes del 18 de marzo para tener tiempo de que mamá elfa pueda comprar regalos)
Versión mamá atónita:
Me levanto por la mañana. Los niños me piden camisetas verdes para el cole que yo no tengo. Nos dirigimos al cole. Veo a un montón de niños con prendas verdes e incluso a una niña con purpurina verde en la cara y un trébol pintado en la mejilla. Una mamá se quita su bota para mostrarme su calcetín verde. Voy con mis hijos a tomar un helado y nos los sirven con pedacitos de caramelo ¡de color verde! Y por la noche, después de buscar al elfo por toda la casa, me siento en el sofá, enciendo la televisión y puedo ver: "El hombre tranquilo", o lo que para mi es la mejor película de John Wayne y Maureen O'Hara. No cabe decir que la acción transcurre en Irlanda y los diálogos tienen ese slang irlandés que no consigo descifrar. Me voy a la cama, no sin antes rebuscar entre los cajones por si encuentro algún regalito que pueda dejar el señor elfo. Buenas noches. Hasta el año que viene, St Patrick.


PLAYDATE
¿Puede venir X a jugar?
La bendita secretaria del cole fue la que me habló por primera vez de los Playdates. Yo no tenía ni idea de lo que eran. Además, las primeras semanas de estar viviendo aquí, cuando alguien se dirigía a mi, yo usaba mi sonrisa encantadora, lo miraba apaciblemente y lo escuchaba sin entender muchas de las palabras que me soltaba, mientras mi cabeza iba asintiendo a su cháchara, como si comprendiera totalmente a mi interlocutor. O sea, que entendí a medias (vale, lo reconozco, menos que a medias), lo que era el concepto de Playdate. 
Al cabo de unos días se me acerca una mamá de cole y me dice que a su hijo pequeño le encantaría tener una Playdate con mi hijo menor. Yo, por eso de ser simpática con todo el mundo, le exhibo la mejor de mis sonrisas y le digo que a mi peque también le encantaría una Playdate con su hijo, claro está. La mamá (que después supe que era de Vietnam, con cuatro hijos varones y una hija mayor) me dijo si el sábado siguiente me venía bien, y yo le contesté que perfecto. 
Y así quedamos para la Playdate, sin tener ni idea de lo que era.
Al cabo de unos días, recibí un email de la mamá de Vietnam, diciéndome lo contentos (aquí "excited" es sinónimo de contento, con lo cual yo me paso "excited" casi todo el día) que estaban ella y su hijo de que mi peque pudiera ir a su casa a jugar el sábado. O sea que era eso! Bueno, el nombre en si ya me daba suficientes pistas: Play+date = jugar+fecha , pero por eso de la inseguridad y la adaptación de las primeras semanas, no sabía lo que pensar. En el email también había escrito su dirección y la hora a la que mi churumbel debía llegar a su casa. 
Así pues, el sábado en cuestión mi peque y yo nos dirigimos a la casa de la simpática mamá y su hijo, que ya nos esperaban (no con los brazos abiertos, que aquí eso de tocarse no se estila). Los niños, como es normal, empezaron enseguida sus juegos, mientras yo no sabía lo que debía hacer con mi persona. ¿Debía quedarme?¿Podía irme? La mamá me daba conversación y yo a ella, pero yo no me quitaba el abrigo y ella tampoco me invitó a que me lo quitara. Al final, le eché valor y le dije que me iba y que recogería a mi hijo...¿al cabo de un par de horas? ¡Perfecto! me suelta ella. Me dice que los chicos estarán todo el rato jugando dentro, que afuera hace demasiado frío, y que puedo venir cuando me parezca. 
¡Caramba!¡Dos horitas para mi!¡Fantástico! El padre de mis criaturas está en casa con el mayor, el pequeño está en casa de un nuevo amigo, y yo aprovecho para... hacer la compra!!!! Vida de mamás;)
Desde ese día, yo misma he organizado varias Playdates en casa y otras mamás me han preguntado si pueden venir mis hijos a una Playdate en su casa. 
Oséase, en resumidas cuentas, una Playdate es una cita de niños organizada por sus mamás para:
- que los niños socialicen fuera de la escuela
- ahorrar dinero a los papás puesto que se organizan en las casas
- dar libertad de acción a la madre que lleva a su hijo a jugar en casa del amigo
- conocer a padres y niños con quien puedes establecer una  posterior relación de amistad (o no)
Las Playdates acostumbran a ser recíprocas. Es decir, si el niño que invitaba no ha roto la crisma al otro, normalmente al cabo de poco tiempo el primero recibe una invitación para ir a jugar a casa del amigo. 
Otro buen invento de la sociedad americana (¡y sin coste adicional ni compras extraordinarias!).


