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Te encontré en Massachusetts

Mis encías sangraban. Eran super delicadas. El dentista me aconsejaba que me lavara los dientes con precisión pero aunque yo me pasaba largos ratos cepillándomelos, mis encías continuaban adoloridas y sangraban a la menor ocasión.
Luego empecé a probar aquel hilo dental fino y suave, que me ponía entre los dientes para sacar cualquier resto de comida que hubiera podido quedar. Yo cortaba un buen trozo de hilo, abría la boca y empezaba el baile de la contusión, puesto que no conseguía llegar a los lugares más recónditos de mi dentadura, el hilo me quedaba pringoso gracias a la ayuda inestimable de mi saliva y al cabo de pocos minutos yo ya no recordaba por dónde había y no había pasado con el hilo dental.
La segunda opción fueron aquellos delgados bastoncillos de plástico que acababan en finas escobillas, básicamente tenían la forma de escobillas del baño pero en miniatura. Se metían entre los dientes si podían, porque yo frecuentemente los doblaba y no conseguía que me liberaran del dichoso trozo de carne que me había quedado amarrado entre dos muelas superiores. Eso sí, esas escobillas diminutas consiguieron que prácticamente cada día que las usaba me sangraran las encías. Quizá eso podría ser bueno para la regeneración sanguínea diaria.
Al llegar a Massachusetts, un buen día decidí que era bueno que un dentista revisara  mis pobres dientes y mis achuchadas encías. Aparte de una limpieza y de unas radiografías que indicaban que mis dientes estaban en buen estado, el dentista no hizo ni dijo nada más. 
A la salida de tan fructífera visita, me dirigí al supermercado a realizar la compra semanal. Como aún estaba un poco inquieta por mis dientes, me paré detenidamente en las estanterías donde vendían productos para el cuidado de los dientes. Y allí los vi. A partir de ese momento, sin yo aún saberlo, mi vida dental cambió por completo. Los miré. Cogí la bolsa de plástico que los contenía para mirarlos más de cerca y estudiar sus propiedades. ¿Eran un hilo dental?¡Nooooo!¿Eran unas escobitas diminutas?¡Nooooo! ¡Eran los Floss con sabor a menta! Sin saber muy bien qué eran ni cómo se usaban, los metí dentro del carro de la compra. 
Y en casa los probé. ¡Madre del amor hermoso! Se metían sigilosamente entre mis dientes y conseguían sacar todos los residuos que no había conseguido sacar con el cepillo dental de última generación. De manera ordenada, de uno en uno, circulaban por todos los resquicios interdentales y conseguían lo que otros antes ya habían intentado sin éxito alguno. ¡Qué placer!¿Qué exquisito sabor de boca!¡Había conseguido el paraíso de limpieza extrema de mis dientes!
Claro, porque estaba en Massachusetts, esas cosas tan extremadamente útiles y sutiles solo se consiguen en países muy adelantados tecnológicamente.
Contenta con mi hallazgo extraordinario, llamé enseguida a mi madre via Skype:
"Mamá, he encontrado una maravilla para la limpieza dental, cuando venga de visita te traeré unos cuantos porque son la repera! Mira, son estas cosas que te muestro, ¿los ves?¿Verdad que son fantásticos?¡Son una delicia! Tranquila que te los mandaré."
Y mi madre, con cara de madre condescendiente, me contesta:
"Cariño, esas cosas se venden desde siempre en el supermercado de la esquina."
¡Glups!



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