Érase una vez, hace ya mucho, mucho tiempo, en un lejano país, vivía una jovencita con dos amigas en un piso de estudiantes de una gran ciudad. En este piso habitaban de domingo por la noche hasta el viernes por la tarde, cuando regresaban a sus casitas del bosque para poder ver a sus seres queridos. Antes de desplazarse para estudiar en la gran ciudad, siempre habían vivido en sus casitas del bosque y apenas sabían cocinar. Sus mamás, preocupadas por sus niñitas (¡de dieciocho años!), cada domingo por la noche les preparaban los más deliciosos manjares, que disponían en fiambreras y que las muchachas guardaban en el congelador de su piso para que de este modo pudieran sobrevivir durante toda la semana. A veces, las muchachas incluso se atrevían a ir al super a comprar comida lo más sana posible, léase patatas fritas congeladas, pizza congelada, pan para bocadillos y helado de nata y chocolate. Así, entre los estudios y la comida, el tiempo pasaba volando, volando, y las tres...