Otro día de trabajo. Corro todo lo que puedo hacia el coche mientras el viento helado impacta en mi cara. Conduzco por la autopista repleta de coches en ambas direcciones, mientras atardece en Massachusetts. Semáforos y más semáforos para finalmente a recoger a los niños, llegar a casa, preparar la cena, cenar, limpiar los platos y conseguir que mis dos churumbeles vayan a la cama antes de las nueve de la noche. Estoy cansada. Afuera el viento apremia y aún quedan restos de la tormenta de nieve que tuvimos la semana pasada. Me meto en la cama, repasando mentalmente si he olvidado alguna cosa y me duermo. Y tengo un sueño. En mi sueño, estamos en un avión vestidos con ropa de abrigo, con la ropa a la que estamos acostumbrados, y aterrizamos en un aeropuerto con los techos de madera, ramas y hojas, con palmeras por doquier y con un sol reluciente dentro de un cielo del azul más maravilloso que he podido contemplar. Un chico simpático nos traslada en coche hacia un hotel de ensueño...