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La dulce experiencia mamográfica

En Massachusetts, se recomienda a todas las mujeres mayores de cuarenta años que realicen una mamografía anual. 
Como cumplo con este requisito desde hace ya bastantes años, tengo el inmenso placer de disfrutar de esta gozada una vez al año.
Antes de empezar el relato de tan dichosa experiencia, debo decir, sin rintintín, que considero que las mamografías son una prueba útil para la detección precoz del cáncer de mama, y que no dejaré de realizarlas mientras tenga posibilidades de continuar.
Y empiezo.
- Recibo una carta del centro de salud recomendándome encarecidamente, y siguiendo las leyes de Massachusetts, que los llame para programar dicha prueba.
- Los llamo. Tengo la increíble suerte de que una mujer ha rechazado la hora que tenía, y me la dan a mi. Tiempo de espera, menos de una semana. Estoy que salto de contenta.
- Acudo puntualmente a mi cita. Entro en el centro de salud, y voy siguiendo los cartelitos que indican dónde van la mayoría de mujeres de más de cuarenta años a pasar un ratito de su tiempo, anualmente.
- Me atiende una asistente simpática, un poco mayor que yo, que me indica dónde puedo cambiarme (básicamente desnudarme), guardar mi ropa, y ponerme una batita abierta por la parte de delante.
- Entro en una sala, siguiendo las indicaciones de la asistente, y me acerco al aparatito de marras, una mole de metal y plástico que me amenaza sólo con su presencia.
- Me quito la batita, para sorpresa de la asistente.
- Siguiendo las instrucciones de la señora, me acerco al aparato, y la mujer me ayuda a poner uno de mis pechos en una plataforma de plástico transparente. Me tira, me empuja, ladea y dispone mi pecho, como si de una hamburguesa se tratara, para colocarlo como a ella le venga en gana.
- Me dice que me esté quieta, mientras del techo baja una plataforma parecida a la que tiene mi seno dispuesto. La maldita plataforma me aprieta el pecho, quedando de la medida de una hamburguesa minúscula y quemada. No puedo moverme. Me tienen apresada a través de un pecho. Me cuesta respirar y el dolor es creciente. ¡Y encima la mujer me dice que coja aire y que lo mantenga dentro! ¿Pero cómo diantre cojo aire, si tengo mi zona pectoral inmobilizada por un maldito aparato apretándome uno de mis senos, que ha quedado exprimido a la mínima expresión??????
- Hago como que le hago caso, porqué esto de la madurez es hacer como que si aunque sea que no, e intento sin demasiado éxito coger un poco de aire de mi alrededor.
- Perfecto, me dice la fantástica asistente, mientras programa el aparato de mierda para tomar fotografías del interior de mi pecho exprimido.
- Al cabo de unos segundos que parecen horas, la bandeja superior empieza a ascender y mi pecho es liberado. Lo observo. Pobrecito. Magullado, maltrecho, lleno de puntos rojos, pero libre al fin y al cabo.
- La preciosa asistente me insta a colocar mi otro pecho, el que aún conserva su forma original, encima de la plataforma de marras.
- Resignada, la obedezco.
- Y empieza de nuevo la tortura en la otra mitad de mi cuerpo.
- Tirar, apretar, mover, derecha e izquierda, mientras yo intento pensar para mis adentros que es por mi bien, que la ciencia evoluciona muy rápidamente, y que esto es una de las maravillas que no tenían mis abuelas.
- Inspiro un centímetro cúbico de aire, haciendo como si respirara un metro cúbico, y la delicada asistente me libera por segunda vez.
- Me quedo en la sala a pecho descubierto (pobrecitos míos), mientras ella comprueba que las fotografías de mi interior están correctas para su estudio.
- Afirmativo.
- Todo correcto.
- Recibiré una llamada en un par de días, si el doctor ve algún bulto extraño, o una carta en menos de una semana si todo es correcto.
- Salgo rauda de aquella habitación de los suplicios, con una sonrisa desencajada en la boca, agradeciéndole a la amable asistente todos sus desvelos por haber conseguido que mi estancia en dicha sala fuese lo más placentera posible (¡Mamarracha!). 
- Me visto y me dirijo al exterior, a respirar de verdad, pero el viento y el frío de Massachusetts imprimen un aire gélido en mi interior que me impide inspirar de nuevo.
- Me meto en el coche y espero la llamada o la carta. La carta, por favor, la carta.
Si, definitivamente, las mamografías se han demostrado útiles en la detección precoz, pero también, definitivamente, han sido inventadas por alguien que no tiene pechos. Y me consuelo pensando en cómo aceptaría el inventor de las mamografías que le hicieran esta linda pruebecita a su pene.


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