Lo conocí en un bar. Me encantó desde el primer momento. Y después nuestros encuentros fueron cada vez más habituales, más largos, más duraderos. Quedábamos solos o con amigos y siempre nos lo pasábamos bien. Al cabo de poco tiempo se instaló en casa. Y me encantaban las conversaciones en la cocina, él siempre a mi lado y yo saboreando su olor, su pasión, su desenfreno. Llegó la expatriación. Me dijo que me acompañaba hasta el fin del mundo. Y los dos juntos emprendimos el viaje que nos llevaría hasta el nuevo mundo. Aquí en Massachusetts él ha cambiado. Ya no tiene el vigor que tenía antes, lo noto cansado, ha engordado y su pasión ha decrecido. En cambio, mi pasión está llegando a extremos insospechados hace unos años. Lo necesito. Cada día al levantarme, necesito su compañía, estar cerca de él, que me cuente cosas. Y me acompaña al trabajo. Recorremos juntos los interminables pasadizos, mientras yo le cuento mis cosas, mis penas, mis angustias, mis tristezas y mis alegrías. Mis...