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Un ascensor de New York

Tres horas y media en coche separan las ciudades de Boston y New York.
Aprovechando esta casuística, decidimos aprovechar las vacaciones del Labor Day para visitar la ciudad más famosa del mundo.
Mansos como somos a los consejos de booking, para pasar un par de noches escogimos un pequeño hotel de una cadena hotelera importante, situado en Hell's kitchen, en la zona oeste de Manhattan.
La habitación era pequeña pero correcta. Pero quiero hacer hincapié en lo que más me impresionó del edificio: ¡el ascensor!
¡Ríanse, señoras y señores, de la pequeña habitación de los hermanos Marx, donde gente en blanco y negro se apilaba uno encima de la otra en pocos metros cuadrados!
¡Olvídense de un coche pequeño donde cabían multitud de muchachos, estrujados como papel!
¡Síiiii!
¡El ascensor que nosotros teníamos en el centro de Manhattan (bueno, el único de los dos que funcionaba en el hotel), podía contener casi tanta gente como los habitantes de un pequeño país!
¡Y la aventura para meterte dentro, necesitaba altas dosis de paciencia!
Recuerdo que mi marido y uno de mis churumbeles acabaran el desayuna antes que mi otro churumbel y yo misma, con lo cual se decidieron a tomar el ascensor para dirigirse a la habitación. Al cabo de unos cinco minutos, mi peque y yo seguimos su camino. Pedimos el ascensor, esperamos un buen rato y, cuando las puertas se abrieron, encontramos a una multitud de gente dentro del pequeño cubículo. Todos nos miraban con cara de aprensión, medio sudorosos, y deseando no haber tomado jamás de los jamases la maldita máquina subidora y bajadora. Pero nosotros decidimos ser unos valientes y estrujarnos junto con los otros casi ya habitantes de tan endiablado artefacto. Subimos hasta el piso de donde se ubicaba nuestra habitación, yo conteniéndome la risa pero intentando no respirar el olor corporal de los que se hallaban allí enclaustrados hacía ya demasiado tiempo. En una de las paradas, cuando se abrieron las puertas y la gente que esperaba fuera nos miraba con ojos que casi les salían de las órbitas, pude escuchar como una mujer decía en voz alta:
¡Aquí no cabe nadie mas!
¡Síiiiiiii!
Una americana decía la verdad, aunque con ello pudiera herir los sentimientos de unos terceros a quienes nadie conocía.
¡Síiiiii!
¡El ascensor apretujado había obrado el milagro de la verdad!¡Aquello era una tortura!
Finalmente, llegamos a nuestro piso. Mi peque y yo salimos de tan endiablado artefacto y, asombrados, comprobamos que mi marido y mi mayor también habían estado dentro del ascensor todo el rato, subiendo y bajando las alturas del que, por suerte, era un hotelito con no más de doce pisos de altura.
Y es que en New York, lo imprevisto puede ser la tónica de cada día.
¿Alguien da más?

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