PREPARANDO LA MARATÓN
¿Pero quién puede correr con este frío?
Cuando el año pasado llegamos a Massachusetts, ya me sorprendió la cantidad de gente practicando el running en nuestro vecindario. En el cole, a las 8:20 de la mañana, cuando dejo a mis peques, veo bastantes papás y algunas mamás ataviados con ropa deportiva ajustada, es decir, preparados para salir a correr.
La indumentaria básica de estos individuos es la que sigue:
Cintura para abajo
Pantalones (bueno, dejémonos de manias, son mallas directamente) de color negro. Se ajustan perfectamente al contorno de la piel, con lo cual sólo pueden llevarlos (y en realidad es así), los papis y mamis con una figura envidiable (o casi). Si eres la versión masculina, unos shorts negros cubriendo parte de las mallas anteriormente citadas conjuntan bien (o eso es lo que creen ellos). Si eres la versión masculina en plan joven de Harvard, incluso te atreves con un "sin mallas" directamente y dejas que los pelos de tus piernas respiren el aire.
Zapatillas deportivas última generación. De colores vivos, siempre con aspecto de estar recién estrenadas y que parece que te levantarán del suelo de un momento a otro.
Calcetines invisibles. Si, de esos calcetines cortos cortísimos que apuntan un milímetro o milímetro y medio dentro de las zapatillas.
Cintura para arriba:
Chaqueta deportiva, bastante ajustada, generalmente con cremallera, generalmente negra o amarilla (no me preguntéis el porqué de los colores, yo sólo soy una pobre observadora).
- Desconozco lo que pueden llevar debajo de la chaqueta, nadie hasta el momento la ha abierto estando yo presente. 
Gorro. Ésta es la parte en la que usan la imaginación desbordante: todos suelen llevar orejeras, pero algunos gorros son totalmente negros, otros llevan el emblema de los Patriots, el equipo de fútbol americano de New England, orgullo de la nación y sus habitantes. Hay incluso algunos que se atreven con un gorro de tricot, del que penden unas trenzas de lana de las orejeras. Y los más "in" llevan gorros de colores fosforescentes. La versión femenina a veces lleva un turbante amplio que deja salir al vuelo su largo cabello.
Bueno, pues perfecto. Gente preparada para correr. Gente sana (healthy, que aquí se estila).
Mi admiración no se encuentra en su ropa. Mi admiración se basa en que hace más de dos meses que estamos cubiertos de nieve, las tempestades han sido constantes, cuando sale el sol hace un viento que te hiela hasta las ideas, y no recuerdo la última vez que en el termómetro observé temperaturas positivas. Y aún con esta adversidad climática, hombres y mujeres del área de Boston salen a la calle, en medio de la nieve, del hielo, de los coches que a veces deben torear, puesto que deben entrenar para correr la Maratón de Boston, una Maratón que recuerda a las víctimas de los brutales asesinatos acontecidos hace un par de años mientras la gente corría, una Maratón que nos hace comprobar el instinto humano de la superación, de la constancia.
Venga, faltan pocas semanas para la Maratón de Boston. Los entrenamientos son más constantes, la gente que corre por la calle es cada vez más numerosa. Su lema: BOSTON STRONG, Boston fuerte. Si, debo reconocer que muchos son así.


VALENTINE'S
¿Love is in the air?
No, el amor no está en el aire. El amor está en las tiendas, en los supermercados, en los restaurantes, en las escuelas y en las casas.
El amor en tiendas y supermercados:
A los americanos les gusta regalar tarjetas bonitas felicitando a cualquier persona por cualquier evento. Tienen tarjetas para cumpleaños, para bodas, para acompañarte ante la muerte de un ser querido, para Navidades, para... para todo. Y de padres a hijos, de niños a abuelos, de amigos a amigos, de novios a novias... de todos para todos. Por eso, una vez concluida la campaña navideña, los primeros días de enero ya podías intuir la próxima gran celebración cuando ibas al super en busca de cereales o jabón para la ropa. En el apartado de tarjetas, habían desaparecido las de Merry Christmas y habían sido sustituidas por las de Happy Valentine's day. Tarjetas y tarjetas cubriendo estantes, infinidad de tarjetas, la mayoría con un corazón dibujado y con el rosa como color predominante. Tarjetas que bendecían a tu marido, tarjetas divertidas un poco picantes, tarjetas para decir a tus hijos lo maravillosos que son...colocadas estratégicamente en unos estantes donde la gente está obligada a pasar por delante. En los supermercados u otros establecimientos parecidos, abundaban además las chocolatinas o los bombones envueltos en cajas en forma de corazón de color rojo y las cosas de casa en forma de corazón (ya sea un marco de fotos o un cojín para el sofá). Difícil era durante este mes largo que no cayeras en la tentación de comprar alguna cosa con forma de corazón.
El amor en las escuelas:
Unos quince días antes del Valentine's day, los niños llegaban a casa con una carta de su profesora. Si te acordabas de abrir su maleta y revisar (o husmear) entre los papeles esparcidos, podías ver la carta de la profe dónde indicaba que en la escuela se celebraría el Valentine's day y que si los niños querían hacer "Valentines", debían hacerlo para todos los compañeros de su clase. No valía para unos si y para otros no. Adjunto al papel, un listado con todos los nombres de los compañeros de clase y profesores, para que no se olvidaran de ninguno. Yo, aunque lo intuía, no sabía del cierto que era un Valentine. La pobre profesora me sacó de dudas diciéndome que era... una tarjeta de felicitación!!!!
Así pues, me fui a comprar 50 tarjetas de San Valentín (tengo dos niños con unos 25 compañeros de clase por cabeza) y empezamos a rellenarlas. Debo decir, aunque esté mal, que compré no las más bonitas, sino las más baratas. ¡Eran 50, y no cincuenta sombras de Grey precisamente, eran 50 tarjetas para unos niños que apenas saben leer! Y debo aclarar que salieron bastante resultonas. Mis hijos practicaron caligrafía gracias a los Valentines durante toda la semana.
El amor en los restaurantes:
Para celebrar el dia del amor, nuestra familia en pleno (el padre de mis hijos, mis hijos y yo), decidimos ir a comer a un restaurante. Un restaurante con unos bocadillos de langosta (lobster) sabrosísimos! (no, no voy a contar calorías, no voy a contar calorías). Este restaurante en concreto estaba especializado en langosta, muy típica de estos parajes, y demás tipos de pescado. En la entrada, además de la chica del mostrador, un cartel nos daba la bienvenida ¿Cómo? con un dibujo de dos peces besándose!!!!!! Por lo demás, los camareros no daban besos, no iban con corazones tatuados, las mesas no tenían manteles rosas o rojos... pero eso si, el cartel de la entrada te daba la bienvenida a ti... y al amor (aunque pasado por agua a través de dos truchas besándose).
El amor en casa:
después de darnos las correspondientes tarjetas de Valentine's, los niños a los padres, los padres a los hijos, el padre a la madre y la madre al padre, padre y madre esperaron a que los niños se fueran a la cama. Al cabo de más de una hora intentando que se durmieran (el padre contando el cuento de unos tres cerditos muy "sui generis"), la pareja de enamorados (ese padre y madre cansados), se vistió de gala (ella con un vestido y él con una camisa blanca y unos pantalones modernos), abrieron una botella de champán y comieron fresas. Hablaron largo y distendido de todo y de nada, mientras la bebida y la comida iba desapareciendo. Eran ellos dos, con sus historias, sus risas, sus miradas cómplices. Ellos dos que se conocen ya de muchos años, que han compartido cosas buenas y cosas malas. Ellos que tienen dos tesoros en común durmiendo en una habitación cercana. Ellos dos con su amor por bandera. Ése, ese fué mi verdadero San Valentín.


