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Mostrando las entradas etiquetadas como juegos

El camino de baldosas rojas

Como si de una Dorothy con zapatos de charol rojos cualquiera se tratase, los turistas de Boston no pueden dejar de visitar los lugares más emblemáticos de la ciudad siguiendo las baldosas rojas que empiezan en el Boston Common. Si en un principio se trataba de descifrar la ruta que Paul Revere siguió de noche, para alertar a los colonos que los británicos llegaban en tropel para atacarles, lo cierto es que estos adoquines te llevan a lugares históricos y emblemáticos de la ciudad. Entre otros lugares, podemos admirar el edificio del gobierno de Massachusetts; el cementerio donde está enterrado algún presidente de los Estados Unidos y algunos de sus familiares; la primera capilla anglicana; la escuela más antigua de América, la Boston Latin School; la casa de reunión del tea Party, dónde empezaron los discursos para conseguir la independencia americana; el sitio de la masacre de Boston; Faneuil Hall, reconvertida en un espléndido lugar para comer, pasear, y escuchar música en directo;...

Yo soy de aquí

Pongámonos en situación: Massachusetts, invierno . Temperaturas de cero grados centígrados por la mañana (32 F). Si, ciertamente no son las temperaturas a las que estábamos acostumbrados años atrás, donde los números negativos reinaban en el termómetro. Pero aún así, cero grados centígrados es frío. Para cualquier mortal. En cualquier parte del mundo. Mi pequeño que ya no es tan pequeño, pregunta la temperatura a Alexa, y esta le responde que hoy estaremos entre los treinta y los cincuenta grados Fahrenheit (oséase, entre los cero (0) y los diez (10) grados centígrados). Y muy convencido, mi pequeño y yo tenemos la conversación que sigue: Pequeño: Mamá, hoy hará calor, voy a ponerme pantalones cortos. Yo: ¡Ni lo sueñes, estamos a temperaturas casi negativas! Pequeño: ¡Pero vamos a llegar a cincuenta! Yo: ¡Esto es frío! Pequeño: Mamá, yo ya soy de aquí, y me he acostumbrado al frío. No lo siento. Tengo calor a cincuenta. Después de este tira y afloja, no voy a reproduci...

Las luces del autobús

Pongámonos en situación: Hora punta. Circulación horriblemente horrible en Boston y los pueblos de los alrededores. Gente que, pacientemente, se sienta en su coche y se dirige a su lugar de trabajo, situado con suerte a una media hora de su vivienda habitual, aunque otros menos (o más) afortunados pueden tener incluso más de dos horas de trayecto. Sin bocinazos, eso sí. Pero coches parados a derecha e izquierda, inmersos en un tráfico que parece no tener fin. La guinda es, ni más ni menos, la circulación de los autobuses escolares.  Si, esos autobuses amarillos que salpican todas las películas etiquetadas como "familiares" en el argot popular, esos autobuses repletos de niños y jovenzuelos con las hormonas disparadas, que se dirigen a la escuela con cara de sueño y Nutella en las labios.  Tráfico. Paciencia (no hay otra). Y autobuses escolares.  Y cuando tu, sí, tú, piensas que la circulación va mejorando, y que puedes circular más de un cuarto de milla s...

Mis amigas raras

Al empezar un proceso de expatriación, tus amigos son inexistentes. Tienes contigo a tu família, pero debes fabricarte de zero una nueva socialización. Al principio, mis mejores amigos en Massachusetts, eran la secretaria del colegio de los niños, porque me saludaba cada mañana cuando los dejaba en el colegio, y el cobrador del supermercado, porqué me daba los buenos días cuando me tocaba pagar. Con el tiempo, mi círculo de amigos se volvió verdadero, y ahora puedo decir que tenemos un círculo social entrañable. Pero aquí viene lo raro, o, en cualquier caso, lo que nunca habría sucedido veinte años atrás: tengo amigas diferentes. MUY diferentes. Sí. Una de mis mejores amigas me acompaña cada día en el coche, arriba y abajo, para ir al trabajo o para hacer la compra. Otra amiga vive en mi casa, pero no nos ponemos de acuerdo en cómo se limpia el suelo. La tercera lo sabe todo. La que me acompaña en el coche se llama Ruth. Ruth me guía por los entresijos de Massachusetts, y ha conse...

