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Mostrando las entradas etiquetadas como biblioteca

El camino de baldosas rojas

Como si de una Dorothy con zapatos de charol rojos cualquiera se tratase, los turistas de Boston no pueden dejar de visitar los lugares más emblemáticos de la ciudad siguiendo las baldosas rojas que empiezan en el Boston Common. Si en un principio se trataba de descifrar la ruta que Paul Revere siguió de noche, para alertar a los colonos que los británicos llegaban en tropel para atacarles, lo cierto es que estos adoquines te llevan a lugares históricos y emblemáticos de la ciudad. Entre otros lugares, podemos admirar el edificio del gobierno de Massachusetts; el cementerio donde está enterrado algún presidente de los Estados Unidos y algunos de sus familiares; la primera capilla anglicana; la escuela más antigua de América, la Boston Latin School; la casa de reunión del tea Party, dónde empezaron los discursos para conseguir la independencia americana; el sitio de la masacre de Boston; Faneuil Hall, reconvertida en un espléndido lugar para comer, pasear, y escuchar música en directo;...

Medicamentos televisivos

En mi tierra madre, los interruptores de mi casa no se parecen a los que salen en Stranger Things, los paquetes de cereales no son los mismos que los que se comen en Big Bang theory, ni las capuchas son las mismas que las de Mr. Robot.  Pero en Massachusetts sí.  Aquí veo que muchos de los enseres que utilizo en mi día a día salen en la tele. Y aún hoy no deja de sorprenderme este hecho.  ¡Incluso he llegado a familiarizarme con los medicamentos! Mi doctor me recetó unos antibióticos y me dirigí a la farmacia a recogerlos. Me los entregaron en aquella botellita de plástico anaranjado transparente, de tapón blanco, que me hizo soñar que yo era House, en plan chulo, tomándome mi vicodina particular, mientras salvaba a un paciente de una muerte segura, gracias a mi inteligencia superior. Pero luego despertaba de mi ensoñación, y arremetía contra la realidad, que no era otra que tomarme unos antibióticos que me quitarían unos mocos y dolores de garganta, mientras regañ...

Disfraces

En mi época infantil, allá por la era de los dinosaurios, en mi tierra no celebrábamos Halloween, si acaso el Carnaval, pero durante los meses de febrero o marzo. Mis disfraces fueron de india, princesa, señora de época o pastorcilla, si mal no recuerdo. Hoy en día, en Massachusetts, y más durante la celebración de Halloween el 31 de octubre, mis disfraces quedarían totalmente desfasados, y más para los niños casi adolescentes con los que tengo tratos últimamente. Por ejemplo, sin ir más lejos: - Una chiquilla adorable con cara de angelito que no ha roto un plato, me acerca el brazo para mostrarme, orgullosa, su última creación: usando vaselina, harina, grapas y pintalabios, se ha fabricado ella solita una corteza que se ha extendido en uno de sus brazos. Parece una extremidad de zombie tan real, que al verlo casi me desmayo y deben llamar a la ambulancia (que aquí, por cierto, es el 911). - un muchachillo se ha ensartado en un disfraz de Demogorgon, con lo cual parece que un ...

El día de la foto

Como todos los padres, madres o tutores americanos, recibo diariamente una cantidad exagerada (perdón, necesaria) de correos electrónicos de profesores donde me cuentan las próximas excursiones, del director de la escuela, quién me hace un resumen de las próximas fiestas planificadas, de las madres y padres que forman parte de la organización de la organización de padres y profesores que desean que pague la cuota de miembro a dicha comunidad, y de madres y padres que me piden por favor que compre cualquier tontería para sufragar los gastos de nuestros pequeños en la escuela.  ¡Arghhhhhh!¡Demasiado para mi mente! No puedo leer todos los correos electrónicos, con lo cual, los leo en diagonal (que, para mi, leer en diagonal es leer la primera línea y poco más).  O sea que, para mi humillación pública, me pierdo temas importantes que afectan a mis churumbeles.  Por exceso de información, sirva la paradoja. Este año, siguiendo la tónica del pasado, y el anterior, y el...