MYSTERY DINNER
¿De qué se trata?
Cada año, todos los padres del cole donde van mis niños están invitados al Mystery dinner. Nosotros no teníamos ni idea de qué se trataba, pero nos dijeron que era una cena donde se conocía a gente, y decidimos ir por eso de la socialización (punto 4, 6 y 13 del Decálogo de la Madre expatriada).
La misma semana "in extremis" di con una canguro (aquí las llaman babysitter) de 14 años, muy educada, que se trajo su libro tostón y dejó su chaqueta medio colgando del sofá nada más llegar a casa para cuidar de mis churumbeles.
Y ahí estábamos, mi marido y yo, ataviados con nuestras mejores galas (un vestido oscuro con un collar de perlas (falsas) y unas botas negras, puesto que no me atreví con tacones), un poco de pintalabios y sin las uñas arregladas ni pintadas, dispuestos a socializar con quien se interpusiera en nuestro camino. Conduciendo entre la nieve, llegamos a la dirección que ponía en la tarjeta de invitación del Mystery dinner. Ya había otros coches mal aparcados al lado de los montículos de nieve que cubren las aceras, de los que salían parejas más o menos de nuestra edad, más o menos arregladas y más o menos predispuestas a entablar conversación
La dirección en cuestión se trataba de la casa de unos padres del cole. Allí nos reunimos todos los que acudimos al evento. En la entrada, te saludaban ofreciéndote una copa de Prosecco, y a medida que avanzabas por el salón y la cocina de la casa, ibas encontrando gente y comida por doquier. Me pareció que estaba viviendo mi primera fiesta a la americana, de esas que siempre salen en las películas de adolescentes que desfasan, pero doblando (y triplicando) la edad de éstos, y sin desfasar ni un centímetro. La gente estaba contenta, muchos ya se conocían de años anteriores, y las conversaciones eran animadas. Nosotros, sin dejar nuestra sonrisa de "Hola, soy nuevo, ¿quieres conocerme?", conseguimos finalmente hablar con un hombre de mediana edad y su pareja, super simpatiquísimos y que nos contaron que se casaban el mes que viene. Contamos que había como un centenar de personas allí reunidas. Los anfitriones eran muy amables y no paraban de sacar platos repletos de comida, que ponían sobre una de las muchas mesas que habían dispuesto por todo el piso. Al cabo de un rato, vimos una mesa con unos sobres. En uno de los sobres, había el nombre de mi marido y el mío. Al abrir el sobre, había un papel con la dirección de la casa donde iríamos a cenar. Vimos que todo el mundo cogía su sobrecito y se dirigía a su segundo destino de la noche. 
Nuestro segundo destino era la casa de otros padres que se habían también ofrecido a ser unos de los anfitriones (hosts) para unas cuantas parejas aquella noche. Si mal no recuerdo, me contaron que en total había unos 11 hosts, y todas las parejas reunidas en la primera casa nos repartimos en las casas de los otros hosts. Nos recibieron muy bien también en esta segunda casa. En el salón, habían dispuesto más comida para picar. Allí entablamos conversación con casi todos los allí reunidos. Primero hablando de la clase a la que iban nuestros hijos respectivos, luego de nuestras distintas nacionalidades, luego de la nieve... hasta que nos sentamos. A nosotros nos tocó al lado de una pareja enamorada de Barcelona. El hombre había pasado la mitad de su vida en la India y la otra mitad en América. Era culto, divertido y no daba importancia al sentimiento de pertenencia a uno u otro lugar. Consideraba que la gente y su visión se va adaptando a los cambios que hay en la vida, y es muy posible que una persona que piense una cosa determinada hoy, cambie de opinión llegado el momento debido a su experiencia mañana. Me encantó su visión, su energía y sus ganas de compartir. Delante de nosotros, una mujer de China preguntaba cosas sin cesar. Era muy agradable, le encantaba conocer y sus réplicas eran fenomenales. Había vivido en Beijing, Londres, Boston, Vancouver y ahora estaban de vuelta otra vez en Boston. Había dejado a su marido de babysitter, puesto que ella cuidaba todo el día a sus hijos y ahora quería ser ella la que socializara. Y así, entre bocado y bocado, entre copa y copa, nos conocimos todos un poco más, compartimos experiencias, inquietudes y ganas de reír y de pasarlo bien. Al cabo de un rato, alguien dijo que era hora de marchar al tercer destino: la casa del último anfitrión, donde se servirían los postres.
Marchamos, pues, a nuestra tercera casa de esa noche acompañados de una nieve cada vez más intensa y un frío más helado. Debo decir que aparcamos delante de una casa espectacular. Inmensa y preciosa. Entramos en ella y comprobamos que sólo la cocina ya era mayor que nuestra casa. En la enorme isla de mármol de la cocina, nos esperaba una montaña de helado con distintos toppings para aderezarlo a nuestro gusto. Cada invitado cogía su vasito de cartón y se servía él mismo, con todas las cosas que me tengo prohibidas en las comidas de lunes a viernes por su alto contenido en azúcar. Cada vez se iba llenando más la casa, las luces funcionaban a medio gas, la gente parecía muy contenta.
Nosotros nos fuimos pronto, no sin antes saludar a nuestros nuevos conocidos, no sin antes apuntarnos algún móbil de contacto, no sin antes saludar a alguna madre conocida de algún evento anterior. 
Debo decir que lo pasamos super bien. Todo estaba requetebién organizado, la gente estaba predispuesta a pasar un rato agradable, y nosotros ya estamos esperando ansiosos la próxima fecha de un evento similar. 
Al llegar a casa, los niños dormían plácidamente y me fui a la cama con una sonrisa en los labios.