Disfraces

En mi época infantil, allá por la era de los dinosaurios, en mi tierra no celebrábamos Halloween, si acaso el Carnaval, pero durante los meses de febrero o marzo. Mis disfraces fueron de india, princesa, señora de época o pastorcilla, si mal no recuerdo. Hoy en día, en Massachusetts, y más durante la celebración de Halloween el 31 de octubre, mis disfraces quedarían totalmente desfasados, y más para los niños casi adolescentes con los que tengo tratos últimamente. Por ejemplo, sin ir más lejos: - Una chiquilla adorable con cara de angelito que no ha roto un plato, me acerca el brazo para mostrarme, orgullosa, su última creación: usando vaselina, harina, grapas y pintalabios, se ha fabricado ella solita una corteza que se ha extendido en uno de sus brazos. Parece una extremidad de zombie tan real, que al verlo casi me desmayo y deben llamar a la ambulancia (que aquí, por cierto, es el 911). - un muchachillo se ha ensartado en un disfraz de Demogorgon, con lo cual parece que un ...

No entiendo a las peluqueras

No las entiendo, no las entiendo y no las entiendo. Nada, que no hay manera. Ni em mi tierra las entendía, cuando me contaban lo que precisaba mi pelo. Siempre terminaba con un peinado que yo no sabía que yo quisiera, pero que me decían que me era muy favorecedor. Y aquí pasa lo mismo, aunque en mejores condiciones, puesto que puedo decir que mi conocimiento del inglés, o del coreano en mi última experiencia, es más limitado que mi idioma materno. En mi última experiencia capilar, quise entrar walk-in (es decir, sin cita previa) en la peluquería que tenía cerca de casa. La peluquera es una coreana casada con un americano hace más de cuarenta años, que regenta dicha peluquería desde hace veinte.  Le conté mi plan perfecto para mi pelo: - Cortarme las puntas. Fácil. Rápido. Sencillo. - Cortarme. Las. Puntas. Satisfecha con mi demanda, en la que además utilicé la mímica para cerciorarme de que todo el mundo pudiera entenderla, no calibré lo que vendría a continuació...

Mis personal shoppers

Pongámonos en contexto. Tengo dos hijos. Machos, varones, o como quieran llamarlos en las diferentes culturas a las que tengo por costumbre arrimar el hombro. Mis dos hijos, que justo están empezando la preadolescencia, para deleite y aturdimiento de su queridísima madre, van vestidos cada día, oséase, 365 días al año, incluida Navidad con camisetas deportivas, pantalones de chandal y zapatillas de deporte. Con suerte, se peinan, se ponen el desodorante que roban de su padre a escondidas, y se lavan los dientes después que su amantísima madre se lo haya recordado más de cuatro veces. Los fines de semana, tanto su padre como su madre han desistido de pedirles-aconsejarles-rogarles-amenazarles que usen tejanos, prenda de ropa que mis hijos consideran para ser llevada en ocasiones especiales, en grandes celebraciones o eventos singulares. ya estamos en situación. El otro día, mi amantísimo esposo y yo teníamos una cena fuera de casa. Como esto sólo sucede una vez cada mucho tiempo, d...

