Entrenadores voluntarios

Mi pequeño ha querido probar el baseball, deporte americano por excelencia y motivo de largas horas delante del televisor para una gran parte de americanos que se precien de serlo. 
Para saber en qué equipo jugarían (es decir, para saber de sus habilidades más o menos baseboleras), a los niños los citaron en el gimnasio de la escuela secundaria de la localidad. Nunca había visto a tanta gente en un punto concreto del pueblo. Padres y madres se apilaban en la entrada del gimnasio, para poder captar las habilidades más o menos desarrolladas de sus pequeños y adorables monstruitos. De nada sirvió que yo y un par de mamás nos escabulléramos de la entrada e intentásemos colarnos dentro del gimnasio. Un simpático pero firme cincuentón de buen ver nos dijo que la entrada estaba prohibida durante las pruebas y que debíamos esperar fuera. Al cabo de dos horas de práctica, mi pequeño salió del gimnasio y nos fuimos a casa, esperando impacientes un correo con el grupo al que lo habían aceptado. No fué el mejor grupo, pero con el historial deportivo de su madre (yo misma), no me extrañó.
Empezaron las clases. Y para mi gran asombro, los entrenadores eran padres voluntarios. En nuestro caso concreto, la entrenadora del equipo de mi hijo era una enfermera de un hospital de Boston que realizaba el turno de noche en la sala de emergencias, con lo cual no le quedaban muchas ganas de entrenar a unos casi jovencitos con muchas ganas de moverse y pocas oportunidades para hacerlo. Porque, desengañémonos, el baseball es aburrido. Mucho. 
El pitcher tira la bola y el bateador casi nunca (a la edad de mi hijo al menos) la batea con un bate demasiado estrecho. El catcher recoge la pelota perdida y vuelta a empezar. Si el bateador consigue acertar con el bate la pelota, él tiene que correr hacia una base e ir completando las bases para una carrera entera. 
Si a nivel profesional es aburrido, a nivel amateur con niños que tocan el bate por primera vez es.... infinitamente aburrido. Y ahí una de las grandes ventajas de ser americano: la positividad. Madres y padres con silla plegable incorporada y un café portátil gritan un "Good job" a los pequeñuelos, que corren cuando les dicen que corran y que intentan estar quietos en sus puestos esperando a que una pelota llegue a su territorio. 
Y si los padres abnegados tienen su punto carismático, mucho más mérito tienen esos padres voluntarios que entrenan de forma totalmente gratuita, sin esperar nada a cambio, y que deben hacer malabarismos con su horario laboral para que puedan encajar un horario inverosímil y cambiante a nivel de baseball infantil.
Mi pequeño reconocimiento a esos padres voluntarios que motivan, enseñan y tienen una paciencia infinita para mostrar a los niños unos aspectos del baseball que pocos de ellos conseguirán. De forma gratuita, muchas veces sin dormir lo suficiente, cargando y descargando los materiales variados pero siempre pesados que el deporte del baseball te obliga a llevar a todas partes, esos padres consiguen que los niños disfruten con un deporte que puede clasificarse, para mi asombro, como joya nacional.
¡Gracias, Nikki!

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