Recomiendo totalmente este tipo de iniciativas. Sirven para socializar, para compartir diferentes puntos de vista, para pasar un rato divertido. Además, todos pagamos una contribución. Parte de ésta sirvió para pagar la comida que nos zampamos y la otra para recaudar fondos para material de la escuela. Es una iniciativa exportable y llena de...misterio.......;)


UNA AMIGA ESPECIAL
Mi nueva amiga es muy callada. A veces susurra, pero la mayoría de veces no abre su boca. 
Mi nueva amiga es muy bonita. Tiene la piel blanca, muy blanca, y sus movimientos son lentos, pausados y graciosos.
Cuando empujan a mi nueva amiga, ella se deja llevar, no le importa cambiar sus pasos.
Mi nueva amiga tiene las manos frías, aunque no lo parezca.
Mi nueva amiga transmite calma, sosiego y paz.
Nunca ha querido entrar en casa a tomar café.
Y yo la observo embelesada, la espio detrás de mi ventana, mientras cojo mi taza y sorbo mi cafeína diaria.
Estos días camina mucho delante de mi ventana, aunque yo hago como si no la viera, como si no me importara su existencia.
A veces no aparece aunque se la espere, otras aparece sin avisar.
Mi nueva amiga me envuelve con sus brazos y yo no sé deshacerme de su encanto.
A veces se aleja si le hablo, a veces se va cuando camino.
Me acompaña en mis paseos, la tengo cerca cuando estoy en casa.
Mis niños la adoran, no se cansan de jugar con ella.
Aunque cuidado, cuando se enfada, mejor no te la encuentres por el camino, su discurso te puede dejar helado.
Nieve, amiga mía, debo reconocer que me gustas mucho.


