Cuestión de fe

Mi café con leche me impidió entrar a observar el interior de la catedral de Saint Patrick, en la quinta avenida de New York, con lo cual decidí esperar tranquilamente a mi familia apoyada en una de las paredes de la entrada del templo, mientras sorbía tranquilamente el interior de mi vaso de papel.
Me encanta observar a la gente anónima, así pues pasé un rato agradable viendo a la pareja asiática con una enorme bolsa de Louis Vuitton que salía de Saint Patricks cogidos de la mano; a la chica de dieciocho años que cuchicheaba cosas muy muy serias a su madre; a la mujer que no paraba de curiosear su teléfono sin darse cuenta de la belleza que había a su alrededor; al hombre con tesón aburrido mientras no paraba de echar la vista atrás, para comprobar que sus familiares le seguían.
Y entre esa multitud, ELLA apareció de repente. Iba cargada con muchas bolsas de plástico, que asía frenéticamente a lado y lado de su cuerpo delgado y débil. Su vestimenta era oscura, por no decir completamente negra. Falda ancha hasta los pies, cubrían unos zapatos desgastados que aparecían a cada paso de sus andares sin coordinación. Blusa del mismo color, ancha hasta la cintura, manga larga y cuello redondo, para cubrir una parte alta de un cuerpo que se vislumbraba pequeño y estrecho. Cabello lacio y rubio, recogido en una cola sin la más mínima gracia u ostentación. Ojos grandes, esos si, que observaban sólo lo que tenían inmediatamente delante, sin ningún giro curioso de la cabeza a derecha o izquierda. Sus piernas caminaban apresuradas, como si del conejo de Alicia se tratase, hasta que llegó delante de la puerta de Saint Patricks. Aquí, paró enseguida su andadura ajetreada y dejó caer las pesadas bolsas que cargaba sin vacilación. Pasó unos segundos agachada, intentando librarse de las asas de plástico que se le habían enrollado en sus pequeñísimas muñecas de cristal.
Y en ese momento decidí que ELLA era una vagabunda, dispuesta a sentarse un buen rato delante de una de las catedrales más famosas del mundo, en una de las avenidas más populares del globo terráqueo, situada en la ciudad más conocida de la galaxia. Pensé que se sentaría en el suelo con cara de lástima, que sacaría un cartel diciendo que tenía hambre y que esperaría pacientemente a que los transeúntes que salían del templo la observaran y, con pena en la mirada, le tiraran un dólar para así sentirse más tranquilos dentro de su hipocresía.
Pero ELLA no estaba allí para ser observada, ni criticada, ni para que nadie sintiera lástima de su ser. ELLA, después de liberarse de las bolsas que cargaba segundos antes, se irguió completamente y, con su figura alta y sin vacilación, con la cara mirando la fachada de la catedral, se santiguó. Acto seguido, curvó su figura para volver a cargar las bolsas que la acompañaban en su viaje y continuó impasible su trayecto, sin percatarse de que yo la había observado durante sus segundos de recogimiento.
Me quedé pasmada allí mismo, aguantando mi vaso casi vacío y deseando que Dios existiera, al menos para ella.
Cuestión de fe. 

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