Conduciendo dentro de la tormenta de nieve

De acuerdo. Respiro fuerte. Vuelvo a respirar fuerte. Llave en el contacto. Enciendo el motor y abro la puerta del garage. Marcha atrás, lentamente, poco a poco. La nieve empieza a impregnar las ruedas traseras del coche. Ruido. La nieve impregna también las ruedas delanteras. El ruido continua y el coche parece que sube y baja pequeños montículos que se habían depositado plácidamente delante de la salida antes de que yo los molestara. Respiro fuerte. Respiro otro vez. Soplo. ¡Vamos allá!
Conduzco a una velocidad propia de los caracoles para salir a la calle. Freno cada metro, para comprobar los frenos en el suelo nevado y para comprobar si mi mente está preparada para la prueba. 
Los frenos funcionan. Mis nervios también. 
Intermitente a la derecha aunque no me atrevo a salir hasta que no veo ningún otro coche a dos millas de distancia. Salgo a la calle. ¡Primer paso conseguido!
Pongo música para intentar relajarme. Los primeros metros han sido relativamente fáciles de avanzar. Intermitente a la derecha y ya estoy dentro de una calle mucho más amplia y concurrida. Los coches van demasiado rápido para mi gusto, aunque debo reconocer que no van a la velocidad normal de los días sin nieve. 
Mis manos sudan. Me concentro en la carretera. Los coches me adelantan por los dos lados y escucho un bocinazo ¿Será para mi? Seguramente. 
Primer semáforo. Freno lentamente y consigo parar el coche mucho antes de lo previsto, con lo cual la distancia entre mi coche y el coche de delante es extremadamente amplia. Consigo reducirla poco a poco, mientras contemplo los aspavientos del conductor del coche de detrás.
Segundo semáforo. Las manos me sudan. Giro a la derecha. Tercer semáforo, giro a la izquierda. 
La prueba definitiva: después de una curva de casi trescientos sesenta grados, estoy dentro de la MassPike, la autopista general de Massachusetts. Paso por el control y ¡venga! ¡A correr! ¿A correr? 
La nieve no para de caer, constantemente, incesantemente. Sin prisa pero sin pausa. Los coches llenan la carretera y me adelantan sin pudor. El primer camión que me adelanta me tira una cantidad considerable de nieve y agua-nieve que me deja sin visión durante un par de segundos. Pánico. Pánico. Mi amigo parabrisas me saca de la zona de pánico total. Recupero la visión delantera de mi coche. Respiro profundamente. ¡Venga, vamos, primer tramo superado! Intento dibujar una sonrisa de autoconfianza en mi cara, pero solo consigo una mueca deforme que no me anima para nada. Una furgoneta ahora es la encargada de devolverme a la oscuridad al pasarme casi volando por la izquierda al tiempo que la nieve vuela derechita de sus ruedas a mi parabrisas. Gracias otra vez al limpia infalible, recupero la visión. La misma operación se repite tres veces más, hasta que vislumbro el cartel indicando mi salida. Señalo con el intermitente mi llegada y reduzco poco a poco (si reduciera un poco más, me quedaría totalmente parada).
Peaje superado, voy por una carretera también transitada, pero sin las velocidades de la autopista ni los oscurecimientos parciales de visión. 
La nieve continua su viaje del cielo a la tierra mientras los coches continúan su viaje de casa al trabajo o viceversa. Aquí todo el mundo viaja en una dirección u otra. 
Semáforos, frenadas, intermitentes y música. Continuo mi camino mientras la nieve lo cubre todo. Todo. 
Llego al parking descubierto que es mi meta. Aparco. Paro el coche. Estoy satisfecha, asustada, contenta, pletórica y ahora si, sonrío y me sonrío. Mi primer viaje en una tormenta de nieve. Salgo del coche y la nieve me envuelve. El paisaje es realmente extraordinario. La nieve pinta el entorno, cubre las brancas y nos deleita la vista con su blanco nuclear. Alzo los limpiaparabrisas para que no me queden llenos de nieve y se me rompan.
Al cabo de unas horas, me toca el viaje en dirección contraria. Al llegar cerca del coche, observo patidifusa que una mujer me está limpiando el coche con una pala quitanieves especial automóviles.
¡Hey!¡Ese es mi coche!
¡Caramba!¡Pues estaba convencida que era el de mi amiga Judy!
¡Gracias por quitarme la nieve, siento que te hayas equivocado!
Ningún problema. Hola, me llamo Lisa.
Y así conozco a Lisa, que con una amabilidad extraordinaria, acaba de ayudarme a sacar la nieve de mi coche para que pueda yo marcharme tranquilamente hacia casa, después de un largo día de tormenta de nieve. Esa amabilidad de Massachusetts a la que no acabo de acostumbrarme me deja pasmada en cada ocasión.

Comentarios

  1. Hola. menuda super nevada... qué valiente... no podría conducir con tanta nieve. Seguimos en contacto

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    1. Valiente no, más bien miedosa. Las manos las tenía tan sudadas que apenas podía coger el volante... pero bueno, al final, mi primera salida en la tormenta acabó bien.
      Abrazo!

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