SUPER BOWL

¿El mejor espectáculo del mundo?
Vivimos en New England, cuna de los Patriots, el equipo de fútbol americano que acaba de ganar la Superbowl. La semana pasada, prácticamente todos los niños del colegio llevaban alguna prenda de ropa de los Patriots. Si ya es normal ver a la salida del cole a muchos niños y bastantes padres con el gorro de lana de los Patriots, la semana pasada ya era una exageración la cantidad de ropa (camisetas, gorros, bufandas, chaquetas...) que podías ver de este equipo.
Y llegó el gran dia. El día de la Superbowl. El día del espectáculo asegurado, en que si eras muy afortunado habías podido acudir al estadio de Phoenix donde se jugaba el evento, y si eras afortunado podías verlo desde tu casa, cómodamente sentado en tu sillón favorito. Nosotros fuimos de los afortunados, con lo cual estuvimos sentados en nuestro sofá contemplando el espectáculo. 
No faltó de nada. La NBC estaba conectada al estadio mucho antes de que empezara el partido, para poder contemplar el ambiente, el ánimo de los jugadores, las opiniones de gente reconocida del mundo del fútbol... Al llegar la hora, un par de cantos emocionados del himno americano anunciaban que el espectáculo estaba a punto de empezar. Una vista de las Montañas Rocosas (lugar dónde se celebraba el encuentro), una foto del Skyline de Boston por la noche (cuna de los Patriots), y una vista de Seattle (cuna de los Seahawks) con su torre más famosa al fondo, la Space Needle, te situaban en el universo de los Estados Unidos de América.
Y empezó. Empezó el partido. Mi marido leía las instrucciones del juego simultáneamente a la visualización del partido, para que pudiéramos entender lo que se estaba cociendo en el campo. Ahora ataca un equipo, ahora ataca otro. Los golpes, machacazos, batacazos, saltos, piruetas... todo parece permitido pero a la vez se sigue una estricta normativa. La emoción está servida, el resultado muy igualado. Mis hijos hablan de los Seahawks como de los malos, mientras su padre y yo intentamos explicarles que rivales en el campo no necesariamente significa que haya buenos y malos. 
Tom Brady, la estrella de los Patriots, está permanentemente enfocada per multitud de cámaras, ya sea dentro del terreno de juego o en sus ratos de descanso bebiendo. 
Llega la media parte. Unos anuncios carísimos y larguísimos de coches, seguros y bebidas (en que se cuentan historias sobre familias que te emocionan), son el preludio de la guinda de la media parte: Katy Perry aparece en el estadio, a oscuras, cantando una de sus más conocidos top ten, montada en un león metálico gigante. Acaba su coreografía sobrevolando el campo bajo una estrella y cantando otra de sus canciones superpopulares. Impresionante de nuevo. Fuegos artificiales por doquier, cientos de ellos, iluminan el estadio, anunciando el inicio de la segunda parte. 
Y empezamos otra vez. Parece que los Patriots quedarán eliminados, todo parece que vaya viento en popa para los Seahawks. Incluso la cara de los entrenadores de cada equipo evidencia la superioridad del equipo de Seattle. Somos pesimistas, estamos lamentando el resultado cuando un touchdown de los Patriots y que éstos eviten un touchdown de los Seahawks "in extremis" cambia el resultado por completo. La euforia es máxima, la alegría infinita. Miles y miles de personas corean el "Go Pats", Tom Brady consigue su séptima Superbowl.
Impresionante. Espectáculo al servicio del espectáculo. Hombres fornidos (y algunos con barrigas impresionantes), con casco y mejillas pintadas de negro, se abrazan y saltan al unísono. Los héroes que han logrado ganar están pletóricos. Los héroes que han quedado eliminados están decepcionados. Pero unos y otros, aquellos que se pegaban minutos antes, se saludan cordialmente mientras el pública ruge enloquecido. Otra victoria para los Patriots. una muy buena temporada.
América, patria del espectáculo con mayúsculas. 


CRÓNICA DE UNA TEMPESTAD: JUNO

Domingo 25 de enero 2015
Los medios de información avisan de una fuerte tempestad que se acerca a Massachusetts. Grandes posibilidades de que cierren los colegios durante el martes y el miércoles. 
Lunes 26 de enero 2015
Los supermercados y grocerys están llenos de gente que aprovisiona. La gente compra carne en cantidad y agua embotellada (aunque bebemos agua del grifo, puede que ésta se congele en las tuberías, con lo cual es imprescindible tener una reserva).
Las estaciones de servicio están también ocupadas de gente que llena el depósito de su vehículo.
La gente no está asustada, sabe que tiene que prepararse para estar encerrada en casa todo el día de mañana martes.
Los medios de comunicación avisan de la peor tempestad que haya habido nunca en el estado de Massachusetts.
Los trabajadores acaban temprano y regresan a casa antes de lo habitual.
A las cuatro de la tarde cae una nieve fina y delgada, acompañada de una ligera brisa.
Recibimos una llamada telefónica de la escuela informándonos que mañana martes permanecerá cerrada.
La temperatura es de 27ºFahrenheit.
A las seis de la tarde hay muy poca circulación en las calles y carreteras.
Martes, 27 de enero 2015
Nos levantamos por la mañana con una postal de Navidad detrás de la ventana. Más de medio metro de nieve rodea nuestro entorno. 
Todo el mundo está dentro de sus casas.
La nieve continúa cayendo incesantemente, sin pausa. Ráfagas de viento ayudan a esparcirla por todos lados. 
Juno está sobre Massachusetts, descargando nieve y viento por doquier.
No para de nevar en todo el día, pero las ráfagas de viento son escasas y discontinuas. 
La temperatura es de unos 17ºFahrenheit durante todo el día.
Por la ventana que da a la calle, veo pasar una vecina esquiando, un chico caminando tranquilamente y varios coches quitanieves que hacen lo que pueden para luchar contra unas inclemencias del tiempo a las que ya están acostumbrados.
Parece que hayan desaparecido nuestras escaleras puesto que la nieve las cubre como un manto blanco nuclear. También han quedado dentro de su manto los dos contenedores de basura.
Desde el colegio nos avisan telefónicamente que mañana miércoles también permanecerán cerradas sus instalaciones.
Los medios de información hablan de nevada histórica. Los periodistas desplazados a diferentes ciudades de Massachusetts muestran imágenes de coches totalmente cubiertos de nieve y de la nula circulación por las calles.
Se oyen repetidamente y durante gran parte de la noche las máquinas quitanieve que dejan las calles impolutas.
Miércoles, 28 de enero 2015
A partir de las 12:01 del miércoles se levanta la prohibición de circular por las calles.
Nos levantamos con el mismo paisaje blanco pero con las calles y carreteras limpias de nieve. La circulación es posible.
La temperatura es de 9ºFahrenheit.
No hay viento. Pueden verse trozos de cielo azul que iluminan nuestro blanco paisaje.
Salimos a la calle. El frío no es intenso y nos lo pasamos en grande jugando con la nieve, una nieve virgen que nos gusta pisar, que nos impresiona cuando intenta "comernos", que es polvo blanco imposible de materializar en muñeco de nieve. Es una nieve que tiramos hacia el cielo y parece polvo de hadas. Es una nieve pura y bonita, que te acerca a la naturaleza y a su magia. 
El cielo se cubre de nubes para luego descubrirse en todo su esplendor azul pastel. Una vez dentro de casa, se agradece el sol que pasa a través de nuestras ventanas señalando que la tormenta (blizzard) ha terminado y que Juno ha servido para disfrutar una jornada familiar en casa, salpicada de libros, juegos, trabajo y risas.