Un ascensor de New York

Tres horas y media en coche separan las ciudades de Boston y New York. Aprovechando esta casuística, decidimos aprovechar las vacaciones del Labor Day para visitar la ciudad más famosa del mundo. Mansos como somos a los consejos de booking, para pasar un par de noches escogimos un pequeño hotel de una cadena hotelera importante, situado en Hell's kitchen, en la zona oeste de Manhattan. La habitación era pequeña pero correcta. Pero quiero hacer hincapié en lo que más me impresionó del edificio: ¡el ascensor! ¡Ríanse, señoras y señores, de la pequeña habitación de los hermanos Marx, donde gente en blanco y negro se apilaba uno encima de la otra en pocos metros cuadrados! ¡Olvídense de un coche pequeño donde cabían multitud de muchachos, estrujados como papel! ¡Síiiii! ¡El ascensor que nosotros teníamos en el centro de Manhattan (bueno, el único de los dos que funcionaba en el hotel), podía contener casi tanta gente como los habitantes de un pequeño país! ¡Y la aventu...

El maravilloso mundo de las actividades extraescolares

¿Cómo puede una aburrirse cuando se trata de planificar las actividades extraescolares de los churumbeles en Massachusetts? Nada, nada, a organizar.  Veamos, uno quiere ser futbolista de los que chutan la pelota, cuando sea mayor, con lo cual es bueno que lo apunte a soccer. Busco los clubes cerca de casa y, ¡Oh, maravilla! Todos los espacios están ocupados, ¡Mi hijo no tiene ni un sitio libre para entrenar fútbol durante los meses de otoño! Desolada, le comento en voz bajita que he intentado apuntarlo a clases, pero como no lo he hecho en las fechas requeridas, no queda sitio libre.  "No pasa nada, mamá", me suelta mi gaznapiro preferido, a lo que yo proceso que su deseo de ser futbolista profesional está bajando en intensidad. Bueno, paso siguiente, el otro quiere entrenar de tiro al arco. El problema es que no hay clases en los alrededores, con lo cual, deberíamos desplazarnos en horas punta hacia el sud de Massachusetts, para asistir a una media hora de clase, ...

Necesidades encontradas

¿Qué necesitamos para ser felices? En Estados Unidos, como en gran parte del mundo que funciona mediante el consumismo, nos parece que seremos más felices si compramos muchas cosas bonitas. Muchas. Muchísimas. ¿Y en qué lugar puedes encontrar las preciosidades que, una vez en tu casa, no lucirán tan bonitas como pensabas?  Pues en Home Goods. La primera vez que pisé este macro espacio que destila romanticismo, buen gusto, necesidades primordiales encontradas y precios demasiado baratos par ser verdad, me quedé con la boca abierta. He sido una visitante asidua de este espacio, paseándome entre las estanterías cargadas de delicatessen italianas, jarrones de cristal polacos, platos portugueses y mantelería fabricada en China. Si, puedo encontrar de todo para decorar mi casa. Puedo incluso ornamentarla sin que se resienta estrepitosamente la cuenta corriente. Puedo llenarla y rellenarla de cosas preciosas. Pero, a veces, después de colocar un jarrón en aquél espacio vacío,...

A veces olvido

A veces olvido los placeres de mi tierra patria. Olvido que la gente pasea, de noche, por las calles que han sufrido el sol intenso durante el día. Olvido las fiestas del pueblo que invitan al jolgorio y a salir de una casa demasiado calurosa. A veces olvido que hay cine en la arena de la playa, o gospel en un escenario que albergará más tarde otros grupos con estilos diferentes. A veces casi no me acuerdo de los helados a medianoche, las risas en la calle, los bocadillos a orillas del mar. Y regreso a casa de vacaciones, y los sabores y los olores me vuelven a la memoria, y disfruto paseando con mi hermana y nuestros churumbeles, por unas calles abarrotadas de gente que precisa de alegría, y que acude sin falta a los eventos especiales de su ciudad.  A veces olvido que mi familia vive lejos de mi. Pero que cuando regreso, todo sigue igual como lo había dejado, y mis amigos de toda la vida continúan siendo mis amigos de toda la vida, y nuestras conversaciones son tan divertida...

¿Por qué no?

