Mi café con leche me impidió entrar a observar el interior de la catedral de Saint Patrick, en la quinta avenida de New York, con lo cual decidí esperar tranquilamente a mi familia apoyada en una de las paredes de la entrada del templo, mientras sorbía tranquilamente el interior de mi vaso de papel. Me encanta observar a la gente anónima, así pues pasé un rato agradable viendo a la pareja asiática con una enorme bolsa de Louis Vuitton que salía de Saint Patricks cogidos de la mano; a la chica de dieciocho años que cuchicheaba cosas muy muy serias a su madre; a la mujer que no paraba de curiosear su teléfono sin darse cuenta de la belleza que había a su alrededor; al hombre con tesón aburrido mientras no paraba de echar la vista atrás, para comprobar que sus familiares le seguían. Y entre esa multitud, ELLA apareció de repente. Iba cargada con muchas bolsas de plástico, que asía frenéticamente a lado y lado de su cuerpo delgado y débil. Su vestimenta era oscura, por no decir comple...