LA SALIDA DEL COLE
¿Un mundo ideal?
Imaginad un mundo ideal:
en este mundo ideal, las mamás (y algunos papás y algunas nannies), esperan pacientemente delante de la salida del cole a que sus retoños salgan por la puerta. A la hora en punto, detrás de cada profesora, los niños salen, dan la mano a la profesora, quién saluda a la mamá correspondiente (o al papá, o a la nanny) y corren hacia sus mamás, papás o nannies. Cada niño abraza y besa a su mamá, o papá, y les cuentan la multitud de actividades que han hecho en el cole, y todo lo que han aprendido, mientras caminan hacia casa bajo un cielo soleado y una brisa acaricia las caras de todo el mundo, que sonríe feliz.
En Massachusetts, esta es la salida del cole real:
las mamás (y algunos papás y algunas nannies), esperan pacientemente a que sus retoños salgan por la puerta. Pacientemente pero moviendo los pies continuamente, para no quedar congelados, y con la nariz roja, que por suerte se autoregula para que no se congele. Las mamás (y algunos papás y algunas nannies) van abrigados hasta las cejas con gorros de lana, chaqueta térmica hasta las rodillas, botas con lana dentro y calcetines largos y espesos. Aún así, tres minutos a la intemperie quieto a una temperatura de 3ºFahrenheit (o, lo que es lo mismo, -16ºCelsius), te congela hasta la célula más escondida dentro de tu organismo, si no has nacido en esta región y no estás acostumbrado al frío extremo. Los niños no salen a la hora en punto, puesto que siempre hay alguno que se ha olvidado su gorro en clase en el último momento, o la profesora debe abrochar una chaqueta con la cremallera encallada. Los niños salen desbocados, ven a sus mamás (o papás, o nannies), corren hacia ellos y les entregan su maleta cargada mientras les preguntan si pueden ir a jugar al parque. ¡A un parque descubierto! La mamá, aún no recuperada del último resfriado, y con tos desde hace una semana, les responde que otro día, puesto que hoy hace frío y lo mejor es estar en casa calentitos. Los niños, generosos de por si, empiezan a berrear y a llorar, acusando a su mami de que nunca les deja hacer nada de nada. La vuelta a casa empieza con la pregunta de mamá: "¿qué habeis aprendido hoy en el cole?". Si es una niña la que responde, puede que te diga que se ha peleado con su amiga del alma. Si es un niño, te contestará con un "No lo sé", o un "No me acuerdo". El camino hacia casa será lento, puesto que los niños pasarán con sus botas por todos los charcos de agua congelados. A veces caerán, otras veces su mamá les gritará para que se den prisa, puesto que arrecia viento y la sensación de frío es mucho más virulenta. Al llegar a casa, la mamá cogerá las llaves del bolso (no sin antes hurgar en todos los bolsillos de éste intentando encontrar las llaves con unas manos supercongeladas que casi no responden a los estímulos nerviosos), abrirá la puerta y volverá a gritar a sus hijos por enésima vez que entren en casa sin ningún pedazo de hielo que hayan podido recoger por el camino.
Realmente, tampoco hay mucha diferencia entre el mundo ideal y Massachusetts. Todo es cuestión de actitud ;)