Diferencias reconciliables

Me encanta observar a la gente cuando estoy sentada en el autobús o en el metro. Y gracias a los teléfonos móviles que nos emperramos en mantener permanentemente en nuestro campo de visión, puedo asegurar que nadie se siente amenazado por el hecho de que yo lo analice visualmente. Me gusta comprobar que todos más o menos tenemos cara de dormidos a primera hora de la mañana, y de cansados por la tarde, después de la jornada laboral. Me gusta observar la cara de tontos que nos queda a la mayoría cuando observamos a un bebé de pocos meses acurrucado en su cochecito y vigilado de cerca por su orgullosa mamá. Y las caras de bobalicones de una pareja con más de cuarenta por barba, besuqueándose y totalmente ajenos a las miradas de sus vecinos de transporte. Y a la señora mayor que me mira bondadosa, mientras yo le devuelvo una mirada tímida y aparto la vista. Y a esa chica que no para de dibujar bocetos en su cuaderno y que se baja en la parada del College of Arts de Boston. Y la de aquel...

La moda infantil

Pajama day, oséase, el día del pijama. En la escuela, mis hijos, junto con todos los compañeros de la clase, ganan "pajama days". O porqué han acabado una etapa, o porqué como equipo han realizado un sinfín de tareas adecuadas, o por... por lo que sea. El gran premio es ir vestidos a la escuela en pijama, con su peluche preferido, y listos para disfrutar de un día con pocas actividades académicas y muchas de lúdicas.  Hace poco, mi hijo pequeño tuvo un Pajama day. Y ni corto ni perezoso, se dirigió a la escuela en pijama, acarreando su peluche preferido dentro de la mochila. Al acabar el día, fuí a buscarlo para una visita que teníamos programada al médico. En el coche, le dije que se pusiera la ropa que le había traído. "No, mamá, no quiero cambiarme." Claro y simple. Oséase, que nos dirigimos a Boston, mi hijo en pijama. Y no uno cualquiera. No uno de discreto, de colores apagados, no. ¡El de los dinosaurios! ¡Bendita moda americana inexistente!

Biography day

Si tuviese que saber mucho sobre un personaje famoso, quizás escogería a Michelle Obama. Estoy leyendo su libro, "Becoming", y me encanta su franqueza, su seguridad, y su capacidad de abstracción para contar esta primera etapa que ha sido su vida.  A mi hijo le pidieron que escogiese un personaje, para que leyera sobre él, lo descubriese, y escribiera unos párrafos sobre lo que lo hizo único. Después de un árduo trabajo de búsqueda de información y posterior redacción, mi pequeño llegó a casa con casi una tesis doctoral sobre Galileo Galilei. Me encantó escucharle contar pedazos de la vida de este científico que descubrió e inventó cosas extraordinarias para su época.  Después, todo lo que hizo mi hijo debía envolverse en un disfraz de Galileo, para presentarlo delante de padres, profesores y compañeros en un día importante, el "Biography day". Manos a la obra, escogimos una de mis blusas, una de mis chaquetas, y unos bombachos rojos de un disfraz de pirata. ...

Destination Imagination

Después de meses de preparación, finalmente llega el momento de la verdad. Mi mayor ha estado trabajando arduamente, muchos días después de clases, para dar forma, junto con sus compañeros, a un proyecto científico que, empezando de cero, se ha materializado a través de una estructura liviana capaz de soportar más de doscientos quilos de peso, de un interruptor adaptado a dicha estructura para accionar una bajada de un cartel, y de un guión para contar al público el proyecto, a través de una representación que cuenta uno de los males de nuestra sociedad.  Ha sido mucho trabajo de los muchachos, que han ideado la estructura y todo lo demás. Los mayores han participado como conseguidores del material que necesitaban los pequeños grandes científicos, o como proveedores de galletas, pero no por mucho más. Los niños, durante el tiempo que dura este programa, se convierten en amos de sus propias ideas, aprenden a compartirlas con los demás, a aceptar las de otros y a materializar un p...

