El peor cumpleaños de mi vida

Cumpleaños de antaño (es decir, el mío):
yo celebraba mi cumpleaños con mis abuelos, (con la suerte de que tenía a los cuatro), mis padres, y mi hermana. ¿Cómo lo celebrábamos? Pues con una comida NORMAL y un pastel ESPECIAL. El pastel era mi preferido, de limón y nata y crema quemada en la parte superior. Para lamerse los dedos. Mi madre encendía las velas, yo pedía un deseo que no contaba a nadie para que se cumpliera (y que nunca se cumplía), soplaba las velas, mis queridos miembros de la familia aplaudían y mi abuelo tiraba una foto. Sólo una, por supuesto, de aquellas de cámara fotográfica y carrete de treinta y seis fotos para revelar. Si acaso, recibía algún pequeño regalo que me hacía ilusión, y besaba a mis padres y abuelos dándoles las gracias por asistir a mi cumpleaños. Todo un acontecimiento.

Cumpleaños actual (es decir, el de uno de mis pequeñuelos):
un mes antes del cumpleaños, empiezo a preguntar a mi hijo dónde quiere celebrar su cumpleaños. Aquí en Massachusetts las opciones parecen infinitas: en un lugar para practicar escalada, donde los niños son instruidos para subir paredes a lo Spiderman; en un lugar forrado de camas elásticas, donde los niños se pasan una hora brincando cual canguros australianos; en un lugar para practicar tiro al arco, donde un profesor les instruye para ser Robin Hood a lo moderno; en un lugar para jugar al mini-golf; y suma y sigue. Este año, mi pequeño decidió que quería invitar a unos amigos al cine, con lo cual me puse en contacto con el cine local y concretamos día, hora y película. La invitaciones no se escriben a mano o se transmiten via oral, no. Las invitaciones se realizan a través de Evite, una página web que te ayuda mediante plantillas a crear tu invitación, y enviarla a todos los papás de todos los amigos que tu hijo quiere en el evento. Además, la propia web va enviando recordatorios y actualizaciones de la gente que puede y no puede asistir. 
Cuando faltaba una semana para su gran fiesta de cumpleaños, algunos de los amigos habían confirmado su asistencia, otros habían declinado asistir, y otros no habían contestado. Mi hijo, en aquellos momentos, osó decirme "mamá, este será el peor cumpleaños de mi vida".
¡Tiene narices la cosa!
Estaba por cantarle cuatro frescas sobre el valor de las cosas, del esfuerzo, del trabajo, de la diferencia entre los cumpleaños de antaño y los actuales, pero, cosa rara en mi, me quedé calladita y disimulé como si no le hubiese escuchado. 
Llegó el gran día. Película con amigotes, que jugaron en los amplios pasillos al escondite antes de la película y a decir acertijos después. Pastel de chocolate, el preferido del peque, soplando velas en modo rápido, porqué aquí mejor no hacer nada peligroso. Regalos para el príncipe del día. Todo perfecto. Mi hijo entregó unos regalitos y unas cartas agradeciendo la asistencia a todos y cada uno de sus invitados. Estaba contento y satisfecho. 
Al subir al coche, le pregunto si, tal como había pronosticado, este había sido el peor cumpleaños de su vida.
Me mira, con su carita que todo lo cura, con una sonrisa de niño bueno fantástica y me dice que se lo ha pasado en grande.

Si, las fiestas de aniversario han dado un vuelco excesivo en el tema material, pero todas y cada una de ellas son fantásticas para quien las celebra, aunque las horas anteriores sean de pesimismo extremo.



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