PATRIOTS
¿Los mejores gestionando espectáculo?
Tuvimos la oportunidad de ir a un partido de los Patriots de Boston, el equipo de fútbol americano. Debo decir que a mi el deporte no me gusta, ni practicarlo ni mucho menos verlo. Y contra todo pronóstico, debo decir que fue ¡una experiencia espectacular! 
Aparcas el coche en uno de las múltiples zonas habilitadas para parking cerca (o no tan cerca) del campo unas tres horas antes del partido. Observas multitud de gente (grupos de amigos, familias) que han parado como una tiendecita de lona cerca de su coche y están allí, de pie, abrigados hasta la médula y conversando animadamente con una cerveza en una mano y un trozo de carne acabada de cocinar en la otra. El olor de la carne va siguiéndote hasta el campo. Una vez allí, unos guardias divertidos preguntan a nuestros niños cual es su jugador favorito. Nuestros niños no tienen ni idea y su padre y yo conseguimos decir: "Seguro que es Tom Brady, verdad, hijo?" Tom Brady, el héroe bostoniano, el nombre que llevan impreso en multitud de camisetas mucha de la gente que pasa cerca de nosotros. Tenemos tiempo de comer algo no muy sano en una de las múltiples paradas de comida que hay alrededor de todo el campo. La gente está sonriente, algunos gritan, algunos cantan, todo el mundo parece animado. Llegamos a nuestros asientos. Todo el mundo está en pie. Supongo que al empezar el partido, la gente se sentará. Craso error. ¡La gente no se sienta en todo el partido! Después de muchas canciones, después de escuchar el himno americano en el que todo el mundo se quita el gorro cuando suena, empieza el partido. Los gorros de lana otra vez enfundados, y a animar a los Patriots: "Go, Pats!" En el campo, veo que la pelota y los jugadores avanzan unos metros, luego los jugadores se cambian por otros, luego viene el Touchdown. ¡Euforia! Gritos de alegría mezclados con canciones, con bailes, con risas. Los hombres alrededor nuestro chocan sus palmas con las de nuestros hijos, que contemplan divertidos el espectáculo y se atreven a bailar unas músicas conocidas por todo el mundo, sea americano o no. Canciones con buena sonoridad y fuegos artificiales colman el espectáculo de luz y sonido preparado para esta noche. Ni la lluvia consigue deslucir un espectáculo grandioso. Estamos en Boston, la gente está acostumbrada a las inclemencias del tiempo. Todo el mundo está preparado para cualquier eventualidad climatológica. La mayoría vamos con botas, pantalones de esquí y chaqueta antilluvia. Los gorros de los Patriots ponen el punto divertido a una vestimenta preparada para lucir los colores y las letras de los Patriots. Parece que con la vestimenta y los gestos, la gente diga: "Somos de Boston, somos de este equipo que está ganando todos los partidos, estamos orgullosos de vosotros, Patriots!"
Al cabo de tres horas, acaba el partido. No se ha hecho largo, hemos cantado, bailado y disfrutado hasta la saciedad. Llegamos al coche y nos preparamos para regresar a casa. Con una sonrisa en los labios y los niños durmiendo en el asiento de atrás.
¡Fantástico!

CROSSING GUARD JACK ¿Héroe sin capa?
Contra viento y marea, haga frío o mucho frío, en mitad de la calle adyacente al cole de los niños siempre encontramos a Jack. Jack es un policía retirado que dedica parte de su tiempo libre a que los niños crucen la calle del colegio con la mayor seguridad posible. Mientras haya niños cruzando la calle, ya sea a la entrada o a la salida del cole, ahí está Jack, con su chaqueta fluorescente, con las letras "Crossing Guard" detrás, abrigado de pies a cabeza y con la mano derecha en alto para que los coches paren y los niños y sus padres puedan cruzar la calle. Muchos de los padres le saludamos e incluso alguna madre le ha dado un bol de sopa caliente, para protegerse del frío. Porqué ahí está, siempre sonriendo, siempre deseando un buen día, o una buena semana de aprendizaje si es lunes, o un guárdate del frío si está nevando. Siempre, haga un día soleado o nublado, Jack nos facilita la vida y nos indica cuando cruzar. 
Los niños lo miran con admiración, puesto que en la chaqueta luce una placa de policía que intimida. Las madres lo miramos agradecidas, pues consigue que los niños lo obedezcan y nadie cruce si él no lo autoriza. 
Cuando Jack no ve a ningún niño, vuelve hacia su coche dispuesto a regresar a su casa. Pero si desde el coche observa a algún niño llegando tarde, Jack se apea del coche y vuelve a dirigir el tráfico para que el chaval esté seguro. 
Gente así es importante, gente así te alegra el día. Merece la pena conocer a Jack.



ORGÁNICO
¿Existen tiendas con todos sus productos orgánicos?
A mi entender, orgánico es aquel material que contiene un número elevado de átomos de carbono en su composición.
Al entender americano, la palabra organic es sinónimo de comida sana, healthy. Si comes cualquier alimento organic, seguro que no engordas, que eres más feliz y que los dientes se vuelven más blancos. Eso es lo que casi casi, puede sobreentenderse al leer las etiquetas de los productos orgánicos. Cuando realmente lees las etiquetas, compruebas que los productos orgánicos son productos que no contienen derivados químicos, que los animales de los cuales derivan han sido alimentados con productos naturales, que los vegetales no han sido rociados con pesticidas, que los jabones y derivados no han sido testados con animales previamente. 
La primera vez que visité Estados Unidos como turista, hace 15 años, me sobrecogió el grado de obesidad que podía encontrar en el metro de Manhattan. Hoy en día, aún veo gente obesa, pero el porcentaje ha bajado estrepitosamente, incluso fuera del núcleo urbano. Si, hay gente gorda, pero han aprendido a disminuir las cantidades de comida que pueden ingerir. Si, hay gente gorda, pero cada vez va tomando conciencia de que lo sano, lo natural, y las dosis menores de las habituales ayudan a prolongar la vida y a vivirla más a gusto consigo mismo y con mejor salud. 
Por ese motivo, la proliferación de tiendas de comestibles, grocerys, repletas de productos orgánicos, es cada vez mayor. La gente quiere cuidarse, quiere vivir mejor, y comer sano, comer productos orgánicos, les ayuda a conseguirlo.
¡Bienvenidos al mundo organic!


