¡Muy bién, chaval!
A cuarenta y cinco minutos de Boston por carretera, se encuentra una estación de esquí pequeñita pequeñita, pero ideal para que los más peques de casa (o los mayores que lo deseen) empiecen a dar sus primeros pasos en el mundo del esquí. Se llama Nashoba Valley.
Dispone de un amplio sitio para alquiler de equipaje de esquí, de escuela de esquí con profesores que dan clases particulares o en grupo y de una cafetería y un pequeño puesto de cosas antisanas (pero que por un día no pasa nada). Está bien habilitado para pasar un día en família.
Allí nos dirigimos mi familia y yo el primer día que las tormentas de nieve nos dieron permiso. Y venga, nuestros peques empiezan sus clases y sus padres empiezan a tomar el café. El padre de las criaturas observando a sus peques y opinando sobre lo mal que les enseña el profesor. La madre de las criaturas (o sea yo), de espaldas a sus peques, sorbiendo un café malísimo y sin escuchar ni a su media naranja ni al mundo en general. Quiero un tiempo para mi, sólo para mi.
Acabada la clase de los peques, con mi marido mosqueado porqué nuestros hijos aún no saben esquiar (¡por dios, es su primera clase, pues claro que no saben esquiar!), nos dirigimos los cuatro hacia una bajada preparada para los principiantes superprincipiantes. Allí, la gente que ha pagado el forfait se coge de una cuerda accionada mediante poleas eléctricas, que te lleva unos metros más arriba, donde te preparas para bajar. Mi marido se queda en la parte de abajo y yo me voy arriba (éste fue mi ejercicio semanal completo), para controlar a nuestros churumbeles. El primero se coge de la cuerda y empieza a subir... y no se cae!! Muchísimo mejor que su madre el primer día que osó coger un telearrastre! (Será verdad eso de la evolución de las especies). Al llegar a la cima, pero, mi niño no sabe girar sus esquíes y empieza a bajar... de espaldas! Su madre amantísima consigue asirle un brazo décimas de segundo antes de que choque con el pobre chaval que está llegando cogido a la cuerda con pavor en su cara. La madre (yo misma) separa a su peque unos metros de la cuerda, lo pone de cara a la bajada y el niño... baja sin caerse!!!! Orgullo de madre, amor de madre ¿Cómo han salido tan deportistas con una madre tan patosa? Ah, si, eso de la evolución de las especies otra vez.

Aquí en Nashoba pude comprobar una cosa que ya había visto en multitud de ocasiones, pero que durante el día de esquí se repitió hasta la saciedad: los ánimos que dan los americanos a la gente:
¿Eres una muchacha de 20 años y ahora quieres aprender a esquiar?¿Te has caido enmedio de la cuerda y no sabes salir del embrollo? Tu novio que viene detrás te cogerá por el brazo, te ayudará a ponerte en pie y te dirá: "Muy bién!" (¿Muy bién? ¡Pero si la pobre se ha caído mientras subía para llegar a lo que sería su primera bajada con esquíes!)
¿Eres una niña y estás berreando porqué no quieres bajar? Tu madre te dará ánimos para bajar diciéndote que lo estás haciendo perfecto (¿Perfecto? ¡pero si no ha hecho más que llorar!)
¿Eres un niño y no quieres dejar la cuerda puesto que sabes que si la dejas te caerás? Tu profesor particular te dirá que lo estás haciendo genial y te animará a que dejes la cuerda que coges con tanto empeño (¿Genial? ¡pero si no deja a la pobre cuerda en paz!)
¿Eres un chiquillo y has bajado unos metros cayéndote en medio de la pista? tu padre te dirá "Muy bién!".
La cultura americana siempre, siempre, te da ánimos, te dice que eres bueno en lo que haces, que conseguirás grandes cosas, que lo estás haciendo bién. No tengo claro si esta actitud perjudica o mejora la autoestima y el crecimiento personal. Lo que tengo claro es que esta actitud es mucho mejor que la contraria.
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