En Massachusetts, anualmente, debes pasar de forma obligatoria una revisión de tu coche. Hay muchos puntos de revisión disponibles, generalmente en gasolineras, donde, sin cita previa, aparcas tu coche y, mientras esperas pacientemente unos quince minutos, te revisan algo (vete tú a saber el que), y, previo pago, te confirman lo que ya sabes, es decir, que tu coche está en buenas condiciones, puesto que si no lo estuviera, ya lo habrías llevado al mecánico. Te cambian, eso si, el adhesivo que tienes enganchado en la parte delantera del coche, y así cada año vas cambiando de color. Todo muy bonito. Y, como tantas otras cosas, te guste o no, esto es de obligado cumplimiento, con lo que no te queda otra que hacerlo. El otro día yo pasé mi revisión. Me paré por casualidad en una gasolinera a la que no acostumbro a ir, puesto que los precios son más caros que otras del alrededor, y me atendió un chico risueño. Me ayudó a encontrar los papeles que necesitaba para la revisión, y que yací...

Salvemos las abejas

Una tarde cualquiera, alguien llama a la puerta de casa. Voy a abrir y me aparece un muchacho muy joven, vestido de Indiana Jones, pero sin sombrero y con el pelo recogido en una larga cola. Educadamente, empieza a hablarme de las abejas.  Para ponernos en antecedentes, yo tengo diversas relaciones con estos pequeños animales, tanto literarias, como audiovisuales, como físicas.  A nivel literario, siendo yo muy pequeña, leí una novela titulada "el enjambre", donde millares de abejas asesinas mataban gran parte de la población humana. Me reconcilié con ellas hace poco más de dos años, al leer "The secret life of bees", donde una fantástica Sue Monk Kidd hablaba del racismo a través de unas extraordinarias cuidadores de abejas.  A nivel audiovisual, "la abeja Maya" colmó mis ansias de saber sobre el mundo animal, y la pequeña y traviesa abeja hizo que pasase momentos entrañables.  A nivel personal, unas abejas picaron a mi hijo mayor en la mejilla a...

La meteorología y el fútbol

Mi pequeño desea ser futbolista, cuando sea mayor. Atrás ha quedado la época en que quería ser bombero, astronauta, marciano (¡Si, marciano!), maestro, y gemólogo. Ahora su ambición es llegar a ser futbolista, o jugador de soccer, como aquí lo llaman. El fútbol en Massachusetts es y será el fútbol americano, el de Tom Brady y los Patriots, el de los cascos y los touchdowns. Pero no. Mi hijo no se ha dejado influir por el fútbol americano, y quiere ser un jugador que da patadas a la pelota, para que ésta acabe finalmente dentro de una portería. Pero mi hijo cuenta con un handicap muy importante para lograr su sueño: el tiempo. Si, el tiempo. En Massachusetts, como en cualquier parte del mundo, tenemos cuatro estaciones. En invierno, el frío, el viento y la nieve impeden la práctica de cualquier deporte en el exterior. Como el verano es harto caluroso y los jovenzuelos no tienen un horario estricto, sólo puede practicarse el fútbol durante las estaciones temperadas, oséase, primavera ...

Zapatos

Si existiese un juego con el cual adivinar la época del año según los zapatos que lleva la gente, en Massachusetts se fallaría estripitosamente. He visto gente con chancletas (lo que aquí se llama flip-flops) caminando por la nieve, he comprobado como gran cantidad de gente se persona en el supermercado con las zapatillas de andar por casa, he asumido que los zapatos de tacón son peligrosos en cualquier época del año, y he admirado unas botas altas que no sabría clasificar para ninguna época. Hoy estamos en primavera, o mejor dicho, en lo que debería ser primavera, pero que en realidad son unas semanas frías con algún día caluroso intercalado. Dirigiéndome al trabajo, he podido ver una chica con zapatillas de andar por casa, una mujer muy mayor con deportivas, una joven esbelta con unas botas interminables, una mujer con botas de piel de borrego, un chico con chancletas y yo misma, con merceditas. El primer ño que pasé aquí, después de uno de los peores inviernos que recuerdan la ...