LOS PEATONES SIEMPRE TIENEN PRIORIDAD
¿Siempre?¿Seguro?¿Siempre?
En los sitios en los que he vivido y en algunos en los que he turisteado, ser peatón no comportaba ninguna ventaja. Aún recuerdo cruzar las calles de Roma por primera vez: mirabas a la calle, izquierda derecha, izquierda derecha, te armabas de valor, inspirabas aire y... a correr para ver si tenías la suerte de llegar al otro lado de la calle con todas tus extremidades en el sitio correcto. Recuerdo el mismo plan en el Cairo y en Varsovia. Además, con suerte, no recibías ningún bocinazo de algún conductor enfadado por tener que reducir su marcha para dejar pasar a un simple peatón. 
Aquí en Newton es distinto. Vamos, totalmente opuesto. El otro día cruzamos la calle mis hijos y yo. Por el paso de peatones. Los coches se pararon enseguida, a una distancia más que suficiente para dejarnos pasar con tranquilidad. Hasta aquí todo correcto. Lo inverosímil para mi fue cuando yo sola, sin niños, intenté cruzar la calle, a pie, sin estar en ningún paso de peatón señalizado. Circulaba un coche por la calle. Yo dejé la acera y entré en la calle, preparada para cruzarla una vez el coche hubiera continuado su camino. Lo más sorprendente vino después: EL COCHE SE PARÓ PARA DEJARME PASAR!!!!!!!!!!! En serio, no es broma, se paró delante de mi y vi al conductor haciendo gestos para dejarme pasar! No noté enfado en su cara, ni me soltó un bocinazo de aúpa. Simplemente, y dejad que lo repita otra vez: el conductor de un automóbil se paró enmedio de la calle por la que estaba circulando para dejarme pasar! 
Enseguida pensé que se trataba de un caso aislado, de un buen samaritano de los que hay un par en cada país. Pero he podido comprobar que no, que la norma aquí es que los peatones tienen prioridad de paso, incluso cuando no hay un paso de peatones que los valide. 
He estado estudiando para sacarme el carnet de conducir, y debo aclarar que en las normas de circulación, los peatones tienen prioridad de paso. Y claro está, como la gente tiene coche, necesita sacarse el carné de conducir. Y en las normas de circulación te machacan a diestra y siniestra que los peatones tienen prioridad. Y aquí se lo creen y lo practican. Fantástico! 

DRIVE UP ATM
¿Por qué aparcar mal para sacar dinero?
Todos hemos podido ver en multitud de películas norteamericanas la cola de coches que hay en restaurantes de carretera para pedir y recoger la comida sin salir del coche. Pero esto de recoger dinero sin necesidad de salir del coche es nuevo para mi.
Yo soy de las que siempre, siempre, va con prisas. Y si además voy en coche, con los niños detrás, voy aún con más prisas. Si debo pararme en un cajero automático para sacar dinero, me paro en doble fila, o peor aún, en un paso de peatones (si, lo sé, está mal, muy requetemal), pongo los intermitentes y salgo rápido del coche para sacar dinero volando (¿acaso tengo yo la culpa de que no haya ni un aparcamiento decente cerca de los cajeros automáticos? Os juro que los busco, antes de aparcar del modo en que acabo de contaros).
Pues bien, en Massachusetts tienen la opción de sacar dinero del cajero sin necesidad de moverte de dentro del coche. Como en los restaurantes de las pelis. Vas por la calle, o por la carretera, divisas un banco, y una señal cerca de la calle, con el logotipo del banco y las palabras: "Drive up ATM". 
¡Perfecto! Entras con el coche cerca del edificio del banco y buscas un cajero exterior. Todo preparado para sacar tu dinerito, sin preocuparte de aparcar mal, de dejar a los niños un minuto solitos... 
No sé si existe en otros paises. Yo os aseguro que es la primera vez que lo veo. Y me encanta. 

VESTIDOS PARA EL INVIERNO ¿Quién puede adivinar qué ropa de invierno se usa en Massachusetts?
Es noviembre. El frio acecha. Sales de casa donde estás calentito y al abrir la puerta ¡zas! un golpe de viento helado que te sacude la cara. Sabiendo esto, visto a mis niños con:
- chaqueta con capucha y forro polar
- forro polar (si, si, dos forros polares)
- calcetines gruesos
- guantes
- bufanda
- gorro
casi no les veo la cara y sus movimientos no son muy ágiles que digamos, puesto que tienen que lidiar con todas las capas que llevan puestas.
Llegamos al cole. ¡¡¡¡Y compruebo que muchos niños van con shorts y chaqueta gruesa!!!!!! 
Pero madre del amor hermoso, ¿cómo pueden ir con shorts a menos zero?¿Qué eventualidad genética les permite no pasar frío con temperaturas negativas? Debo confesar que los calcetines casi (casi) les llegan debajo de las rodillas, de modo que intuyo deben estar hechos de pura lana virgen como mínimo. ¿Pero y el gorro?¿Por qué no llevan ni gorro, ni bufanda, ni guantes?¡Y la chaqueta no está abrochada! Y yo no les noto, por su cara, que pasen ni un pelín de frío. Nada de mejillas sonrosadas, ni nariz con goteo, ni ojos llorones. ¡Realmente extraordinario!

Y ahí va mi aseveración científica: "parece demostrable en el estado de Massachusetts la teoría de la adaptación al entorno. Los humanos descendientes de residentes en este estado desde hace muchos años, han conseguido termoregular su cuerpo al frío, adaptándose a las condiciones climatológicas adversas."
¡Y olé!


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