Tiempo de espera

Los padres somos el no va más. Cuando tenemos un hijo, le atribuimos infinitas cualidades. Algunas las tienen realmente, otras nos las imaginamos los progenitores, o pensamos que nuestros churumbeles las tienen interiorizadas, y que con una ayudita saldrán al exterior. Es decir, todos pensamos que tenemos un Messi, un Picasso o una Jane Eyre en potencia. Y que con un empujoncito, se nos convertirán en unos genios que nos permitirán vivir de renta el resto de nuestras vidas.  Para incentivar esta genialidad que les atribuimos, lo que hacemos es proporcionarles una serie de clases extra escolares, que les brindarán los conocimientos necesarios para que aflore todo lo que tienen almacenado dentro, y que sólo los padres sabemos realmente que existe (como mínimo en nuestra mente y en la de los abuelos, por supuesto).  Desde que llegamos a Massachusetts, mis pequeños han disfrutado nada más y nada menos que de clases de karate, basket, baseball, esgrima, fútbol, fútbol sala, aj...

La dulce experiencia mamográfica

En Massachusetts, se recomienda a todas las mujeres mayores de cuarenta años que realicen una mamografía anual.   Como cumplo con este requisito desde hace ya bastantes años, tengo el inmenso placer de disfrutar de esta gozada una vez al año. Antes de empezar el relato de tan dichosa experiencia, debo decir, sin rintintín, que considero que las mamografías son una prueba útil para la detección precoz del cáncer de mama, y que no dejaré de realizarlas mientras tenga posibilidades de continuar. Y empiezo. - Recibo una carta del centro de salud recomendándome encarecidamente, y siguiendo las leyes de Massachusetts, que los llame para programar dicha prueba. - Los llamo. Tengo la increíble suerte de que una mujer ha rechazado la hora que tenía, y me la dan a mi. Tiempo de espera, menos de una semana. Estoy que salto de contenta. - Acudo puntualmente a mi cita. Entro en el centro de salud, y voy siguiendo los cartelitos que indican dónde van la mayoría de mujeres de más de ...

Paciencia americana

A las cinco en punto, acudo diligentemente a buscar a mi retoño pequeño no tan pequeño, de su clase semanal de arte. Se realiza en el basement (el sótano) de una profesora de escuela primaria que dedica su tiempo después de las clases en la escuela pública, a dar más clases privadas. Desde este modesto blog, toda mi admiración. Pues bien, los otros churumbeles van marchándose, de la mano de sus ajetreadas madres, pero el mío está terminando su obra de arte, que hoy consiste en la cara de Spiderman, tarea arduo complicada por tratarse de una cantidad de telarañas entremezcladas con precisión. - Vamos, corazón, es hora de irse, le digo yo, usando mi voz de mamá dulce. Caso omiso. Continúa dibujando las telarañas. - Venga, es tarde y eres el último, le digo al cabo de pocos segundos, con voz de mamá abnegada pero con un poco de prisa. Ni caso. Lápiz arriba y abajo, cabeza volcada en su dibujo terañil. - ¡He dicho que tenemos que irnos! Ya está, ya me ha salido mi voz verdader...

¿Puedo?

No puedo. No puedo. Y no puedo. No hay manera. No consigo distinguir cuando me dicen "can" o cuando me dicen "can't". Cuando una amiga de mis peques viene a casa y me dice que lo que le cuento no puede hacerse, me la miro contentísima, hasta que observo la cara de mi hijo que, condescendientemente, me indica que lo he entendido al revés. Ya en la intimidad del hogar, ensayo repetidas veces el can y el can't. Mis hijos me ponen ejemplos hasta aburrir. Bueno, hasta aburrirse ellos, y yo, pero sin éxito en la resolución de lo que para mi es un jeroglífico indescifrable, lo que para mi es una meta inalcanzable, una quimera, una utopía. Parece fácil. Para los americanos. Para los estudiantes, americanos o no, que están creciendo en los parajes del autor de Moby Dick, de Paul Revere o de Pocahontas.  Pero no es fácil para mi. No lo es. Y punto. No tengo la capacidad para formular unos sonidos que mi garganta no ha aprendido durante los primeros cuarenta...

