El primer año de vivir en Massachusetts, pasamos un invierno blanco, de temperaturas negativas... ¡incluso en grados Fahrenheit! Por este motivo, al llegar el primer día de primavera, me emocioné. Escuché el canto de los pájaros, observé los árboles en flor, ahuyenté alguna que otra abeja... ¡Sí!¡Había llegado el momento de la bendita primavera!¡Qué delícia!¡Qué placer! La temperatura era agradable, y la ropa de invierno era una pesada carga, que ocupaba un lugar demasiado importante en el armario. Ingenua de mí, contenta me puse a cambiar la ropa de invierno por la de verano. Al cabo de un par de horas, observé satisfecha cómo en el armario había una ropa liviana, adaptada a una primavera hermosa, como lo que había sido la de aquél día y por supuesto los venideros ¡Ingenua de mí!¡Estaba en Massachusetts! Al día siguiente, el frío provocó que temblase hasta mi dedo meñique. Volví a la ropa de abrigo, a las botas, y al gorro. Pero al día siguiente...¡Un calor que me obligó a poner ...