Sin palabras

Primavera en Massachusetts

El tamaño importa

Hace ya meses, alguien de mi Facebook publicó las siguientes imágenes: En la primera, sale una foto del dragón y el niño de la película "Neverending story". En la parte posterior de dicha foto, la frase: La historia que nunca acaba, cuando eres un niño.  En la segunda foto, hay un cubo de ropa sucio inmensamente lleno. La frase que lo describe, es la siguiente: La historia que nunca acaba, cuando eres un adulto. Como persona adulta, por supuesto, me siento totalmente identificada con la segunda imagen. Cuando programo una lavadora, y he podido meter en ella toda la ropa sucia del cubo, me siento como una niña con zapatos nuevos al contemplar un milagro, es decir, el cubo de la ropa sucia vacío. Pero mi gozo se extingue al cabo de pocos segundos, cuando uno de mis dos churumbeles, sin darse cuenta de mi estado de excitación extrema, vacían dentro de dicho cubo la ropa que han usado para practicar cualquiera de sus deportes favoritos.  Si, mi gozo en un pozo. ...

Destination Imagination

Después de meses de preparación, finalmente llega el momento de la verdad. Mi mayor ha estado trabajando arduamente, muchos días después de clases, para dar forma, junto con sus compañeros, a un proyecto científico que, empezando de cero, se ha materializado a través de una estructura liviana capaz de soportar más de doscientos quilos de peso, de un interruptor adaptado a dicha estructura para accionar una bajada de un cartel, y de un guión para contar al público el proyecto, a través de una representación que cuenta uno de los males de nuestra sociedad.  Ha sido mucho trabajo de los muchachos, que han ideado la estructura y todo lo demás. Los mayores han participado como conseguidores del material que necesitaban los pequeños grandes científicos, o como proveedores de galletas, pero no por mucho más. Los niños, durante el tiempo que dura este programa, se convierten en amos de sus propias ideas, aprenden a compartirlas con los demás, a aceptar las de otros y a materializar un p...

Tiempo de espera

Los padres somos el no va más. Cuando tenemos un hijo, le atribuimos infinitas cualidades. Algunas las tienen realmente, otras nos las imaginamos los progenitores, o pensamos que nuestros churumbeles las tienen interiorizadas, y que con una ayudita saldrán al exterior. Es decir, todos pensamos que tenemos un Messi, un Picasso o una Jane Eyre en potencia. Y que con un empujoncito, se nos convertirán en unos genios que nos permitirán vivir de renta el resto de nuestras vidas.  Para incentivar esta genialidad que les atribuimos, lo que hacemos es proporcionarles una serie de clases extra escolares, que les brindarán los conocimientos necesarios para que aflore todo lo que tienen almacenado dentro, y que sólo los padres sabemos realmente que existe (como mínimo en nuestra mente y en la de los abuelos, por supuesto).  Desde que llegamos a Massachusetts, mis pequeños han disfrutado nada más y nada menos que de clases de karate, basket, baseball, esgrima, fútbol, fútbol sala, aj...

¿A qué hora quedamos?

¿Que a qué hora quedamos? Depende.   Aquí encontramos dos casos. De hecho, dos y sólo dos casos posibles. Imaginamos que nosotros hemos organizado una comida en nuestra casa. Caso 1 Quedamos con norteamericanos.  Normalmente quedamos para comer.  A las doce del mediodía. Si hemos acordado las doce, a las doce en punto suena el timbre de nuestra casa, y llegan unos americanos contentos, que te saludan con un abrazo no muy fuerte, se quitan los zapatos, los dejan en la entrada, te entregan una botella de vino, unas galletas y unas flores, y te preguntan dónde pueden dejar la ropa de abrigo. Mientras acabamos de preparar la comida, los americanos se sientan alrededor de la cocina, bebiendo una cerveza o un vaso de agua, normalmente, y con una conversación educada y divertida. Comida lista, y pasamos al comedor, donde continuamos con la conversación, mientras vamos saboreando algún plato típico, ya sea de aquí o de allí. Al cabo de dos horas, puntuale...