El maravilloso mundo del teatro escolar

Mi hijo mayor me convenció para que el pasado fin de semana fuésemos a ver una obra de teatro, en el teatro de su escuela, y protagonizada por muchos de sus amigos. Como no se me ocurrió nada que pudiese contrarestar dicho evento, me vi en la obligación de acceder a tan apasionante plan. Así que fuimos. Sin muchas ganas por mi parte, pero nos dirigimos con semblante contento a la escuela. Pagamos religiosamente la entrada, y para mi sorpresa, al entrar en el teatro, comprobé azorada que casi no había asientos libres. Mi mayor se sentó en un asiento libre en la primera fila, y cuando ya se habían apagado las luces, mi pequeño y yo nos sentamos en los otros únicos asientos libres, al lado de dos viejecitas entrañables, en los asientos reservados para gente incapacitada.  ¡Empieza el espectáculo! Un montón de chavales disfrazados llena el escenario. Sus voces, sus cantos, sus gestos,... todo necesita muchas más horas de dedicación, de ensayo. Ninguna de las coreografías funciona ...

De la televisión a mi casa

De pequeña, en mi casa patria, las películas que podíamos ver en el cine o en la televisión eran prácticamente todas americanas. Americanas de los Estados Unidos, se entiende. Yo disfrutaba con fruición de unos argumentos que muchas veces no tenían el menor sentido, y me encantaba ver unos entornos que para mi eran totalmente desconocidos. Ahora que vivo en Boston, puedo comprobar que muchas cosas de mi cotidianidad actual forman parte de los escenarios de las grandes películas que yo adoraba de pequeña. Y también de las que veo actualmente. Sin ir más lejos, el tamaño de la nevera, el galón de leche y los cereales que ahora veo en la pantalla, son objetos que forman parte de mi día a día. Compro productos en el supermercado que ahora salen en mis películas. Paso por delante de establecimientos que tienen cabida en la gran pantalla, paseo por sitios que han servido de escenario en grandes producciones. Incluso los interruptores de mi casa son los mismos que salen en la archifamosa ...

bibliotecas y ferias de libros

Al principio de vivir en Massachusetts, vivíamos en Newton, un pueblecito (o mejor dicho, una vasta extensión de terreno repleta de casitas de sueño americano con termitas incorporadas). En aquella época, mis hijos y yo nos apuntamos como miembros de la biblioteca pública de la localidad, y con el carnet podíamos sacar de la biblioteca una enorme cantidad de libros, para devolverlos al cabo de unas dos semanas. En aquella época, tuvimos en casa muchos libros prestados, y cuando yo recibía un correo electrónico de la biblioteca, recordándome amablemente su devolución, yo me volvía loca por encontrar los susodichos libros susceptibles de devolución debajo del sofá, o escondidos entre las sábanas. También en aquella época, los niños y yo acudíamos a la biblioteca para ver una película bastante actual y totalmente gratuita, o a contemplar obras de arte de artistas locales que nunca captaron mi alma ni mucho menos mi monedero, o a comprar libros viejos por menos de un dólar cada uno, o par...

Sonidos animales

Hay muchas, muchas cosas diferentes entre nuestra casa patria y la América de los pilgrims, donde actualmente vivimos. Aunque una de las cosas que yo consideraba que no habían cambiado es el lenguaje con el que se hablan los animales entre si. Craso error. Aquí, las onomatopeyas para definir como "habla" un pájaro o un perro son diametralmente opuestas a las que yo usé de pequeña. El otro día mi pequeño me dice: "Mira, mamá, qué pajarito tan bonito, y cómo canta: "¡cacaaaa, cacaaaa!" ¿Pero como que "¡cacaaaa, cacaaaa!"? Los pajaritos no dicen "¡cacaaaa, cacaaaa!" al hablar, dicen "piiiiuuuuu, piiiiuuuuuu" y si son pajarracos, como mucho les sale el "Pio, pio". Al día siguiente, mi mayor me dice que había escuchado al perro de los vecinos ladrar: "Mamá, el perro ladraba "¡uof, uof!" hasta la extenuación, no había manera de que callase". ¿Pero como que "uof, uof"? Los perros dice...

