Mi yo deportivo

Mi yo deportivo es inexistente.
Vengo pensando en esta frase desde hace varios días, y los ejemplos que regresan a mi mente no hacen sino alimentarla y reavivarla. Desde mi más tierna infancia, yo ya destaqué por ser una nulidad deportiva, aunque hasta la fecha no me haya dado cuenta totalmente.
Pongo unos ejemplos ilustrativos:
Ejemplo 1: 
yo era una niñita de diez añitos, regordeta y con gafas tipo Rompetechos. Mis padres decidieron que practicara ballet, por eso de que a las niñitas dulces y educadas debían recibir una enseñanza cultivada en arte. Yo no era dulce para nada, pero educadamente accedí a las clases de ballet. Puse mi afán en seguir los pasos que la profesora dictaba para las manos y los pies, pero no debí convercerla durante todo el curso, o quizás quedó demasiado convencida, puesto que la exigente profesora le comentó a mi madre que debía repetir el curso de ballet. Creo que llegué a la gloria empezando por abajo, puesto que soy la única persona que conozco que ha sido elegida para repetir ballet extraescolar. Decidí, llegado este punto, abandonar mi prometedora carrera en el mundo de la danza clásica.
Ejemplo 2: 
mi padre era un buen tenista. Le encantaba practicar este deporte cuando sus quehaceres profesionales se lo permitían. Yo me acuerdo observándolo embelesada desde la grada, deseando algún día ocupar su lugar (no nos engañemos, mi afán por el deporte estaba por los suelos, pero mi complejo de Elektra era muy fuerte). Un día, mi padre accedió a regañadientes aceptarnos a mi madre, a mi hermana y a mi dentro de la pista de tenis para un partido de dobles. Lo que empezó rápido acabó a velocidad estratosférica, puesto que mi padre alzó la mirada al cielo cuando me contempló ir en busca de la pelota con las manos extendidas y parando el pequeño balón amarillo con el estómago y no con la raqueta, que pendía de mi mano sin la más mínima gracia. Aquí también acabó mi prometedora carrera tenística y disminuyó mi complejo de Elektra, al menos el tenis sirvió para algo.
Ejemplo 3: 
esquiar era el deporte de la gente con dinero en los tiempos de mi adolescencia, con lo cual, la gente sin dinero como nosotros ahorrábamos e intentábamos seguir a la gente con dinero por si se nos contagiaba algo de sus maneras. Colocarme las botas de esquí ya era un acto doloroso, pero ponerme los esquíes y empezar a esquiar era de un pánico horroroso. Recuerdo aquella vez que fuí a esquiar con una amiga y toda su família. Ellos bajaban sin demasiadas prisas pero con elegancia, mientras que yo actuaba por etapas: Etapa 1: en la cima me cercioraba de que no tenía a nadie detrás para poder empezar mi descenso. Etapa 2: bajaba unos metros y aminoraba al escuchar algunos esquiadores que estaban detrás mío. Etapa 3: me paraba para dejarlos pasar. Etapa 4: esperaba unos minutos para asegurarme de que no había nadie detrás de mi apresándome para bajar. Etapa 5: dejaba pasar a los esquiadores que vislumbraba a lo lejos. Etapa 6: bajaba unos metros más. Etapa 7: repetía la etapa 3. Al final del día me encontré a mi amiga junto con sus familiares, que no daban crédito a mi velocidad en las pistas de esquí. No volvieron a invitarme y yo me puse muy contenta.
Ejemplo 4: 
educación física era mi asignatura pendiente. Mientras todas las demás asignaturas eran pan comido para mi, pasar el examen de gimnasia complicaba mi existencia hasta extremos indescriptibles. En el último curso de esta brillante asignatura, el profesor, cansado de mis geniales piruetas en la pista y de mis llegadas en último lugar destacado cuando corríamos un quilómetro por el patio, averiguó finalmente que la gimnasia no estaba hecha para mi, con lo cual se inventó un examen escrito (que pasé sin dilación) sobre la historia de la gimnasia en el mundo moderno.
Ejemplo 5: 
en la etapa postadolescente, donde todas las dotes deportivas habían sido evaluadas hasta la saciedad, tuve unos esplendorosos años sin ninguna práctica deportiva, lo que hizo que mi juventud fuese una de las etapas más bonitas de mi vida, aunque mis glúteos iban agrandándose y yo nunca entendí muy bien el motivo.
Ejemplo 6: 
el amor hizo que me subiera (y bajara) por el Dragon Khan, una atracción de Port Aventura donde yo miré únicamente la parte trasera del asiento de delante, mientras mi amor adorado y que hoy es mi marido gritaba de placer a mi lado, y las curvas de esta atracción se me aparecían a velocidades estratosféricas mientras yo intentaba aguantar la compostura pidiendo a todos los dioses griegos, romanos y católicos que me pusieran cuanto antes con los pies en la tierra otra vez.
Ejemplo 7: 
en la revisión médica de mi trabajo, una simpática doctora me preguntaba si yo practicaba algún tipo de ejercicio. Yo le contestaba que evidentemente, puesto que criar a dos hijos pequeños es un deporte de alto riesgo y como mínimo, los músculos de mis cuerdas vocales estaban en perfecto estado de conservación, incluso diría que bastante más desarrollados que la media. La pobre doctora no me entendió hasta que empezó ella a tener retoños de su propiedad.
Dicho lo cual, este verano, el verano de mi cuarenta y seis cumpleaños, mi família y yo hemos caminado con mochila a cuestas (conteniendo dos litros de agua, botiquín para emergencias variopintas, sudaderas para toda la família y mi móbil echafotos), por diez (DIEZ) parques nacionales de la costa oeste de los Estados Unidos. 
Mi acto de amor incondicional a los pilares de mi vida. Queda dicho.


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