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Entradas

De la televisión a mi casa

De pequeña, en mi casa patria, las películas que podíamos ver en el cine o en la televisión eran prácticamente todas americanas. Americanas de los Estados Unidos, se entiende. Yo disfrutaba con fruición de unos argumentos que muchas veces no tenían el menor sentido, y me encantaba ver unos entornos que para mi eran totalmente desconocidos. Ahora que vivo en Boston, puedo comprobar que muchas cosas de mi cotidianidad actual forman parte de los escenarios de las grandes películas que yo adoraba de pequeña. Y también de las que veo actualmente. Sin ir más lejos, el tamaño de la nevera, el galón de leche y los cereales que ahora veo en la pantalla, son objetos que forman parte de mi día a día. Compro productos en el supermercado que ahora salen en mis películas. Paso por delante de establecimientos que tienen cabida en la gran pantalla, paseo por sitios que han servido de escenario en grandes producciones. Incluso los interruptores de mi casa son los mismos que salen en la archifamosa ...

O supermercado o parque de atracciones

Hoy me he dirigido al supermercado donde hago la compra de la semana, el Market basket. Me gusta el sitio y los productos, y considero que la relación calidad/precio es buena, incluso mejor que en muchos otros sitios. Pero hoy me he dado cuenta de que estar allí es lo más similar a lo que entiendo yo por parque de atracciones.  Al intentar entrar por la puerta de entrada, he esperado pacientemente (rollo americano por supuesto, con una sonrisa en los labios), a que salieran dos hombres, cada uno con su carrito, y una mamá joven y repleta de energía, con un carrito super largo y una pieza de plástico simulando un coche en la parte trasera. Ésta pieza iba repleta con tres niños de edades entre los tres y los seis años. La mamá coraje, aparte de tirar del carrito repleto de comida acabada de comprar y de niños, también llevaba a cuestas a su último retoño, una preciosidad de unos dos años que la abrazaba fuertemente. Ha pasado por mi lado con cara alegre, hablando con los pequeño...

Puertas y gritos

Uno de mis trabajos consiste en recoger y llevar a mis hijos a sus actividades extraescolares, que no son pocas. Ahora uno, ahora el otro, mis hijos suben y bajan del asiento trasero de mi coche cuando llegan o nos vamos de sus lugares de práctica deportiva o artística, o ambas.  Como madre, ser la taxista de mis hijos durante toda la tarde es una de mis actividades preferidas. Es broma. Evidentemente. Habida cuenta que odio conducir, si le sumo la conducción en hora punta, donde me quedo encallada en todos los semáforos; le añado el hecho de que uno mis hijos tiene alguna actividad justo después de cole, en sitios extraordinariamente lejos del colegio, con lo cual es prácticamente imposible llegar a tiempo si no se alinean los astros; y termino en que, a la misma hora, uno debe empezar una actividad en la otra punta del pueblo dónde el otro está acabando la suya, con lo cual debo decidir si el que está a punto de terminar, finalice antes de tiempo, o el que debe empezar llegue ...

Ida y vuelta

Preparar las maletas volar cruzando el océano estamos en casa, de vacaciones. Amigos, risas y comida playa, sol y siesta família, abrazos y te quieros juegos, paseos y nostalgia. Calamares a la andaluza patatas bravas  mejillones al vapor rape a la plancha. Cerveza bien fría vino blanco de l'Empordà vino tinto de Ribera del Duero un poco de agua por favor. Vistas prodigiosas delante del mar Asombrosas puestas de sol pensamientos para los que no están y susurros con confidencias. Niños que crecen rápido mayores que encogemos más cuerpos esculturales en la playa y yo que prefiero no mirarme. Suspiro contemplando el mar preparar maletas volar cruzando el océano de vuelta a casa.

Bicicleteando en Provincetown

Pasear por Provincetown, el famoso pueblecito del extremo superior de Cape Cod, es pasear por calles de verano multicolores, de sabor a mar y a marisco, de alegría y de tranquilidad. Me encanta entretenerme en las pequeñas tiendecitas de la Comercial St; entrar en las diminutas galerías de arte, donde fotógráfos y pintores nos muestran sus obras más preciadas; sonreirme a mi misma leyendo las frases que hay impresas en las camisetas del verano y que impregnan los escaparates de las tiendas de recuerdos del pueblo; comer un helado aunque mi barriga aún este llena del lobster que me acabo de zampar. Provincetown es alegría y comprensión, un lugar dónde todos cabemos y todos nos sentimos contentos. Por primera vez desde que vivimos en Massachusetts, en Provincetown alquilamos unas bicicletas para dar un paseo por los caminos habilitadas en la parte superior del pueblo. Le comenté a la chica que nos las alquilaba que yo era muy patosa, con lo cual me recomendó fervientemente el uso de un...

Me llamo Olivia

No. No me llamo Olivia. O quizás si. Me llamo Roser. Mis padres me pusieron este nombre en honor a mi abuela, que ostentaba el mismo. Roser, que se pronuncia ruzé, más o menos, oséase, que es impronunciable en tierras americanas e incluso más allá. La primera vez que pisé un Starbucks y la dependienta me preguntó mi nombre para estamparlo en el que sería mi vaso, tuve que repetir el nombre tres veces, luego deletrearlo y finalmente deletrearlo a velocidad reducida. Mi amor por mi nombre, el nombre que me ha visto nacer, crecer y madurar, hizo que lo pronunciase con infinita paciencia cada vez que entraba en el Starbucks a pedir mi dosis de cafeína, pero llegó un día en que decidí simplificar. Aquel día, cuando el dependiente me preguntó mi nombre, le contesté, sin pensármelo demasiado: "María". Sí. Y lo entendió a la primera. Con lo cual, para simplificar mi vida y la de mis congéneres, cuando alguien me pregunta el nombre, y sé que este alguien es una persona que ...

La guerra de los pelos grises. El nudo

Después de mi decisión de no teñirme el pelo canoso, lo puse en conocimiento de mi família, la que habita en mi casa y la que habita en la tablet via Skype. Y aquí empezaron las crudas batallas que debía librar en todos los frentes: - Mis hijos me dijeron que mi cabello blanco me hacía más viejecita (y eso que desde siempre ya me dicen que soy vieja, pues añadieron un grado más; - mi marido no me dijo nada oralmente, pero su mirada me contó que él prefería que me tiñese el cabello; - mi madre fue la que usó más armas para librar su batalla particular en contra de mis debilitados pelos blancuchos, usó el chantaje emocional a través de los siguientes argumentos: 1. Nena, así el pelo no te queda bien 2. Parece que ya no te guste ser presumida 3. Parece como que te dejes de cuidar 4. Tus sobrinitas me dicen que la tiíta está más guapa con el pelo teñido 5. Tu hermana dice que no es propio de ti dejarse el pelo blanco 6. Cuando venga a veros iremos a la peluquería 7. Un...