De la Tralla a Barnes and Noble

Soy una lectora insaciable. Ya desde pequeñita, me escondía en los sitios más recónditos de casa para poder leer todos los libros que a mi me gustaban. Mi padre me regañaba por no ayudar a mi madre y mi madre me regañaba por no obedecer a papá. Sea como fuera, yo hacía caso omiso a sus advertencias y siempre que podía cogía un libro y me lo zampaba como quien se zampa un bocadillo de jamón serrano. Uno de mis lugares predilectos de mi pequeño mundo era, como no, la librería más popular de la ciudad. Se llamaba la Tralla . Era un placer para mi vista deambular sin prisa entre las mesas y estantes repletos de libros. Al abrir la puerta de la entrada de una vieja casa, en una calle que habían construido los romanos, ya me encontraba una mesa grande repleta de las novedades del momento. Libros en catalán y castellano que contaban historias inverosímiles o casi creíbles. Novelas de ficción o incluso crónicas de otra época que no había sido mejor. Recuerdo tomar uno de los libros entre mi...

Kennedy nació aquí

Cien años antes de conmemorar el centenario de su nacimiento; mucho antes de que fuera recordado por el Presidente que hizo y que pudo hacer mucho más si no lo hubiesen asesinado; antes de ser el Presidente de los Estados Unidos que hubiera logrado la frase "Cambridge, tenemos un problema", y no "Houston, tenemos un problema"; antes de ser elegido el primer Presidente americano gracias a un aparato que estaba triunfando en esos momentos llamado televisión, antes, antes de todo eso, Kennedy nació un 29 de mayo de 1917 en Brookline, Massachusetts , en la casa que sus padres poseían en la 83 Beals street. Brookline es un pueblo, o ciudad adosada a Boston, donde no se distingue donde acaba uno y empieza la otra. Calles y calles de edificios bajos, señoriales y antiguos, marcan las principales arterias de comunicación con la ciudad. Calles y calles pequeñas repletas de casas de madera de todos los colores, dibujan un bonito entresijo de vida alrededor. En una de esa...

Feliz 90 cumpleaños

Esta semana mi abuela, mi ídolo, ha cumplido 90 años. Nos separan 6000 km de distancia, y otra distancia, esta si, insalvable: su alzheimer. Decidí que superaría estas distancias y me tomé el día libre, me acerqué al Charles river, caminé hasta Cambridge y me senté en una terracita en Harvard Square, saboreando un café con leche y un croissant de los de verdad, mientras escribía mis recuerdos sobre ella . Conseguí escribir particularidades que definen mis años de infancia y juventud al lado de una mujer de carácter fuerte. Una de las cosas que me gustaba de mi abuela era acompañarla a la compra por nuestra pequeña ciudad. Mi abuela siempre ha sido muy presumida. El negro no era un color que estuviera en su vestuario, usaba ropas de todos los colores, preferiblemente con estampados floreados, conjuntado con tacones de vértigo. Incluso para ir a comprar una docena de huevos, mi abuela se arreglaba según los siguientes cánones de belleza: - cabello crepado, desafiando las leyes de la...

fotos fotos fotos....

AÑO 1977 Había una vez, en un lejano país, en un tiempo muy lejano, una familia que tenía una afición: al acercarse las vacaciones de verano, iban a una tienda, compraban dos carretes de fotos y los gastaban sacando fotos de las vacaciones en la playa. Una foto todos bien colocaditos delante de la cámara, en la playa jugando cerca del mar; una foto todos bien colocaditos del paseo por la tarde helado en mano; una foto de la mamá y las niñas con el mar de fondo; en una de las fotos sale papá, el fotógrafo oficial y encargado de tirar las fotos que mamá piensa que pueden quedar bien para el álbum familiar. Al acabar los días de playa, sol y helados, la mamá regresaba a la tienda donde había comprado los carretes y los dejaba allí. Al cabo de un par de días, la familia entera regresaba a la tienda en busca de su tesoro más preciado: ¡las fotos de sus extraordinarias vacaciones tranquilas en la playa! Sin contar las fotos que habían quedado mal, quizás podíamos tener unas 20 o 30 foto...