Red Sox

Largas colas de coches ponen en evidencia lo que está a punto de empezar en Boston: un partido de beisbol (baseball) de los Red Sox. Con paciencia e intentando aparcar lo más cerca posible sin pagar 50 dólares de parking, finalmente encontramos un trozo de terreno en el que "sólo" debemos abonar 30 dólares. Caminando hacia el Fenway Stadium, seguimos a una marabunta de todas las edades y colores, que con sus camisetas y gorras se dirigen contentos hacia otro partido de los Red Sox, el equipo venerado de la ciudad.

Una vez los bolsos revisados, entramos al campo e intentamos encontrar nuestros asientos. Antes, pero, un "mamá tengo hambre" nos obliga a pararnos en un puesto de comida para llevar. Si, hoy es el día, hoy toca comer patatas fritas, un hot dog (atención, va acompañado de algunas verduritas) y una cola (perdón, cubitos de hielo cubiertos de un poco de coca-cola). Y los niños, el papá de las criaturas y yo misma nos ponemos las botas, un segundo después de habernos sentado en nuestros asientos. Vale, lo reconozco, me gusta este tipo de comida y si es para estos eventos, aún me gusta más (si, les digo a los niños que no podemos comerla con frecuencia o quedaríamos todos como el muñeco Michelin en un abrir y cerrar de ojos). Pero el día lo vale y allí estamos los cuatro, zampándonos estas megacalorías sin demasiados remordimientos.

Y empieza el ritual. Todos de pie, gorras fuera de la cabeza, y suena el himno de Canadá (hoy el equipo contrario es del país del norte). Aplausos y cantan el himno de Estados Unidos. Más aplausos y empieza el partido.

Si alguien cree que voy a contar las normas, anda equivocado, puesto que no consigo entender el funcionamiento del juego ni por aproximación. Pero me encanta estar ahí, disfrutando del ambiente, intentando captar el porqué la gente aplaude, el porqué ahora los azules batean y los blancos persiguen las pelotas, el porqué ahora cambian los papeles. Al cabo de una hora de partido, pregunto a mi hijo mayor de qué color van los Red Sox. Él, casi fulminándome con la mirada para luego ser condescendiente, me contesta: "de color blanco, mamá." Ups. Esto quizá si debería haberlo intuido mucho antes.

Los partidos de béisbol son lentos. No corren mucho, no batean mucho y los eliminan continuamente (si algún varón deportista lee estas líneas, creo que se rasgará las vestiduras con mi definición del beisbol). Pero el ambiente es sensacional. Parejas maduras, niños de meses en cochecito, jóvenes promesas de Harvard, muchos adictos a tomar fotos de cada segundo, familias enteras... todo el mundo relajado y dispuesto a pasar un rato (un buen rato) divirtiéndose, hablando, riendo, aplaudiendo, comiendo.

Mis niños se cansan al cabo de dos horas de ver el partido. Empiezan a poner cara de pena diciendo "Vámonos a casa". Primero lo intentan conmigo y les digo que se lo digan al padre. El padre consigue hacer un trato para poder verlo otro ratito más. Lo consigue. Bueno, tampoco es para tanto, lo consigue cinco minutos más, eh? y nos levantamos. Y nos dirigimos a la salida. Comprobamos estupefactos que hay multitud de gente fuera de sus asientos, las colas para comida hipercalórica (en forma de pizzas, hot-dogs o helados gigantes) son larguísimas. Nadie tiene prisa para volver a su asiento, y eso que el partido se está desarrollando todo el rato.

Si, ver un partido de béisbol significa pasar una tarde en compañía de amigos o familiares, relajarte, disfrutar del ambiente, observar un partido con alguna que otra genialidad, comer, pasear... gozar.

Y salimos a la calle, contentos y felices. 

Comentarios

  1. Hace dos años, cuando estuvimos de viaje por Canadá, pasamos un par de días a Seatle. Nos alojamos muy cerca de un estadio (imposible nombrarlo, voy cada vez peor de memoria) y dio la casualidad que hubo un partido la primera tarde que nosotros estábamos por allí. Podíamos ver una parte del estadio desde la piscina del hotel, que se encontraba en la terraza y nos quedamos "alucinados" del ambiente que tres horas antes se respiraba, bandas de música, puestos de comida, gente disfrazada, un autentico acontecimiento. No tengo ni idea de beisbol, pero no me hubiera importado entrar a vivir en directo el espectáculo, aunque por esta vez nos tuvimos que conformar con la terraza del hotel, quizás la próxima vez que visitemos EEUU. Un abrazo!

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    1. Hola! Tan solo por el espectáculo alrededor del partido en si, merece la pena ver un partido. Tienes toda la razón

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  2. Madre mía más de dos horas de partido, que locura! En mi caso sería yo la que le preguntaría a papa si nos podemos ir ya, jajaj. Pero me encantaría poder disfrutar de la experiencia tiene que ser chulísima.

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